martes, 15 de diciembre de 2009

Artículo en LNE: Nieves Cuesta


 CUANDO NIEVES CUESTA ENCONTRÓ LA LIBERTAD
  
Lunes, 14 de diciembre de 2009
 


Por  MIKI LÓPEZ
Nieves Cuesta, niña de la guerra que recaló en Avilés un año después de la puesta en funcionamiento de Ensidesa tras casi 20 años de exilio en la Unión Soviética, es la primera protagonista de la serie «Avilesinos con historia». Con esta sección que hoy se estrena, LA NUEVA ESPAÑA de Avilés repasará semanalmente la vida de aquellos avilesinos, tanto de cuna como de adopción, que han colaborado a construir, con su esfuerzo y su talento, la ciudad.

Cuando Nieves Cuesta, junto a su marido Ángel Lago, llegó a Avilés en 1957 encontró la libertad, a pesar de llegar a una tierra que se encontraba bajo el yugo de un régimen dictatorial. Sin embargo, Avilés era otra cosa. Justo un año antes, Ensidesa había comenzado a operar y la ciudad, hasta 1956 una villa marinera, se había convertido en el máximo exponente del desarrollo industrial español. Nieves Cuesta había nacido en Mieres en 1926. Su marido, Ángel Lago, había visto la luz a escasos kilómetros, en Moreda. Sin embargo, ambos se conocieron en Moscú. Sus familias, de marcada tradición comunista, huyeron hacia la Unión Soviética tras el triunfo de los franquistas en la Guerra Civil. Tras veinte años en el exilio, tocaba volver a casa.

Lago, perito de profesión, probó suerte en Alicante, la ciudad adoptiva de su esposa, pero no encontró nada convincente. Desde Asturias les llegaron noticias del florecimiento de Ensidesa. Una carta de recomendación del gobernador provincial de la época le sirvió a Ángel Lago y su familia para incorporarse a la empresa siderúrgica. Lago comenzó como ajustador, pero ascendió rápidamente a maestro industrial. «Un currante», como lo califica su viuda.

Nieves Cuesta había llegado a Avilés con el miedo metido en el cuerpo. En la Unión Soviética, la maquinaria propagandística se encargaba de diseminar entre la población que en la España franquista se vivía en la más estricta pobreza. «Nos decían que la gente iba descalza por la calle», recuerda Nieves Cuesta. El temor del matrimonio se acrecentó con los férreos controles a los que hubieron de someterse para entrar en España. Maratonianos interrogatorios en los que se comprobaba que los repatriados no constituían un riesgo ideológico para el régimen. «A mi no me dieron mucho la lata, pero a mi marido, que había trabajado en una fábrica de motores de aviación, pues imagínese lo que fue aquello», rememora la vecina de Llaranes.

El temor era grande, pero las ansias de regresar a España, aún mayores. Los riesgos merecían la pena. Sin embargo, la incertidumbre desapareció una vez pisaron suelo avilesino. Ellos, nacidos en Asturias, eran en realidad emigrantes como el resto de sus 20.000 nuevos vecinos, llegados de todos los puntos geográficos de España, al igual que Nieves Cuesta y Ángel Lago buscando un nueva vida, un inicio desde cero. El poblado de Llaranes, en 1957, era un hormiguero de gentes, un ir y venir constante en busca de una realidad desconocida, una esperanza intuida. «No teníamos más que lo puesto y, al llegar, nos metieron en una casa que compartíamos con otras familias que tampoco tenían nada. Con el tiempo ya nos ubicaron en una casa propia, en la calle Monte Aramo», recuerda Nieves Cuesta.

El matrimonio comenzó entonces a paladear las mieles de aquella Arcadia que constituía Llaranes dentro del gris panorama español. Ensidesa y su maquinaria colosal salvaguardaba la moral de sus trabajadores a costa de envolver en celofán la realidad cotidiana. «Ensidesa se ocupaba de todo: teníamos un economato, nos daban plaza gratis en el colegio, sólo nos cobraban 50 pesetas de renta, nos proporcionaban carbón sin cobrar un duro. Por hacer, hasta nos cambiaban las bombillas si se nos fundían. Venía un técnico a casa y ¡hala! Era un progreso», destaca Cuesta.

Un término, progreso, que Nieves Cuesta y su familia habían tardado en conocer 32 años, edad con la que volvieron a España. La empresa siderúrgica había instalado un tranvía que comunicaba Llaranes con el centro de Avilés. Los habitantes del barrio adquirieron, de este modo, un sentimiento de identidad propia. «Todos habíamos llegado de fuera y luchábamos por labrarnos un futuro. Convertimos el poblado en nuestro hogar a base de colaborar entre nosotros, de ayudarnos mutuamente. Era un ejemplo de amistad. Venir a Llaranes fue la mejor elección de nuestras vidas. Nunca nos arrepentimos», comenta Nieves Cuesta.

Con un empleo en Ensidesa y las esporádicas clases particulares de idiomas que impartía Nieves, la familia Lago Cuesta comenzó a disipar de su memoria los oscuros episodios en los que sus vidas se habían dividido hasta ese momento. Una historia que tiene su génesis en 1934, con la Revolución de octubre. Nieves vive con su familia en el pueblo mierense de Ablaña. El padre, José Cuesta, es minero y comunista. Apoya la rebelión y acompaña a sus compañeros al frente. Cuatro días más tarde, un tren llega a la estación de Mieres. Nieves y sus cinco hermanos, que se habían trasladado a la Pereda, reciben la noticia de que en el convoy viaja su padre. La información es certera.

José Cuesta descendió del vagón, le dio un beso a cada uno de sus hijos, entregó 75 pesetas a Nieves, la mayor, y se fue. Los suyos no volvieron a verlo.

Huérfanos de padre, Nieves Cuesta y sus hermanos fueron recogidos por el Socorrro Rojo Internacional y dados en adopción a varias familias alicantinas. A Nieves le tocó en suerte los Guardiola. El padre de familia, Antonio, agricultor, es secretario general del Partido Comunista de Alicante cuando estalla la Guerra Civil. Antonio Guardiola ejerce labores de despacho. No guerrea en el frente. Alicante es el último reducto republicano, por lo que las acometidas franquistas se recrudecen. Nieves crece con la angustia de los bombardeos. Alicante cae y la vida de los Guardiola se desmorona. Antonio se ve entre la espada o la pared. «Era el exilio o el paredón», señala Nieves. Optan por el exilio a la Unión Soviética.

Lo que parecía el inicio de un viaje hacia la libertad fue, en realidad, lo más parecido al infierno. El mítico barco «Stanbrook», en el que miles de republicanos huyeron de España, recaló en Alicante. Miles de personas esperaban en el puerto. Era una trampa. En el interior no había sitio para todos. Sólo aquéllos con cargos políticos, como era el caso de Antonio Guardiola, pudieron embarcar. El resto se quedó en tierra. Muchos, ante el abismo que se abría ante sus pies, optaron por suicidarse allí mismo. Nieves escapó de aquella escena dantesca por los pelos: tuvieron que izarla con una cuerda e introducirla en el barco por una escotilla para arrancarla de la muchedumbre que intentaba abordar la nave.

El «Stanbrook» llega a Stalingrado (hoy San Petersburgo) en junio de 1939. El recibimiento del pueblo soviético es entusiasta. A Nieves y su familia adoptiva los trasladan a Harkov, en la actualidad territorio ucraniano. Tras unos meses, se asientan definitivamente en Moscú. Nieves aprende idiomas y vive protegida por las autoridades soviéticas. «A los republicanos españoles, los rusos nos trataban muy bien. Teníamos muchos privilegios», recuerda Cuesta.

Los españoles exiliados hace piña, se asocian, intercambian experiencias. En un baile, Nieves conoce a Ángel. Con el tiempo deciden casarse. El nacimiento en Moscú de su primogénito, Francisco, aviva las ansias de volver a España. La lejanía distorsiona la realidad. «Creíamos que Franco iba a caer, sobre todo después de que los fascistas pedieran la Guerra Mundial. Estábamos convencidos y por eso queríamos volver», confiesa Cuesta. Si a la pareja le quedaba alguna duda, la muerte de Stalin las disipa. «Era nuestro maestro», señala la avilesina de adopción.

Parten de la Unión Soviética en pleno invierno. Atrás quedan mil papeleos y la colaboración de la Cruz Roja. Llegan a España en los albores de la primavera de 1957.

Nieves Cuesta y Ángel Lago son un ejemplo de integración. Ninguno de los dos nació en Avilés, pero ambos se comportaron como avilesinos de pro. Inculcaron a sus hijos el amor por la villa. De hecho, el primogénito, Francisco, llegó a ser concejal de Hacienda con el PSOE entre 1991 y 1995. «A Avilés no lo cambiamos por nada. En ella nos sentimos libres», señala Nieves Cuesta que, a sus 84 años, ve el futuro con cierto optimismo, aunque el Niemeyer no le termina de convencer. «No sé con qué lo van a ocupar. Está claro que dará prestigio a la ciudad, pero del prestigio no se come», afirma.

lunes, 14 de diciembre de 2009

Artículo en LA VERDAD: Vida de Nieves Cuesta








 13-12-2009
Joaquín Santos Mata


Nieves Cuesta. Pasajera del 'Stanbrook'


«Nunca olvidaré a aquellas personas acurrucadas en un ambiente de tristeza y miedo al que acompañaba un día gris y lluvioso»
MEMORIAS DE UNA NIÑA DE TRES GUERRAS

Nieves Cuesta acaba de escribir su libro de memorias 'Simplemente mi vida', que ve la luz publicado en Gijón por Ediciones Azucel dentro de la colección titulada 'Recuperación de la Memoria Histórica', integrada de momento por seis títulos más.

Desde su residencia en la localidad asturiana de Avilés nos abre en exclusiva ese corazón curtido para darnos el ejemplo de cuan ruines son los enfrentamientos bélicos que dejan un reguero de víctimas, mayoritariamente anónimas pero en cualquier caso siempre inocentes.

- ¿Cómo fue el recalar usted en Alicante?

- Yo era la mayor de seis hermanos y tenía sólo nueve años cuando estalló en Asturias la revolución de octubre de 1934 donde mi padre, que era minero, fue una de las muchas víctimas mortales de la represión. Como mi madre no podía hacerse cargo de todos sus hijos, a través del Socorro Rojo nos repartió a cuatro hermanos; las dos chicas llegamos a Alicante y los chicos a Alcoy. Al menos tuvimos la suerte de estar todos cerca.

- ¿Quién la acogió?

- El matrimonio formado por Antonio Guardiola y Estefanía Requena, ésta oriunda de Jumilla. No tenían hijos y él era un alto cargo comunista, regentaba la Bodega Alicantina, vivíamos al comienzo de la calle Pablo Iglesias, en el número dos, al lado de la avenida de Alfonso el Sabio. Y mi hermana marchó con otra familia al barrio de las Carolinas. Ellos fueron unos auténticos padres para mí.

- ¿Qué recuerdos guarda del Alicante de entonces?

- Yo no conocía el mar, venía de Ablaña en la montaña mierense y Alicante, con su luz y su sol, me pareció preciosa. Me llamaban cariñosamente la asturianita y al principio los recuerdos fueron agradables. Fui a una escuela que estaba en el barrio de San Blas, viví de cerca las Hogueras de San Juan donde recuerdo que me hacían bailar y acudía en verano con mis padres de acogida a los balnearios de la playa del Postiguet donde alquilaban una especie de cabina que tenía una escalera por donde bajábamos directamente al mar. Luego me matriculé en el Liceo Francés pero enseguida vino la guerra y entonces mis recuerdos son de las sirenas que anunciaban los bombardeos, de las huidas calle arriba para escondernos en el refugio del castillo de San Fernando, donde llegamos a pasar noches enteras. Vi muchas casas destruidas pero menos mal que ningún cadáver. Lo único bueno fue que mi madre había venido a Alicante a vernos y al estallar la guerra ya se tuvo que quedar allí.

Le vienen a la memoria algunos comercios de los alrededores de su casa que frecuentaba como la mercería El Porvenir, que aún existe, y aquella farmacia de Alfonso el Sabio que tenía unos azulejos publicitarios con unos niños que tanto le llamaban la atención y que creía perdidos. Al decirle que con la vuelta de la oficina de farmacia que fuera de Asunción Nicolau a su primitivo lugar, ha sido repuesto aquel mosaico de azulejería, se ha llevado una gran alegría porque es una imagen de su niñez.

- ¿Qué sucedió cuando la guerra terminaba?

- Pues imagínese, mi padre adoptivo ocupaba altos cargos en el comité provincial del Partido Comunista y vio que la única posibilidad de sobrevivir era huyendo. Me llevó con él, aquí quedaban mi madre y mis hermanos pero no quiso dejarme. Fuimos al puerto, allí se amontonaban miles de personas queriendo escapar, entre aquella multitud me perdí y menos mal que me encontré con un hermano suyo y conseguí que me subieran cogida de unas cuerdas a la cubierta del 'Stanbrook' que estaba abarrotada lo mismo que la bodega. No puedo olvidar a aquellas personas acurrucadas en un ambiente de tristeza y miedo al que acompañaba un día gris y lluvioso. Pensando en aquella gente he querido tomar del libro de Francisco Escudero Galante 'Pasajero 2048' el listado completo de todos los que nos acompañaron en aquella odisea y lo he incluido en mi obra.

- El vapor inglés 'Stanbrook' marchó rumbo a Orán y fue el último barco que salió con refugiados del puerto de Alicante.

- Sí, llegamos a Orán pero no nos dejaron desembarcar y nos tuvieron en cuarentena. Aquella espera hacinados resultó horrible. Al final, pudimos pisar tierra. A los hombres los llevaron a un campo de concentración y a las mujeres a una antigua cárcel abandonada. Padecimos muchísimas penurias. Y menos mal que como allí vivía una gran cantidad de españoles, muchos de ellos oriundos de Alicante, nos traían chocolatinas y lecha condensada. Por fin pudimos alojarnos mis padres y yo en una pensión hasta que un barco nos trasladó a Marsella y de allí a la Unión Soviética. Por cierto que a Antonio Guardiola, mi padre de acogida, el partido lo mandó enseguida a misiones políticas en Latinoamérica y acabó casándose con una uruguaya y formando una nueva familia, Su primera mujer acabaría en su Jumilla natal donde murió.





- ¿Cómo fue su experiencia en tierras rusas?

- La verdad es que nos trataban de una manera especial. Empezaron ubicándome en una colonia para niños españoles exiliados en 1937 que había en Jarkov, Ucrania. Después estuve en Stalingrado pero en plena guerra mundial y con Hitler queriendo tomar esta ciudad y librándose una batalla terrible, me enviaron a Ufa. Cuando se expulsó a los nazis en 1944 pude establecerme en Moscú. Yo tenía entonces apenas diecinueve años y hágase idea de qué juventud la mía, huyendo de guerra en guerra.

- Pero a partir de entonces comenzaría una nueva vida.

- Pues sí porque tuve la oportunidad de estudiar Medicina o Técnico de Ferrocarriles pero no me veía como médico y opté por lo otro. Acabé y trabajé un año porque me matriculé en la facultad de Pedagogía y me licencié en Idiomas, concretamente en inglés y español, sabiendo además, lógicamente, el ruso. Pero muy joven aún, en 1948 me casé con un paisano, Ángel Lago, que era perito mecánico y trabajaba en una fábrica de motores de aviación. Tuve en Moscú dos hijos, Francisco y Ángel y no me podía quejar aunque sentía nostalgia de mi tierra. Escribía cartas a la familia que llegaban muy tarde, vía Francia, porque no había correo directo.

- ¿Y cómo fue poder retornar a España?

- Por mediación de la Cruz Roja que se encargó de los trámites. Era el año 1958, tenía a mis niños con cinco y ocho años, quería qiuedarme en Alicante que siempre ha sido mi ilusión. Pero no pudo ser. Estuvimos buscando algún empleo también por Alcoy donde mi madre trabajaba en la famosa fábrica de papel de fumar 'Bambú' pero mi marido sólo encontraba algo en pequeños talleres mecánicos y era una persona muy cualificada. Entonces nos enteramos de que en Avilés se había creado una gran siderurgia, ENSIDESA y para allá marchamos. No le convalidaban sus estudios técnicos pero por su capacitación y al estar acostumbrado a la disciplina soviética, lo cogieron y nos dieron una casa en la colonia de los empleados de la empresa donde empezó trabajando de tornero para llegar más adelante a jefe de taller.

- ¿Usted qué hacía por entonces?

- Yo, de ama de casa. Tuve aquí otro hijo, Avelino, y entonces no eran muchas las mujeres que trabajaban fuera.

- ¿ Le tentó meterse en política?

- Calle, calle. Nosotros éramos unos sospechosos por venir de Rusia, así que nos dedicamos a lo nuestro y punto. Vivimos algo asustados y al margen de la política.

- ¿Viene mucho por Alicante?

- Mire, mi marido murió hace año y medio y un hermano, empresario textil de Alcoy, hace unos meses. Eso te hace cambiar la visión de las cosas. He ido a menudo a ver a toda mi familia que quedó ahí en el 39. Ahora me cuesta pero la echo de menos. Y a lo mejor cojo el tren en Gijón un día y voy para allá. Me encanta pasear por Alicante.

Y lo dice quien tuvo tan amargas experiencias en esta ciudad que han quedado reflejadas en este su libro 'Simplemente una vida' que daría para una película de ausencias y reencuentros, de tristezas y alegrías, de desolación y esperanza, de pérdidas y hallazgos. Lo que fue la supervivencia de los niños de la guerra, hijos del dolor y el sufrimiento.

martes, 16 de septiembre de 2008

Letra de la canción EL ABUELO


No siendo Nieves especialmente una gran amante ni experta en la música en general, si se puede constatar sin embargo que disfrutaba con ella, tenía buen oído, dominaba letras y estribillos, y cantaba canciones de todas sus épocas: desde las más antiguas de Estrellita Castro, las típicas de reunión y chigre, moderna, de autor, clásica, folclore y hasta flamenco. Pero si hubiese que nombrar a dos poetas de la canción que la emocionasen y con los que se estremeciera, y que incluso en algún momento le pudieran provocar alguna amarga lágrima ocasional, esos eran sin duda Alberto Cortez y María Dolores Pradera. Me reservo nombrar a otros de su gusto, porque la distancia de cualquiera respecto a los citados se medía por leguas.
Se preocupaba de anotar las letras de las composiciones, a las que les daba la relevancia suficiente, como para no simplificar una canción a la mera música e interpretación.
Apreciaba cada cosa por separado y lo juzgaba con criterio, pero lo que significaba la letra, significaba su identificación con la rama poética y nostálgica de sí misma, de su cultura, de su sensibilidad... Y le sacaba partido.
La edición de la letra que sigue no deviene del azar sino que ha sido seleccionada como primera, sin duda alguna, por muchas razones. Si a ello añadimos la música y ... Alberto Cortez, pues quienes conocieran a Nieves lo entenderán. 







Alberto Cortez - El abuelo

El abuelo un día
cuando era muy joven
allá en su Galicia,
miró el horizonte
y pensó que otra senda
tal vez existía.
Y al viento del norte
que era un viejo amigo,
le habló de su prisa,
le mostró sus manos
que mansas y fuertes,
estaban vacías,
y el viento le dijo:
Construye tu vida
detrás de los mares,
allende Galicia

Y el abuelo un día
en un viejo barco
se marchó de España.
El abuelo un día,
como tantos otros,
con tanta esperanza.
La imagen querida
de su vieja aldea
y de sus montañas
se llevó grabada
muy dentro del alma,
cuando el viejo barco
lo alejó de España.


El abuelo un día
subió a la carreta
de subir la vida.
Empuñó el arado,
abonó la tierra
y el tiempo corría.
Y luchó sereno
por plantar el árbol
que tanto quería.
Y el abuelo un día
lloró bajo el árbol
que al fin florecía,
lloró de alegría
cuando vio sus manos,
que un poco más viejas
no estaban vacías.

Y el abuelo entonces,
cuando yo era niño,
me hablaba de España,
del viento del norte,
de la vieja aldea
y de sus montañas.
Le gustaba tanto
recordar las cosas
que llevo grabadas
muy dentro del alma,
que a veces callado,
sin decir palabra,
me hablaba de España.


El abuelo un día,
cuando era muy viejo,
allende Galicia
Me tomó la mano
y yo me di cuenta
que ya se moría.
Y entonces me dijo,
con muy pocas fuerzas
y con menos prisa,
prométeme, hijo,
que a la vieja aldea
irás algún día,
y al viento del norte
dirás que su amigo,
a una nueva tierra
le entregó la vida.


Y el abuelo un día
se quedó dormido
sin volver a España.
El abuelo un día,
como tantos otros,
con tanta esperanza.
Y al tiempo al abuelo
lo vi en las aldeas,
lo vi en las montañas,
en cada mañana
y en cada leyenda,
por todas las sendas
que anduve de España.












miércoles, 10 de enero de 2007

Art. de El Mundo: Juan Antonio Rodríguez Ania "El Ruso"



Juan Antonio Rodríguez, 'Ania el Ruso', el niño de la guerra que no quiso serlo


Artículo publicado por El Mundo el 10 de enero de 2007
de ISABEL MUNERA
 
MADRID.- Prefería su apodo 'Ania el Ruso' a su auténtico nombre, Juan Antonio Rodríguez. Pese al transcurso del tiempo, este asturiano nunca pudo olvidar la larga temporada que pasó en Rusia —para él seguía siendo la Unión Soviética— después de que su infancia se quebrara tras el estallido de la Guerra Civil.
Como otros muchos niños de su edad, Ania perdió a su padre en el frente. Su madre también había muerto y un tío se hizo cargo de la familia. La situación comenzaba a empeorar y decidió apartar a los cuatro niños menores de los peligros de la guerra. La madrugada del 23 de septiembre de 1937, los pequeños subieron a bordo del Deriguerina, un carguero francés atracado en el puerto gijonés de El Musel, junto a otros 1.100 niños en una expedición que tenía como destino la Unión Soviética.
Ania tenía tan sólo 10 años cuando llegó a Leningrado, la actual San Petersburgo. En el puerto de esta ciudad rusa les esperaba una gran recibimiento. Mucha gente portaba banderas republicanas y pancartas en las que podía leerse ¡Viva la República!, ¡Viva el heroico pueblo español! Los sinsabores de la travesía y de la despedida en El Musel quedaron mitigados así al sentir el calor del pueblo ruso.
Tras una breve estancia en un hotel de Leningrado, Ania y sus hermanos fueron trasladados a una de las casas que el Gobierno ruso había habilitado para los niños españoles. Se trataba de antiguos palacios de la nobleza reconvertidos para cobijar a estos pequeños exiliados.
En un régimen de internado y cuidados por personal ruso y español, los niños vivieron en estas casas hasta que la Alemania nazi atacó la URSS en el verano de 1941. De nuevo, la guerra se cruzaba en sus caminos y se convertía en su fatal destino.
El Gobierno intentó alejar a los pequeños del frente y conducirlos a lugares más seguros del interior de Rusia, pero hasta que terminó la guerra, sufrieron las mismas penurias que el resto del pueblo ruso. Como otros niños de la guerra, Ania se sintió siempre muy agradecido a las autoridades soviéticas por la educación y el buen trato que recibió durante su estancia en este país.

Se enamoró de otra niña de la guerra

Además, en Rusia conoció a la que se convertiría en su mujer, otra niña de la guerra. Pero tuvieron que esperar a la muerte de Stalin en 1956 para cumplir su sueño: regresar de nuevo a España. Ania, que había salido de Asturias como un niño, con apenas 10 años, regresaba con 19 a una tierra que apenas se parecía a la que un día se vio obligado a abandonar.
Militante comunista, Ania no renunció a su actividad política, a pesar de la persecución a la que el régimen franquista sometía a los miembros del PCE, lo que le condujo a la cárcel durante un año. Como él decía a veces, "en su vida había habido muchas piedras en el camino".
Pese a los numerosos obstáculos a los que se tuvo que enfrentar, su carácter inquieto no le permitía estar mucho tiempo sin hacer nada. Gracias a su insistencia, consiguió el dinero suficiente para levantar en El Musel un monumento conmemorativo de la salida de los niños españoles de este puerto gijonés rumbo a la Unión Soviética.
Pese a su avanzada edad, tampoco dejó de reclamar al Gobierno que cumpliera con su promesa de compensar económicamente a los niños de la guerra. Con una fina ironía, Ania llegó incluso a decir que a ese ritmo serían muchos los que recibirían las pensiones en el cielo.
Su despedida fue tal y como él siempre había deseado. Comenzó con el himno soviético y terminó con sus amigos cantando la Internacional con el puño en alto.
Su adiós no fue el de un niño de la guerra sino sólo el de Ania el ruso, como a él le gustaba que le llamaran, porque "aquella guerra no produjo niños, sólo dejó muertos y dolor a su paso", se lamentaba.
 
Juan Antonio Rodríguez, 'Ania el Ruso', histórico militante comunista, nació en 1928 en Oviedo, ciudad donde falleció el 5 de enero de 2007.




miércoles, 14 de septiembre de 2005

Simplemente mi vida: PRESENTACION DEL LIBRO



El 14 de  diciembre de 2009 se celebró como estaba previsto y programado por D. Celso Díaz López, de la Editorial y Librería Azucel, un acto de presentación de un libro cuya autora: Dña. Nieves Cuesta Suárez, debía intervenir narrando y explicando algunas de las etapas vitales, sus circunstancias de emigraciones, guerras, etc., y como consecuencia momentos dramáticos, vicisitudes y penalidades, sufridas por la escritora a lo largo de su vida.
Tras una introducción y la presentación de la composición de la mesa al numeroso público asistente por el Director de Ediciones Azucel, fueron tomando la palabra la Sra. Alcaldesa de Avilés, Pilar Varela Díaz, el Concejal de Cultura y Deportes D. Román Antonio Álvarez, la historiadora Rebeca Fdez. Alonso y la Presidenta de la Cruz Roja de Avilés y exsenadora Nelly Fernández Arias, quien tras realizar una glosa del libro, relató a su vez también experiencias de vivencias propias y acontecimientos históricos avilesinos relativos a la última contienda bélica.
La Sra.Cuesta se emocionó al tomar la palabra agradeciendo la asistencia a los presentes y deleitando después con historias y reflexiones de sus vivencias.
El acto fue realmente emotivo para todos y sinceramente memorable para algunos de los que nos hallábamos en la sala.




CARTELES  DE  PRESENTACIÓN





Aspecto de la sala

Concurrencia



Celso demanda silencio...


... y hace las presentaciones

Román, Celso, Nieves, Nelly, Pilar y Begoña
Unas palabras del editor

Pilar Varela



Nelly Fernández Arias glosa la presentación

Comprensión, agradecimiento y ánimo desde la autoridad municipal


Alguna lágrima por las palabras de Pilar

Contando alguna anécdota

Firmas y dedicatorias de ejemplares

... a Tino

...a Fernando

Pilar despide a Nieves

Al igual que el público, familia y amigos

martes, 13 de septiembre de 2005

Simplemente mi vida: PORTADA



 



Nos hallamos ante la portada de un libro editado por Azucel, cuyo título: "Simplemente mi vida" es el resumen en tres palabras del relato de parte de una vida azarosa, dura, pletórica por momentos, rica desde el punto de vista familiar, de completa entrega desde el personal, de una mujer viajada -que no viajera-, que luchó por lo suyo y los suyos, que siempre dejó espacio para la educación y la cultura y que en la cúspide de su devenir decidió dejar constancia por escrito de sus vicisitudes. Esa mujer ejemplar responde al nombre de Nieves Cuesta Suárez.
Aprovechando la etiqueta "Nieves" se podrá ir accediendo por fecha consecutiva a cada uno de los sucesivos capítulos del libro que en próximos días iremos poniendo a disposición.
Otros escritos y reflexiones de Nieves irán saliendo a la red en este mismo blog una vez digitalizados.



lunes, 12 de septiembre de 2005

Simplemente mi vida: "PROLOGO"


6 de enero de 2000


Mis hijos y nietos hace mucho saben que yo tenía la intención de contar mi vida, y no porque mi trayectoria haya sido coronada de laureles, merecedora de ninguna notoriedad excepcional, sino por ellos, porque con el tiempo conozcan algo de sus raíces y antepasados, cosa que me gustaría, ahora, saber a mí de los míos y no encuentro lazos de comunicación con ellos.
Para eso, Laura y Fran me han regalado un bloc, para que recuerde y escriba, recapacite y analice, y, sobre todo, comparta con ellos datos de esta, ya bastante dilatada, vida ¡Gracias!
El tiempo pasa. Tengo que escribir, debo escribir porque la memoria me va fallando, las fechas y nombres se me van borrando, los paisajes y vivencias se me van difuminando. Quiero hacerlo y si no me doy prisa, seré incapaz. Quisiera ser justa en mis consideraciones, teniendo en cuenta las influencias externas.
Además, mis nietos me lo piden, me preguntan si ya empecé, pero no….
Después de tantos años vividos, me creo en condiciones de juzgarme a mí misma. Ya tengo 75; son muchos y los puedo sobrellevar, pero el cuerpo lo aprecia y se nota su peso.
Tanto Ángel como  yo tenemos algunos achaques, pero no nos podemos quejar: paseamos, comemos bien, nos cuidamos mutuamente y disfrutamos de la tranquilidad de ver a nuestros hijos y nietos felices y sanos, luchando como hormiguitas por labrarse un camino unos, y peleando por conservar lo que han conseguido a fuerza de sacrificio, otros.
- “¿Cómo se siente uno al cumplir 70 años?” –le preguntaron, en cierta ocasión, a Maurice Chevalier.
-“No demasiado mal; sobre todo si tenemos en cuenta la otra alternativa.” –contestó él.
El tiempo pasa muy rápido. Se nota la culminación de mi itinerario personal. Es consolador ver cómo mi trayectoria vital camina hacia su ocaso, en una sociedad más rica material y espiritualmente, más abierta y esperanzada que la que conocí en mi infancia y adolescencia.
La importancia no está solamente en lo que se ha hecho, sino también en lo que se ha vivido.
Nuestros actos son el pequeño equipaje con el que encararemos el paso del tiempo, la vejez y la muerte. Es ahora cuando puedo mirar al pasado desde cierta altura con mi conocimiento global según mi propia cultura.
Mi vida está marcada por heridas dolorosas al haber sobrevivido a una revolución en Asturias, en octubre de 1934, cuando con 9 años perdí a mi padre. Quedaron, además, otros cinco hermanos más pequeños que yo. Dejé a mi madre, me separé de mis hermanos.
Siguió una Guerra Civil en España (1936-1939) que me sorprendió en Alicante, donde vivía feliz con una familia de acogida.
Tampoco esa dicha duró mucho. La emigración, la separación nuevamente de mis seres queridos…
Una nueva vida en la colonia de niños españoles en la Unión Soviética –Jarcov (Ucrania)-. Allí tuve nuevos hermanos que han sido más entrañables que los míos propios, para toda la vida. Tardaría mucho tiempo en volver a ver a los verdaderos, y a mi madre.
Después, y eso sí fue un milagro, soporté y sobreviví a la II Guerra Mundial (1941-1945). Entonces pasé dificultades: hambre, frío y todo tipo de calamidades.
Nos mezclamos con el pueblo soviético y junto con ellos, aunque siempre gozando de algún privilegio por ser españoles, soportamos los horrores y las privaciones a las que nos sometieron las circunstancias de aquella tragedia y la posterior evacuación hacia los Urales.
Nos salvó la juventud, 1942, 17 años, la fuerza, la energía de los veinte años, la vitalidad, el entusiasmo, el amor y lo que nunca perdimos y siempre tuvimos presente: la esperanza.
Hoy, en la cumbre de la vida, ¡cómo se echan de menos todos esos bienes!
Tras lo mal que lo pasamos en aquellas etapas, vinieron tiempos mejores.
En 1944 regresamos a Moscú gracias a la gestión de nuestros dirigentes españoles para reagruparnos a todos en la capital. Fueron años duros, pero felices. Fin de la guerra, sigo mis estudios formalizando mi relación con Ángel, nos casamos, tenemos dos hijos, recobramos la comunicación con nuestros familiares en España, relación quebrada por la guerra.
Ansias por volver que nunca se apagaron, y que, al fin, se cumplieron. Gestiones de la Cruz Roja ante el gobierno soviético y del General Franco propiciaron nuestro regreso, con mucho miedo ante las nuevas condiciones de vida en España, tan distintas en todos los aspectos, política, económica y familiarmente.
Enero de 1957, dos hijos de 9 y 5 años, un marido joven y dispuesto a trabajar y toda una vida nueva por delante. Dudamos pero, acertadamente, nos decidimos. Ilusiones, muchísimas ilusiones…. y, lo mejor de todo, que al cabo de los años podemos constatar con, infinita alegría, que casi todas se han cumplido. No nos podemos quejar: 3 hijos, 5 nietos; todos sanos, buenos y honrados  ¿qué más se puede pedir?
Tal vez hubiéramos podido encaminar nuestras vidas por senderos diferentes. Tal vez podría haber sido mejor, o peor… Pero las circunstancias condicionan. Crees hacerlo lo mejor que puedes, en determinadas ocasiones y, tal vez, te equivocaste… No sé.
¿Qué juez supremo e inaccesible será el que gobierna nuestro destino?
Uno puede, desde la niñez, con más o menos destreza o acierto, ir labrando su camino, pero la vida desde su comienzo es una cuestión de buena o mala suerte. Hay, quien sin apreciarlo, al nacer, se ve rodeado de bienes materiales, amor y ventajas de todo tipo; y también quien llega al mundo designado para la desgracia, situaciones crueles e infortunios. Nunca se sabe cómo será el porvenir de esa vida, aún intacta.
Son admirables las personas que han logrado imponerse y revelarse contra  lo que parecía su predestinación desgraciada.
Yo no sé si he tenido alguna intuición para esto, pero no me ha ido del todo mal, me parece que he sabido reaccionar a tiempo ante ciertas situaciones y eventualidades y, desde la perspectiva, creo que  con un mínimo de acierto.
Tengo que resaltar la importancia histórica y rica en acontecimientos que me ha tocado vivir, y las circunstancias tan variadas,  políticamente tan opuestas y económicamente tan diferentes que me han rodeado. Si yo hubiera ido anotando lo que sucedía en el mundo y enfocándolo a mi manera, hoy día no estaría de acuerdo ni conmigo misma.
¡Qué desarrollo lento, pero continuo e imparable de mi mentalidad!
Me doy cuenta, ahora, que era fácilmente influenciada por familiares, sobre todo por Guardiola (mi padre adoptivo, que fue un verdadero padre, mientras lo tuve), un comunista apasionado por sus convicciones, luchador fiel a sus ideas hasta la muerte. Me quiso mucho. Nunca fue, eso sí, un marido ejemplar ni para Estefanía, su primera esposa, ni para su segunda esposa, Milka.
La ideología que más me marcó, en aquél entonces, fue la de todo el pueblo soviético. Tanto nos integramos con los rusos que, para nosotros, no había otro país, otro gobierno, otros jefes, otros partidos que fueran mejores que aquellos. Eran los mejores en todo: en industria, riquezas naturales, los más valientes y patriotas; y Stalin nuestro dios, nuestro padre, nuestro maestro… Así tenía yo, cómo se dice ahora, “el coco comido”. Pero, la verdad, todo lo que me inculcaron, me lo tragué. Sólo el paso del tiempo me ha hecho ir cambiando y colocando las cosas en su justa perspectiva; me he vuelto más realista, conservo las convicciones básicas con las que me educaron y desecho las que, considero, resultaron falsas y erróneas al cabo de los años.
En 1947 uní mi vida a la de Ángel, y ya nunca más he caminado sola.
Hemos pasado por momentos duros y caminos escabrosos. Nos costó, al principio, adaptarnos el uno al otro, por nuestra falta de preparación y experiencia; pero los dos éramos formales y capacitados y, aunque con caracteres muy diferentes, supimos sobrellevar los altibajos, reflexionar al tomar decisiones importantes, y aunque alguna vez nos equivocáramos, lo hicimos con la mejor de las intenciones para salvaguardar nuestra familia y, sobre todo, lo que más queremos en esta vida: nuestros hijos.
Siempre he deseado tener una hija, y no pudo ser, pero desde que se casaron ellos, nunca más lo he lamentado. He tenido a mis nueras, hijas verdaderas de las que disfruto más, incluso, que muchas madres que las parieron.
Voy a dividir mis años vividos, en épocas, según la edad, las circunstancias históricas y las localidades donde he habitado:

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                              
1 ABLAÑA (LA PEREDA) – 1925-1935. 5
2ALICANTE – 1935-1939 (marzo).15
3JARCOV (UCRANIA) – 1939-1941.31
4 DANILOVKA (STALINGRADO-S) – 1941-194243
5MELEUS (pueblo de Ufa, capital de BASHKIRIA) -  1942-194345
6UFA (cerca de los Urales) – 1943-1944.50
7 RETORNO A MOSCÚ 1944.62
8MOSCÚ – 1945-194863
9PUES ME SALVE, NO ERA MI HORA -- 194974
10EL INSTITUTO DE IDIOMAS -- 1950. 77
11MIS PRIMERAS VACACIONES -- 1951.80
12MI SEGUNDO HIJO -- 1952.82
13LA GRADUACIÓN -- 195589
14NUEVO APARTAMENTO -- 195691
15ESTEFANÍA Y CEREZO93
16NUESTRA FAMILIA ESPAÑOLA97
17PRIMERAS RELACIONES URSS-ESPAÑA.99
18PREPARANDO EL RETORNO103
19EL VIAJE -- 1957106
20EL ENCUENTRO – 23 de enero de 1957.110
21ASTURIAS – Febrero de 1957.113
22ENSIDESA.116
23CONCLUYENDO119
  
(Las páginas correspondientes al inicio de cada capítulo se refieren naturalmente a las del libro impreso)