domingo, 11 de septiembre de 2005

Simplemente mi vida: "CAP. I. ABLAÑA (LA PEREDA)"


"Viajamos por la vida, quizá, ligeros de equipaje, pero acompañados de sentimientos y vivencias para recordar en los años postreros. Es cuando afloran, sobre todo los afectos, que perduran siempre; los desengaños, frustraciones y fracasos mejor olvidarlos."
(No recuerdo dónde lo he leído).

 1925 - 1935

Nací en La Pereda, Mieres (Asturias), un dieciséis de agosto.
Sé que mis padres, recién casados, habían alquilado una casa en Nicolasa, al lado de la entrada a la mina donde trabajaba mi padre José Cuesta Blanco, que era minero desde los 14 años. Había quedado huérfano de madre muy pequeño, con varios hermanos, Manolo, Trina, Amparo, María, y no sé si me olvido de alguna más.
Mi abuelo paterno, Florín el de la Cuesta, era zapatero y se casó por segunda vez con Vicenta, que por lo que yo recuerdo y por su cariño y comportamiento hacia nosotros, se ganó con creces el título de verdadera abuela.  De este segundo matrimonio de mi abuelo, mi padre tuvo más hermanas, Milagros, Enriqueta, Florentina y Celestina, y el pequeño Jesús (Chus). Me ha contado mi hermana Meyos, que Jesús había plantado una mimosa delante de casa de mi abuela y, como también lo mataron en la Revolución, cuando la mimosa florecía todos los años, la viejita lo recordaba y lloraba amargamente.


José Cuesta Blanco

Pepe, mi padre, era el mayor y como había que alimentar muchas bocas, empezó a ganarse la vida siendo aún muy niño.
Mi madre también tuvo una niñez parecida al quedar huérfana con varios hermanos: Adolfo, Che, Salustiano, Veneranda, Nieves y ella misma (Mercedes). Mi abuelo materno, que era conocido en la Pereda como “Pepe el guardia”, también contrajo nupcias por segunda vez y la familia aumentó: Visita, Adela y Maruja. Tenían tierras y ganado, con lo que había trabajo para todos en la huerta, yendo al mercado, etc.
No había pasado más de un año, cuando mis padres subieron a vivir a Braña Castañar, y digo subieron porque alquilaron una finca en la falda de la montaña, precisamente opuesta a la falda de la montaña donde vivía, ya viuda, mi abuela Vicenta. Desde ahí empiezan mis recuerdos, un poco turbios al principio, y más claros que el agua clara, al final.
¿Cómo podré describirlos? No tengo suficientes dotes literarias para expresar mis sentimientos.
Qué pena no haber podido impregnarme para toda la vida de aquel olor a naturaleza, a hierba segada, a leche recién ordeñada, a musgo húmedo en invierno y, a hoja seca del maíz en verano, a eucalipto, a higos verdes y manzana madura. ¡Qué perfumes! Y qué maravillosas vistas desde aquel alto.
Era una casona de piedra. En la planta baja, la cuadra; encima, la vivienda. Subíamos por una escalera de madera con peldaños carcomidos a un corredor con barrotes torneados y ajados por el viento y las lluvias. Debajo de la escalera había amontonadas unas piedras redondas, también muy raídas por el tiempo, antiguas ruedas de molino, mohosas y cubiertas de musgo.
Entrábamos a una estancia amplia, de suelo de madera, que rechinaba al pisarlo y que mi madre, de vez en cuando, fregaba arrodillada. Enfrente había una puerta que conducía a una habitación que también tenía un corredor. Una cama muy ancha y una medio-cuna medio-camita eran todo el mobiliario. Allí dormíamos todos menos el más pequeño, que tenía su cunita en la habitación de mis padres y que, según iba aumentando la familia, pasaba a limitarnos el espacio en la nuestra.
A la derecha estaba la cocina, primero de leña, en el suelo, el “llar” que llamábamos. Después, un día apareció mi padre con un caballo en el que había cargado una cocina de hierro, económica, con su horno y su caldera. Corrimos todos prado abajo a su encuentro, llenos de regocijo por la importante adquisición. Muchos años después se volvería a repetir el mismo sentimiento cuando conseguíamos nuestro primer televisor, nuestra primera lavadora o nuestro primer coche; la misma sensación de prosperidad.
Había colgados del “basal” dos calderos blancos de porcelana que mi madre “acarreaba” llenos de agua de una fuente que había detrás de la casa. Esta fuente estaba rodeada de una balsa donde lavábamos la ropa y que también nos servía de bañera en verano.
Una estantería con unas ollas, una mesa, un par de sillas; una alacena donde se guardaba la matanza, se salaba el tocino y se guardaba el poco comestible en que consistía nuestro sustento externo. Nos alimentábamos casi exclusivamente de productos caseros: leche, patatas, maíz, castañas, alubias y algunas hortalizas que mi madre cosechaba. Teníamos gallinas, pero no probábamos los huevos porque teníamos que venderlos en el mercado de Mieres y con ello obtener algún dinero para otros menesteres.
El tablero de la mesa se abría con dos bisagras y en el cajón se guardaban las pamestas que mi madre traía, cuando bajaba a la plaza de la villa. Yo recuerdo levantar con la cabeza ese tablero de la masera dejando las manos libres para arrancar mendrugos de pan y repartirlos entre mis hermanos cuando teníamos hambre y estábamos solos en casa.
A la derecha de la entrada, haciendo un poco de separación de la cocina, había una escalera que subía al desván. Allí, en octubre,  se cubría el suelo de castañas, se ahumaban los chorizos y se secaban los quesos de leche de oveja que mi madre elaboraba para vender.


Mercedes y Pepe

Había 3 ó 4 vacas, 10 ó 15 ovejas y varias gallinas que andaban sueltas por los alrededores de la casa haciendo sus nidos entre los matorrales. Uno de mis trabajos era espiarlas, seguirlas y descubrir los “ñeros” (nidales) para poder recoger los huevos. Otras veces se dejaban y, al cabo de unos días, veíamos salir, en fila, una camada de “pitinos”, cuando las gallinas se quedaban  “lluezas”.
Ahora, después de pasados los años y al analizar la situación, me doy cuenta de que aquellas vacas y ovejas no eran nuestras, debían de pertenecer al dueño de la finca, porque de lo contrario, habríamos sido realmente ricos.
Sólo sé de una vaca que mi madre vendió en 1936, estando ya en Alcoy, por la que le dieron 12 duros de plata; mi tío Tano, en Asturias, fue el que le realizó la operación. En aquel momento empezó la guerra, se cortaron las comunicaciones y varios años después, cuando aquellos duros no eran ya de curso legal, su hermano se los hizo llegar. Quedaron como recuerdo. Mi madre, ya en la cúspide de su vida, al ser seis hermanos, nos entregó dos a cada uno, como reliquia heredada; yo, a su vez, se los he regalado a dos de mis nietos, uno a Francisco Javier y otro a Sergio, como recuerdo de su bisabuela y su escasa fortuna.



Braña Castañar


A Braña Castañar subían a visitarnos tíos y tías, entre ellas Florentina y Celestina, que eran entonces jóvenes y, para mí, muy guapas. Yo las envidiaba por su forma de vestir y sus melenas. Creo que más bien venían a cuidar de nosotros cuando mi madre daba a luz, que era, repetidamente, cada poco más de un año. Venía mi tía Veneranda, que estaba muy delicada de salud, asmática, y traía consigo a su hijo Luisito; siempre  me acordaré del típico niño señorito, fino, mimado, tan peinadito, con unas camisas tan blancas y pantalones de terciopelo. Con el paso de los años, ha resultado ser no tan fino; la vida y las circunstancias le obligaron a trabajar duro en la mina, pero siempre le he profesado un cariño de primo especial. Hoy vive en la Pereda, y nos vemos de vez en cuando.

Mis tíos también nos visitaban, pero más bien creo que era en tiempos de la siega de la hierba, la matanza, etc.

Unos hombres venían a esquilar las ovejas, nosotros les ayudábamos a cogerlas, sujetarlas y luego se marchaban llevándose la lana con ellos.
Las vacas tenían cada una su nombre propio, la Pinta, la Roxa…., a mí me tocaba “llendarlas” (pastorearlas); tenía una vara y me pasaba horas y horas con el perro cuidándolas, cuando en el “prau d´arriba”, cuando en el “prau l´escombrera”…; tengo pasado muy malos ratos cuando, en verano, en las horas de mayor calor, se escapaban y se metían en la boca de una mina abandonada que había cerca de la casa. Yo intentaba entrar o echarlas fuera, pero me daba mucho miedo aquella penumbra, aquella humedad y hasta voces de ultratumba que yo creía escuchar en aquella inmensidad. Iba llorando a casa y mi madre era la que tenía que recogerlas.
Teníamos perro; recuerdo un pastor alemán que se dejaba querer, abrazar, participaba de nuestros juegos y soportaba con paciencia nuestros infantiles abusos. Era nuestro compañero entrañable. Pero un día, un triste día, se nos murió. Sé que lloré mucho por él. Mi madre nos mandó tirarlo a la escombrera que estaba cerca de casa, por un sendero estrecho en la ladera; cogimos al perro entre los cuatro hermanos, uno por cada pata y, medio arrastrando, lo acarreamos hasta allí, lo dejamos en el suelo, le dimos un beso, lo volvimos a sujetar: “¡a la una,  a las dos  y a las… tres!, y lo tiramos escombrera abajo.
También recuerdo que junto al hórreo había unos lirios que todas las primaveras alegraban nuestra vista y coloreaban el ambiente, de por sí monótono y gris, con sus flores azules y jugosas. Fue la primera flor de jardín que se grabó en mi mente y siempre me han gustado muchísimo las flores; sé que ya entonces tenía esa inclinación, por eso recuerdo aquellos lirios.
Otra de nuestras tareas era la recogida de castañas en otoño. Mi madre nos daba un cesto, nos enviaba a los castañeros que rodeaban la casa y nos esmerábamos por regresar con el cesto mediado de mercancía, orgullosos por la misión cumplida. Pero a mí lo que más me entusiasmaba eran los cerezos. En primavera floridos, cuajados de color rosa y blanco, como nevados. Si me preguntan por una maravilla de este mundo,  yo les diría: un árbol frutal florido en primavera, ¿hay algo más hermoso?, fragancias, pulcritud, felicidad,…, eso siento cuando lo admiro.
¿Qué si hay algo mejor? Sí, el mismo árbol cargado de cerezas. Rojas, brillantes, jugosas, pendientes y abundantes. Había junto a casa un par de cerezos centenarios que seguían, cada verano, ofreciéndonos aquellas lágrimas apetitosas que echaban a perder las pecheras de nuestros vestidos. Nos reíamos unos hermanos de otros al vernos aquellos morros ensangrentados. No podíamos escalar al árbol, pero mi padre cortaba cañas, nos "rebalgábamos" encima de ellas, en el suelo, y comíamos hasta saciarnos, hasta que se acababan y mi padre cortaba otra. Los pájaros y nosotros nos hinchábamos, y mi madre llevaba buenas cestas a vender al mercado de Mieres.
También teníamos delante de casa una higuera, con los higos verdes hacíamos “vaquinas” y “caballinos” incrustándoles cuatro palitos que les servían de patas. Eso y alguna muñeca que hacíamos con “panoyas” (panojas o mazorcas) de maíz, eran nuestros únicos juguetes.

Braña Castañar


Para nosotros “la esfueya” del maíz era una fiesta. Amontonaban las “panoyas” recién cortadas en el suelo de la sala. Era una fiesta porque venían vecinos y familiares y al atardecer se sentaban alrededor del montón, se cogían las “panoyas” una a una, les quitaban las barbas y las hojas de fuera; las hojas interiores y sanas las dejaban, las despegaban del grano, las estiraban para arriba y dejaban el maíz al descubierto para que secase. Esas hojas eran las que luego servían para enristrarlas, o sea, amarrarlas unas con otras formando las ristras que luego se colgaban de la barandilla del hórreo. Las mujeres preparaban las “panoyas” y el trabajo de enristrar era de los hombres. Pero, lo que más nos gustaba era la juerga que se armaba para que el trabajo resultara ameno. Cantaban. Esas fueron las primeras canciones que escuché. Siempre hay alguien que destaca entre los vecinos, por su buena voz y en esas reuniones se dejaba oír, haciéndose un poco de rogar por la admiración de los demás. Ahí escuché yo cantar “asturianadas” a mi padre, y me parece que no lo debía hacer mal o, por lo menos para mí, era el mejor. Bebían sidra, anís, contaban cosas, se reían…  Nosotros nos sentábamos en los peldaños de la escalera al desván y admirábamos su trabajo deseando hacernos mayores para poder participar.
La casa estaba rodeada de castañares, robles, prados; toda la ladera era frondosa y sólo un camino, estrecho, entre la maleza, cubierto el suelo de piedras para poder caminar y no embarrancarse, bajaba hacía Nicolasa, Ablaña y la Pereda. El mismo camino subía por detrás de la casa, ya un poco más espacioso y menos angosto, hasta la casa de los vecinos más cercanos, a unos minutos de caminar cuesta arriba, “El llanu la Tabla”. Allí habitaban unas familias, también mineros, con varios hijos, abuelos, etc.; recuerdo que tenían ganado y perros cariñosos. Sé que había amistad, ayuda y protección por parte de ellos. Fueron padrinos de mi hermana Tina, y allí subíamos cogidos de la mano cada vez que queríamos conectar con alguien, recibir alguna caricia, llevar algún recado de nuestra casa a la suya y hasta probar alguna cosa rica con que nos agasajaban. Eran muy buenos, y murieron todos. Fueron salvajemente asesinados por la Guardia Civil cuando andaban de patrulla por el monte buscando “rojos” escapados. Les acusaron de abastecerles de comida, y no quisieron escuchar sus negativas ni sus lamentos, les hicieron cavar un pozo al lado de la reguera y allí, uno a uno, fueron acribillándolos a todos, incluso a una de las hijas que estaba embarazada. Muy poco antes no hubiéramos podido sospechar lo que nos esperaba, ni a ellos ni a nosotros. Bastantes años después tuvimos la oportunidad de visitar aquél macabro rincón, al lado del río, una pequeña parcelita rodeada por una “estaquera” (estacada) donde quedaron sepultados para siempre los restos de aquella injusticia. Con el paso del tiempo sus familiares les han arreglado la sepultura y grabado una lápida con los nombres de los que allí yacen, lugar que visitamos también nosotros, a pesar de su difícil acceso, para rendirles nuestro pequeño, pero entrañable homenaje.




Mis hermanos lo eran todo para mí. Me inculcaron desde pequeña un elevado sentido del deber hacia ellos, la obligación de cuidarlos y ayudarlos. Decían mis tías que cuando yo apenas caminaba, ya me sentaba mi madre en el suelo con las piernas abiertas para que sostuviera entre ellas al que me seguía. Yo los acunaba cuando lloraban y los admiraba cuando mi madre les daba la teta.
Si mi madre se ponía de parto cuando estábamos solos, bajaba corriendo a Nicolasa y avisaba en el comercio para que llamaran a mi tía Nieves, que era quien ejercía de comadrona.
Durante esos menesteres, a los niños nos echaban a la calle, y tenemos pasado horas esperando a que nos permitieran entrar para conocer al nuevo, sonrojado y rollizo hermanito. Una vez entré sin que me invitaran y vi a mi madre arrodillada en el suelo y quejándose de dolor; por eso siempre creí que esa era la posición apropiada y que tenía que doler mucho para que mi madre se quejara de aquella manera. Luego mataban una gallina y mantenían a la parturienta a caldos y requemados de azúcar con leche para su pronto restablecimiento.
A mi madre la recuerdo alta, delgada y esbelta, con el pelo muy liso y recogido hacia atrás en un moño casero prendido con horquillas.
Mi padre era de estatura normal, no muy corpulento y casi siempre con la cara negra por el sudor y el carbón de la mina. Así subía todos los días prado arriba apoyado en su “cayao” y con un paquete en la mano. Los hermanos corríamos cuesta abajo a su encuentro, a por aquel envoltorio que contenía un trozo sobrante de tortilla de patata envuelta en un grasiento papel de periódico; aquél bocadito que nos repartíamos nos sabía a gloria.
El fue quien un día se hizo con los menesteres y nos puso a todos los hermanos la vacuna contra la viruela; así conservamos en el brazo derecho, un poquito más arriba del codo, la marca imborrable, eterno recuerdo de su prevención y esmero.
Él me enseñó a leer. Trabajando de sol a sol en la mina y ayudando en las labores del campo y el ganado, todavía encontraba tiempo para servirme de primer maestro, ayudarme a trazar mis palotes y deletrear los títulos del periódico que compraba. Ese periódico se lo subía yo todos los domingos del bar de Nicolasa donde se lo reservaban.
Pues ese padre, que yo tanto quería, y del que me consta, era su ojito derecho, un día salió por la puerta para nunca regresar. No mucho tiempo después, por aquella misma puerta salimos todos los demás, desmoronándose una familia que prometía ser feliz eternamente unida. Vinieron unos hombres a llamarlo y llevárselo con ellos, debían ser compañeros mineros, y algunos llevaban escopetas. No sé qué hablaron, pero sí que, por primera vez, oí la palabra revolución. Esa “Revolución del 34” segó de cuajo mi niñez y la de mis hermanos, dejó viuda joven a mi madre y convirtió en víctimas de sus propios ideales a mi padre y a sus compañeros. Sentían voluntad de combate y decisión para luchar por el bien de sus hijos, empuñaron las armas, armas escasas en manos inexpertas.
El movimiento obrero organizado había nacido en Cataluña en los años 30. El Bloque Obrero y Campesino correspondía a un partido socialista de izquierda fuertemente influido por la Revolución Rusa, por Marx y Engels, por Lenin y Bujarin.
En 1933 surge la Alianza Obrera de Cataluña, bajo los auspicios del BOC, la alianza obrera contra el fascismo, con los sindicalistas, anarquistas, socialistas de Cataluña, la izquierda comunista y la unión de payeses (trabajadores de la tierra). Así que la Alianza Obrera se caracteriza como un frente de las organizaciones políticas y sindicales de la clase obrera. Todas las secciones de los partidos y sindicatos obreros que existen forman un bloque, constituyen un comité que centraliza la dirección de todos los movimientos emprendidos.
Un análisis de la situación española lleva, después de la constitución de la Alianza Obrera Catalana, a la firma del Pacto Asturiano de sindicatos y organizaciones políticas. El conjunto de la clase obrera asturiana conoce esta Alianza, sus objetivos y funcionamiento. La misma clase obrera que estaba dispuesta a la insurrección.
El éxito de la Alianza Obrera en Asturias se explica por los caracteres propios de las organizaciones obreras, por el movimiento, ya anterior, del proletariado. De todas las regiones españolas, son los asturianos los que tienen, sin duda, el movimiento obrero mejor organizado. La más prestigiosa y también la más potente de las organizaciones obreras asturianas es el Sindicato de Obreros Mineros de Asturias, fundado en 1910. (Nota 1)
La Alianza Obrera es la consecuencia de la escalada internacional y nacional del fascismo, esa expresión de la crisis de dominación de la burguesía, obligada a destruir todo movimiento obrero organizado para preservar su dominio.
En Asturias coincide con una situación particular, resultado del deterioro de la crisis del sector minero-metalúrgico que no pudo resolver la dictadura del General Primo de Rivera; bajo esta dictadura, ya en 1927 los mineros habían desencadenado la primera gran huelga, con la que se oponían a un descenso de los salarios o su estancamiento, un aumento de media hora en la jornada de trabajo y un crecimiento rápido de la productividad. En 1920 eran necesarios 38.000 mineros para producir 2.500 toneladas de carbón; en 1926, 31.000 mineros producían 3.500 toneladas. La explotación y la miseria son el origen de una agitación constante de las cuencas hulleras.
Hay conflictos entre sindicatos y partidos, UGT, FAI, CNT, socialistas y comunistas, acusaciones, incomprensiones, luchas entre ellos. Pero, por fin, la Alianza Obrera es, en víspera de la insurrección de octubre del 34, esa reunión de los hermanos proletarios de todos los horizontes. “U.H.P.”, contra el fascismo, contra la burguesía y su Estado. Únicamente en Asturias pudo llevarse a cabo felizmente la tarea histórica de la construcción de la Alianza Obrera. El fin que se persigue es el triunfo de la revolución social con el establecimiento de un régimen de igualdad económica, política y social, fundada en principios socialistas federalistas.  (Nota 2)
La lección resultó muy dura y sangrienta. Llegó octubre y Asturias se insurreccionó; durante 15 días los mineros estuvieron con las armas en la mano combatiendo sin parar un instante.



Los primeros disparos, en Mieres, que se convierte en el centro de la insurrección con la toma del Ayuntamiento y los cuarteles. Encuentran armas, pero no suficientes. El hambre se mitiga con actos de pillaje. No se conoce el miedo, piden armas, quieren batirse, saludan con el puño en alto.
Es preciso organizar con la mayor rapidez posible el Ejercito Rojo de la Revolución, para conquistar la capital. La atención estaba fijada en Oviedo.
Se recluta a voluntarios y se hacen llamamientos a todos los hombres de 18 a 40 años. Cuando mi padre se marchó, mi madre nos bajó a casa de mi abuelo y mis tías a La Pereda. De aquellos días tengo un recuerdo imborrable. Una vez no sé quien nos avisó, pero mi madre y yo esperamos en la estación la llegada de un tren, del cual se bajó mi padre, nos dio un abrazo, le entregó a mi madre 75 pesetas, nos besó, se subió al tren, se alejó…. y esa fue la última vez que lo vi.
En la Pereda los mayores empezamos a ir a la escuela, jugábamos delante de casa y las tías se ocupaban de nosotros. Yo recuerdo con cariño a mi abuelo, “Pepe el Guardia”, que me cogía de la mano, me llevaba al monte, a castañas y a la huerta. Oíamos los zumbidos de unos aviones que, según él decía, iban a bombardear Oviedo.
Allí, en la capital, se llevaba a cabo una lucha encarnizada. El enemigo retrocedía hacia el centro de la población, perseguido por los revolucionarios que procedían de las cuencas mineras. Tomaron el Ayuntamiento, la fábrica de dinamita de la Manjoya, la Comandancia de Carabineros. Después de duros combates cae en su poder la fábrica de armas de Trubia, que les facilitó algunos cañones. Se habilitan los talleres para la fabricación de bombas. En la fábrica de Mieres se ejecutan blindajes de máquinas y vagones, así como de camiones. Se trabaja concienzudamente en la distribución de alimentos y del poco armamento del que se dispone. Se agotan los fusiles y la reserva de municiones. Se registran numerosas bajas y el enemigo ocupa muchos puntos estratégicos. La disciplina no falla, pero se observa  la falta de coordinación en los mandos. Había cañones, en Trubia trabajaban sin descanso fabricando obuses. Desgraciadamente, ninguno de estos obuses tenía espoleta y resultaban inservibles.
Se produce un gran número de heridos y tanto los hospitales de Oviedo, como los de Mieres, Turón o  Pola de Lena prestaban asistencia a ambos bandos. Los facultativos no tienen en cuenta las ideas políticas y cumplían su deber profesional.
Abundan los casos de pillaje, asaltan los establecimientos, desvalijan comercios, haciéndose pasar por obreros revolucionarios.
Se reciben informes de que el enemigo está consiguiendo grandes refuerzos en Campomanes. Hay combates furiosos que originan gran número de muertos.
En Oviedo, la lucha es cada vez más encarnizada y las dificultades aumentan por la escasez de víveres.
La dinamita constituye el primordial elemento de combate utilizado durante la insurrección, ya que se carecía de otras armas y que además, por otra parte, los mineros estaban familiarizados con su uso.
El enemigo se reforzaba y el envío de tropas gubernamentales era continuo.
Los revolucionarios asturianos no mantenían contacto alguno con el resto de provincias de España, y creían que los trabajadores del resto de la península se habían lanzado a la calle, armas en mano, a la conquista del poder.
No puede negarse la combatividad del enemigo. La lucha adquiere cada vez más importancia en el frente de Campomanes. Llegan refuerzos regulares de León y Palencia. Todos los terrenos colindantes con Campomanes, Vega del Rey, la Cobertoria, quedaron convertidos en campos de batalla.
La aviación hacía fuego de ametralladora por las trincheras y hasta utilizaba bombas.
Pues, por ahí, tal vez hacia el noveno día de revolución, en esta encarnizada lucha, cayó mi padre, José Cuesta Blanco, como otros tantos, muchos jóvenes rebeldes, que soñaron con poder derribar la tiranía que los explotaba. Sus ideales eran sanos, su causa era justa, pero las dificultades resultaron insuperables. Había desorganización, incapacidad entre los dirigentes, escasez de armas, falta de alimentos. Sólo con férrea voluntad ¿cómo se va a ganar una guerra?, se luchó valientemente en Gijón, Avilés, Trubia, Oviedo, Sama, Turón…
El Gobierno, además de la Guardia Civil y el Ejército, mandó a Asturias a los soldados de Regulares y del Tercio, a los moros,  que incendiaban y arrasaban todo a su paso sin importarles las mínimas reglas de la moral. La aviación bombardeaba y ametrallaba. El avance enemigo se hizo imparable y hubo que capitular.
No es de cobardes deponer las armas cuando, claramente, se ve que es segura la derrota; derrota que no puede considerarse como tal, si pensamos en la potencialidad del enemigo y en los medios y armas de que disponía.
El proletariado aprendió, siempre, más de sus derrotas que de sus victorias. La insurrección de octubre de 1934, fue una extraordinaria lección, una lección única, en este caso.
Después de negociaciones con el ejército, se empezó a concertar la paz. Finalizado el movimiento, se cargó sobre los revolucionarios todo el peso de la destrucción  y hasta la culpa de todas las atrocidades cometidas por las fuerzas gubernamentales, sobre todo por los moros y legionarios. Así pues la represión posterior fue aun peor. Presos fusilados, miles de revolucionarios sufrieron durante largos años en prisión las vejaciones, el hambre y las torturas, que, al final, acabarían con sus vidas. Mucha gente fue castigada sólo por las sospechas de haber cooperado con la Revolución, algunos, víctimas de chivatazos que los delataron. Para muchos de ellos hubiera sido mejor morir de un tiro. No se ha escrito mucho sobre este período de represión porque las mismas circunstancias dictatoriales del régimen franquista lo impidieron, pero sí se contaban, en la intimidad, atrocidades que de boca en boca llegaban al conocimiento de nuestras generaciones. Sólo podemos lamentarlo y, con dolor, recordar a nuestros seres queridos, que dieron su vida por nuestro bienestar. Esa era su esperanza.
Mi padre no vio cumplidas jamás sus aspiraciones, pero su desaparición sirvió para que cambiara de raíz el ritmo de nuestras vidas, el camino de nuestro destino. Cambio inesperado y futuro inimaginable en lugares ignorados.




La Revolución duró del 4 al 19 de octubre de 1934. Entre los caídos en los campos de batalla y los asesinados por la represión, murieron más de 3.000 hombres. Miles de viudas y miles de huérfanos quedamos víctimas de la derrota.
Los acontecimientos asturianos tuvieron un profundo eco en toda España y fueron reconocidos a nivel internacional.
Surgió un sentimiento de solidaridad y deseos de ayuda en todas partes. Los huérfanos que quedamos sin pan, no pasamos hambre. Había una organización llamada “Socorro Rojo Internacional” de la que nunca habíamos tenido conocimiento, pero que en aquellos duros meses, finales del  34 y principios del 35, nos tendió su mano. Se formó una expedición de niños huérfanos de la Revolución al País Valenciano, dónde, que yo sepa, en Alicante y su provincia, serían provisionalmente acogidos por familias deseosas de ayudar desinteresadamente en su educación y mantenimiento temporal.
Mi madre, después de pensárselo bien, decidió que al carecer ella y su familia de medios para mantenernos, mejor sería que personas bondadosas y legitimadas para tal encomienda, se ocuparan por el momento de nosotros.
Hubo una tía en la Pereda, Veneranda, la hermana mayor de mi madre, que al sentirse enferma  y necesitar ayuda en casa, optó por recogerme para que la asistiera. Mi madre le explicó que yo, que era la mayor y tenía 9 años, debía acompañar a mis hermanos más pequeños y ayudarles en su andadura en un mundo desconocido para todos. Entonces, en casa de mi tía quedó Meyos y los demás la envidiábamos por su suerte.
Con mi madre quedó Jesús, que aún no había cumplido los dos años.
Sé que en aquel momento me hacía ilusión el porvenir de aventuras, el viaje en tren, las ropas nuevas que, algunas preparadas para la ocasión por mis tías y otras donadas por la gente para contribuir en acto solidario, me daban aspecto de adolescente, desapercibido por mi hasta entonces. Pero más fuerte todavía recuerdo el profundo sentimiento de responsabilidad que se me echó encima; mi madre me inculcó el deber de cuidar de mis hermanos para siempre, ayudarles, no separarme de ellos y serviles de amparo maternal. Este sentimiento de hermana mayor me ha hecho derramar muchas lágrimas en mi vida, porque, “a posteriori”, las circunstancias adversas no me permitirían cumplir con ese importante encargo de mi madre durante demasiado tiempo.
Se borró de mi mente para siempre aquella despedida que tuvo que ser tan triste y penosa, sobre todo para mi madre; sólo recuerdo un viaje largo en un tren especial lleno de niños y de unas señoritas muy cariñosas que nos cuidaban y nos daban cosas ricas para comer, incluso caramelos. En aquel viaje yo perdí mi abrigo blanco. No sé quién me lo había regalado, pero yo lo tenía y lo apreciaba. Nunca había usado abrigo antes, pero sé que era blanco, muy bonito y lo perdí... Cuando una señorita me encontró llorando, al enterarse de la causa me dijo: -“No te preocupes, vas a vivir en Alicante, y allí siempre hace calor, no lo vas a necesitar...”, y era cierto..., hacía calor... ¡¡Alicante!! ¡Qué amargos sentimientos me provoca! Amargo sentimiento al encontrarlo, y aún más amargo sentimiento al despedirlo unos años después...
También hubo alegría inmensa al volver, mayor que todas las tristezas... muchos, muchos años después.


..
1 (Los datos sobre la Revolución de 1934 los he tomado del libro de Manuel Grossillier  “La Insurrección de Asturias”).
 
2 (UGT: Unión General de Trabajadores;  UHP: Uníos, Hermanos Proletarios; FAI: Federación Anarquista Ibérica; CNT: Confederación Nacional del Trabajo)


La abuela Mercedes Suárez


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