miércoles, 7 de septiembre de 2005

Simplemente mi vida: "CAP. V. MELEUS"


1942 – 1943

El ferrocarril llegaba hasta un centro industrial, Sterlitomak, y desde allí nos trasladaron en camionetas a la localidad donde  residiríamos desde el otoño de 1942 hasta el de 1943. Total, sólo un año, pero como se ve que el día a día no lo vivíamos sino que lo sufríamos, ese período se nos hizo muy largo.
Nos alojaron, comedor y escuela en un edificio, y los dormitorios en isbás típicas rusas, construidas con troncos, todas de madera, ventanas pequeñas, dobles, pero muy adornadas con verdaderos trabajos artesanales, todas diferentes, muy típicas en todas las aldeas rusas, puesto que son las clásicas viviendas de los campesinos. No son muy grandes, pero cómodas y, lo principal, calientes. Tenían en su interior una estufa de leña que cubría la doble función de calentar las estancias y de cocinar. Los tabiques laterales de la estufa-cocina eran de ladrillo que servía de calefacción y por su parte superior se cubría con un techo dónde se extendía algún colchón y mantas y se dormía muy calentito.
Meleus nos gustó porque lo encontramos en un estado muy natural. Los trastornos de la guerra allí no habían llegado y la gente nos recibió, en principio, con un poco de recelo, pensando que éramos judíos escapados del peligro. Luego, al enterarse de dónde estaba España, ya nos trataron con más afecto.
Allí no se padecía hambre, la gente vivía de la agricultura y, por lo menos, no escaseaban las patatas, ni las coles, ni las zanahorias…. En el mismo pueblo había una fábrica de leche en polvo que nos abastecía para el desayuno.
Nada más llegar nos mandaron a trabajar a los koljoses; recogimos patatas ya casi congeladas por la falta de mano de obra anterior a nuestra llegada.
Nos vestían con unos pantalones y zamarras guateados y unas botas de fieltro, nos daban una hoz y nos íbamos a unos enormes campos de girasoles con la nieve hasta la cintura, a recoger aquella cosecha de antiguas flores girando alrededor del sol y ahora convertidas en unos discos grisáceos de semillas congeladas mirando sólo al suelo. Los días trabajados nos los pagaban con productos, o sea, con litros de aceite, kilos de patatas y sacos de harina. Los chicos segaban la hierba para los koljoses, sacaban troncos del río, partían la leña para el invierno, etc. Todos nos sentíamos muy patriotas por participar en esas labores ya que los hombres del lugar habían sido movilizados y la gente del pueblo nos necesitaba.
Periódicamente recibía cartas de Pepe Prida llenas de bonitas palabras y frases de amor, cómo sólo puede pronunciarlas un adolescente que se encuentra sólo, cansado, hambriento y muerto de frío. Con un lápiz, un papel y un poco de romanticismo, podía soñar y hacerse la ilusión de que alguien lo estaba escuchando. Nadie me dijo nunca cosas tan bonitas. Además, él también recibía las mías, mis cartas, no menos alentadoras que las suyas. Yo me declaraba tan amorosamente por escrito, porque cara a cara nunca me hubiera atrevido. Una vez en una dedicatoria de una fotografía le puse: “de tu siempre tuya”. Una profesora, que la leyó me dijo que eso en boca de una chica como yo estaba muy feo, no debía decírselo nunca a ningún hombre…, y tuve que romper la foto. Comprendí que lo nuestro tampoco era para tanto…, pero yo lo había leído en algún sitio y me había gustado.
En Meleus acabé yo mi  7ª clase, que era la última de la enseñanza primaria. Después de la 7ª se podía seguir en la escuela hasta terminar la 10ª, que era imprescindible para ingresar en la Universidad; o también se podía pasar a unas escuelas técnicas de enseñanza media de diferentes especialidades, donde durante tres años te hacías, más o menos, perito en una materia. Después de esos tres años o te ibas a trabajar de “Técnico” o seguías en la Universidad especializada en dicha rama, que allí se llamaban Institutos, eran de enseñanza superior y salías ya como Ingeniero.
Yo no tenía nada claro lo que iba a hacer a ese respecto y no me preocupaba, porque con las circunstancias tan inesperadas que podían surgir, no merecía la pena hacerse planes.
Del frente llegaban noticias poco satisfactorias, y sólo sabíamos que la ciudad de Stalingrado estaba a pie firme fortificándose y haciendo acopio de armas y material para defenderse hasta la muerte.
Una tarde me llamó la directora a su despacho y al entrar me di cuenta de que su gesto serio y solemne no presagiaba nada agradable. Al mismo tiempo citó también a Julio Prida, hermano de Pepe. Tenían además otros dos más pequeños: Marina y Manolín. A Julio y a mí nos comunicó que no podía andarse con rodeos, había recibido malas noticias y por eso nos había hecho venir. En Stalingrado, durante un bombardeo, con la caída de una bomba sobre un refugio habían perecido aplastados un grupo de españoles, entre ellos Pepe. Se abrazó a nosotros llorando, lloramos los tres. Se nos turbó la vista y se nos partió el corazón. ¡Tan lleno de vida! Con tantas ilusiones y esperanzas para el futuro ¡Con sólo 19 años!
Reconozco que aquello todavía no era amor, que el verdadero amor todavía estaba por descubrir, pero aquel afecto, dadas las circunstancias de su muerte, me ha durado toda la vida.
Aquella noche yo me acosté en la cama con Marina y se lo dije, Julio se lo tuvo que comunicar a su hermano pequeño.
Y la vida siguió… seguía para todos los que estábamos vivos, pero miles de personas la estaban perdiendo día a día. En ambos bandos. Así es la guerra, la cruda violencia de la guerra.
A mis años, 17-18, veía la existencia con un sentimiento de melancolía y resignación. Y al mismo tiempo, en el fondo de nuestras entrañas, iba surgiendo otro sentimiento: el afán de supervivencia. Ese ansia por sobrevivir, sobrevivir siquiera al día de hoy, porque mañana ya se vería; ese sentimiento de enfrentamiento a la adversidad nos iba a hacer mucha falta en un futuro no muy lejano, en los días más crueles de nuestra existencia, que aún estaban por llegar. Y es asombrosa la capacidad del ser humano para la supervivencia, mayor en las mujeres que en los hombres. Durante aquellos años pudimos comprobar la fuerza inconmensurable de esa lucha.
Aquellos parecían días gloriosos para los regimientos alemanes de la línea del frente. Pero Stalin había ordenado preparar la ciudad de Stalingrado para la guerra, ¡NI UN PASO ATRÁS!, había dicho. Se movilizó a toda la población para la defensa. La resistencia rusa fue tan decidida, que las fuerzas alemanas se vieron obligadas a detenerse.
Allí se invirtió la marcha de la guerra.
La lucha fue encarnizada. La resistencia rusa en Stalingrado fue el factor más decisivo de la campaña. Se batieron en las calles, cuerpo a cuerpo. Llegó el invierno con toda su fuerza, nieve, vientos gélidos, temperaturas de 20 y hasta 40 grados bajo cero; pero el Fürer había emitido una serie de órdenes en contra de cualquier iniciativa de retirada. En Stalingrado endureció su obstinación hasta un grado perverso.
Para los rusos la defensa antiaérea era una prioridad principal, pero la lucha callejera, casa por casa, palmo a palmo, enfrentaba a los soldados de ambos ejércitos. Unos caían heridos por las balas y otros congelados por las bajas temperaturas. Combinación de frío e inanición, falta de asistencia médica, muerte o locura…, barro, nieve, sangre…, caos increíble, deserciones.
Cuando en el mes de enero los rusos iniciaron la ofensiva definitiva, la ciudad tenía un aspecto desolador, miles de muros fantasmagóricos, bloques de edificios semiderruidos, montones de escombros, chimeneas aisladas, como símbolos firmes del gran centro de la industria metalúrgica y de maquinaria que allí hubo, cráteres de bombas y armazones de tanques quemados…
Largo asedio, batallas cruentas, destrucción completa. La batalla de Stalingrado, ahora Volgrado, pasó a la historia como simbólicamente importante, uno por el estoicismo de sus soldados en la defensa de la llamada en el futuro “ciudad héroe”, y otro, por lo significativa que fue la rendición del Mariscal Paulus y todos sus coroneles, comandantes y generales. Hitler no podía concebir que no se hubiesen suicidado.
Stalin hizo suyo el mérito de la victoria, y fue nombrado Mariscal de la Unión Soviética.
A finales de enero de 1943 empezó la retirada de los alemanes, ya que sus esperanzas en las divisiones de refuerzo murieron y su ejército estaba realmente sentenciado. Divisiones de infantería se rindieron en masa, junto con un gran número de altos oficiales. Los hospitales de campaña fueron abandonados. Algunos heridos fueron cojeando y gateando por caminos de hielo duro como el hierro. Soldados en retirada que parecían verdaderos vagabundos envueltos en jirones de mantas. Hombres desfallecidos se desplomaban en la nieve para no levantarse más y los que quedaban desnudaban los cadáveres antes de que se congelaran para vestirse ellos.
Lo que quedaba en la ciudad que había existido antes era irreconocible, era un esqueleto quemado.
A partir de ahí, el ejército rojo avanzaría camino de Alemania hasta que Berlín se pareciera a la ciudad arruinada de Stalingrado y  quedara también arrasada.

 (Todos los datos de esta batalla, de este momento histórico, los he tomado del libro “Stalingrado” de Anthony Beevor). 

Esto ocurría a principios de 1943, pero la retirada de los alemanes hacia el oeste duraría hasta 1945. Así que la guerra y las penalidades continuaban haciendo mella en el ejército y en el pueblo, en toda la población civil, en nosotros, con la estricta cartilla de racionamiento, escasez de ropa de abrigo, miseria. Sarna y piojos siempre hacen su aparición en tales circunstancias y no nos respetaron. Es verdad que estuviéramos donde estuviéramos el baño semanal nunca nos faltó. En todas partes había baños públicos con saunas, hasta en las poblaciones más pequeñas. Allí nos llevaban, nos daban ropa limpia, toallas y un jabón en pasta que olía a muerto, pero que cumplía con su misión porque hasta era desinfectante.
Todos los chicos tenían el pelo rapado, pero las chicas si queríamos llevar melena, teníamos que soportar semanalmente la inspección de la directora en persona, que mandaba a la peluquería a las que les encontraba “algo vivo”. Así que aquella pesadilla aún me dura y sueño muchas veces que tengo piojos, que me tienen que cortar el pelo, y lo paso realmente mal.
Bueno, pues llegó junio de 1943, terminé la 7ª clase con todas las notas sobresalientes y se me presentó el dilema: ¿qué hacer?
Tenía dos opciones: seguir en la casa de niños como preferida de la directora, mimada y “enchufada”, de lo cual algunos ya me acusaban, para continuar la 8ª clase en la escuela rusa hasta terminar la 10ª; o bien la segunda opción, que era marchar con la mayoría a la ciudad de Ufá, a vivir y estudiar por mi cuenta, junto a otro colectivo de españoles procedentes de otras colonias.
En Ufá se me ofrecían dos posibilidades: ingresar en la escuela técnica de motores de aviación para estudiar tres años, o hacer la carrera de medicina, de dónde saldría médico a los cuatro años.
La directora, por supuesto, me propuso que me quedara con ella; allí no me iba a faltar de nada y me prepararía para la Universidad. Pero yo tenía otro protector, el camarada Herraiz, para quien yo seguía siendo su “capitanzucha”. De antemano le confesé que no me iba a quedar en la colonia,  no quería gozar de ninguna protección ni privilegio; todos mis compañeros se marchaban, en la casa seguían sólo los pequeños y por supuesto, mi destino era Ufá.
Herraiz entonces no lo puso en duda: “estudia medicina, en España los motores de aviación no te van a servir de nada, en cambio allí hay muy pocos médicos y en la Sanidad podrás trabajar sin pegas”. Nunca aquél hombre había pronunciado una frase más acertada y su presagio se cumplió a rajatabla muchos años después, cuando volvimos y verdaderamente, ni ingenieras, ni arquitectas…, sólo las médicas pudieron ejercer y vivir de su profesión en España.
¡Qué razón tenía mi querido maestro! Pero no le hice caso… y no le hice caso, sólo por una tontería, me aterrorizaban los muertos. Supe que debería practicar con ellos y les tenía miedo. El destino te propone salidas y tú eliges ¿equivocadamente? ¡Quién sabe!
Pasamos aquél verano trabajando en casa y disfrutando de la naturaleza tan bonita en los meses estivales, bañándonos en el Biélaya (afluente del Kama, a su vez afluente del Volga), lavando allí la ropa y tendiéndola “al verde” como se hacía en España, cosa que causaba la admiración de aquella gente. Fue un verano muy bonito, con mi inseparable amiga Carmen. El año anterior, por enfermedad, ella había perdido el curso, iba más retrasada que yo y así por ello nos distanciaríamos durante bastante tiempo.
Estefanía, en esas fechas, se había hecho muy amiga de un maestro nuestro andaluz que nos enseñaba Geografía, Manuel Cerezo. No era de los que yo apreciara mucho y desde que noté la amistad que los unía empecé a sentir por él una especie de aversión y antipatía que me obligaba a rehuirle, a pesar de que el hombre intentaba por todos los medios acercarse a mí. Yo creo que eran celos. Además, Guardiola para mí seguía siendo mi padre y por primera vez oí los reproches de ella por no despreciarlo al comprobar que definitivamente nos había abandonado.
Mucho más tarde llegué a comprender que la soledad hizo mella en todos aquellos españoles jóvenes, muchos casados, que en situaciones tan difíciles se buscaron compañía para soportarlas. Cerezo tenía en España, en Málaga,  mujer e hijos. En muchas ocasiones, en momentos de nostalgia, nos había hablado de ellos pero llegó a necesitar a alguien que le lavara la ropa, él que siempre andaba “de punta en blanco”, y nos traía “fritas” a la chicas mayores para que laváramos y plancháramos los pantalones blancos que aún conservaba de España. En ese sentido, todas agradecimos a mi madre que se hiciera cargo de él.
Tendría yo Cerezo para rato. Y sería mi tercer padre, cosa que afirmaba él, pero que yo jamás fui capaz de asimilar.


Cerezo


 

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