domingo, 9 de mayo de 2010

Artículo de Pilar Bonet en EL PAIS


El País / Pilar Bonet      9 MAY 2010

Los últimos 'niños de la guerra'
En Rusia y Ucrania quedan 171 supervivientes de los niños españoles que llegaron en 1937 para salvarse de la Guerra Civil. De los adultos que combatieron a Hitler ya no queda nadie con vida
Rusia celebra hoy el 65º aniversario de la victoria en la "Gran Guerra Patria", como se denomina aquí la II Guerra Mundial. En la Plaza Roja estarán veteranos extranjeros que lucharon contra Hitler, pero habrá un vacío, el de los españoles que combatieron bajo la bandera de la URSS como aviadores, soldados, partisanos y guerrilleros. El último residente en Rusia de ese grupo curtido y condecorado, Ángel Grandal-Corral, de 83 años, falleció el 25 de marzo en Podolsk, cerca de Moscú. Aquel recio marino de Baracaldo, que patrullaba Gibraltar en el destructor Churruca, estuvo en los servicios de seguridad soviéticos y operó en un destacamento especial en la retaguardia alemana. "Ángel siempre fue un razvedchik (agente) y no relataba sus gestas", afirman conocidos del lacónico vasco al que atribuyen legendarios sabotajes y voladuras.
En diciembre murió en Madrid José María Bravo, que se formó como piloto en la URSS y fue uno de los aviadores que acompañó a Stalin a la conferencia de Teherán. Nacido en 1917, poseía la medalla del Valor, la orden de la Guerra Patria y de la Estrella Roja. Lideró la asociación "Veterani", que fomentó los vínculos económicos entre España y los países postsoviéticos.
Varios "niños de la guerra" (en Rusia y en Ucrania) compartieron sus recuerdos con EL PAÍS en vísperas del aniversario. Llegaron en barco a Leningrado en 1937, los alojaron en "casas de niños" y en su memoria se amalgaman dos guerras: un paisaje de bombas incendiarias, hambre insaciable, huidas eternas en barco y en tren y hermanos o compañeros que fueron víctimas del tifus, la tuberculosis y el hambre o que simplemente desaparecieron al soltarse de la mano.
Mercedes Coto, de 85 años, es una blokadniza (veterana del bloqueo) de Leningrado (septiembre, 1941-enero, 1944). Ella y Joaquina, de 81, recuerdan a Manolo, el hermano recién fallecido. Procedían de un pueblo de Asturias. En la URSS las separaron. Mercedes vivió en una casa de niños de Leningrado y ayudaba a operar a los heridos del frente en un hospital. Recuerda los cadáveres amontonados sobre el río Neva helado y el hambre que mató al compañero Salvador Puente. En 1943, aprovechando la ruptura del cerco, la mandaron al Cáucaso, donde el ejército alemán capturó a un grupo de niños (repatriados con posterioridad a España desde Alemania). Por las montañas llegó hasta Sujumi, en el mar Negro, y allí los soviéticos la encarcelaron por indocumentada. La liberaron después de que los niños capturados por las tropas hitlerianas en el Cáucaso contaran su odisea en una emisora alemana. Desde Tbilisi, en barco por el Caspio y como polizón de trenes por la estepa asiática, llegó a Samarcanda. En Miass, en los Urales, bailó jotas para el Fondo de Defensa de la URSS.
"Tras de ti marcharemos, Stalin, por la línea que Lenin trazó...". Las hermanas Coto entonan la estrofa inicial de la canción compuesta por los niños Julio García y Ángel Madera. Stalin premió su creatividad con un reloj. "La cantaban en todas las casas de niños españoles de la URSS", afirma Joaquina. Madera pereció en el frente de Leningrado.
En su huida, Mercedes encontró generosidad: la tía Masha, que la salvó de morir de diarrea en Samarcanda. Y frío cálculo: la aldeana del Cáucaso que le pidió la bata por un plato de sopa. Tras la guerra, Mercedes trabajó en una fábrica de Moscú. Por su condición de blokadniza, reconocida recientemente, recibe una pensión rusa de 25.000 rublos (equivalente a 650 euros), complementada con otra española. Joaquina enseñó francés en un pueblo montañoso de Daguestán, donde se desplazaba en burro, y después trabajó en Radio Moscú.
El destino dispersó a los niños. Les enviaron a lugares de donde Stalin había expulsado a otras comunidades por temor a que apoyaran al enemigo. Así, llegaron a la antigua República de los Alemanes del Volga, de donde fueron deportadas 367.000 personas, y a Crimea, de donde en 1944 fueron expulsados los tártaros. Francisco Mansilla, el director del Centro Español de Moscú, recuerda su estancia en Bassel, donde se alimentaban de los comestibles dejados por los alemanes, incluido el "sabroso aceite de hígado de bacalao" que el director de la casa de niños le requisó.
En Izium-2, en las cercanías de Járkov (Ucrania), vive Tomasa Rodríguez, 81 años, que de niña pasó "frío, hambre y miseria" en la aldea alemana de Kukkus. Tomasa es la última española de Izium-2, donde vivieron unos 40 niños de la guerra empleados en la fábrica de óptica local. Tiene tres hijos, uno de ellos trabajando en Barcelona. "Si no fuera por España, estaría en la ruina", afirma esta mujer que cobra una pensión española de 1.700 euros cada tres meses y otra pensión de Kiev de 950 grivnias (unos 120 euros).
La vasca Josefina Iturrarán, de 87 años, cuenta que, al estallar la guerra, desaparecieron los educadores de su casa de niños de Odessa. Josefina reprocha a los dirigentes del Partido Comunista de España el "habernos dejado solos y haberse olvidado de nosotros". Fue evacuada por Siberia y Asia Central en un vagón sin cristales. El trayecto, de 38 días, concluyó en Samarcanda, donde "se acababa la vía".
A Antonio Herranz, de 83 años, de Baracaldo, lo enviaron a Eupatoria, en Crimea, y de allí hacia Stalingrado bajo las bombas alemanas, y por el Volga, hasta Engels y Orlovskoye, donde aprendió a ordeñar vacas y sembrar la tierra. Recuerda Herranz el tocadiscos de Afanasi Kisiliov que, de profesor en la embajada soviética en París, se convirtió en director de una casa de niños y organizador del trabajo agrícola en las haciendas abandonadas por los alemanes en Orlovskoye. Los adolescentes fueron enviados a las fábricas y Herranz fue tornero en Marx-Stadt, cerca de Sarátov. A los 14 años fabricaba armas y comía una vez al día. En el Centro Español de Moscú se guarda la memoria de vidas -breves y largas- golpeadas por dos guerras. También la de los miembros de la División Azul que se pasaron al Ejército Rojo y tras internamientos a veces muy largos se integraron en la URSS, en gran parte en Tbilisi.
  
Clase de gimnasia en la Casa de Niños de Pirogvskaya, en Moscú en 1938.
Las efigies de Lenin y Stalin presidían los centros oficiales.
 
De la contienda española a la URSS
Unos ochocientos españoles lucharon por la URSS en la Segunda Guerra Mundial. Según datos del Centro Español en Moscú, 151 cayeron en combate y 15 desaparecieron en el frente. Si se suman las víctimas de las secuelas bélicas, hubo 420 muertos.
A raíz de la Guerra Civil (1936-1939) llegaron a la URSS 4.299 españoles: 891 emigrantes políticos, 157 alumnos pilotos, 67 marineros, 122 acompañantes, 2.895 niños en expediciones y otros 87 con sus padres, además de 27 capturados por el Ejército Rojo en Europa, y 51 procedentes de la División Azul. El historiador Andréi Elpátevski estima que 6.402 españoles (más de 3.000 niños) emigraron a la URSS desde los años veinte a los cuarenta. De ellos, 278 civiles fueron considerados sospechosos, incluidos los apresados en Europa. Además hubo entre 452 y 484 prisioneros de guerra, en su mayoría de la División Azul. Por delitos varios fueron condenados 250 españoles, entre ellos, 69 prisioneros de guerra e internados y 155 educadores castigados sobre todo por hurtos, subraya Elpátevski. Detrás de los robos, el hambre.
Un centenar de ex combatientes españoles vivían en 1985 en la URSS; un cuarto de siglo después, todos han muerto. A principios de mayo, en Rusia y en Ucrania quedan 152 y 19 "niños de la guerra", respectivamente. Felipe Álvarez, el último ex combatiente español residente en Ucrania, falleció en 2008


miércoles, 28 de abril de 2010

Artículo en LNE: Nieves Cuesta, Juan Jesús Glez. y Julián Campo

 
 
 
 

Miércoles, 28 de abril de 2010
Alfonso LÓPEZ ALFONSO
Vidas truncadas
La huella de la contienda civil en las memorias de la mierense Nieves Cuesta Suárez, «niña de la guerra»; del exiliado Juan Jesús González y del maestro de Ceares Julián Campo Zurita
 

James Agee, que recorrió junto al fotógrafo Walker Evans el Estado de Alabama para retratar a varias familias de aparceros durante el verano de 1936, se dio cuenta de que en ocasiones sobra el arte porque se impone la vida. Percibió que cuando lo que tenemos delante es significativo de algo, muy bien puede representarse a sí mismo sin añadidos, y por eso al hablar de uno de los protagonistas de «Elogiemos ahora a hombres famosos» deja patente los aprietos en que se ve el artista cuando el objeto a sublimar es capaz de eclipsar con su realidad -con su autenticidad, si se quiere- todo intento de elevación: «George Gudger es un ser humano, un hombre que se parece más a sí mismo que a ningún otro ser humano. Podría inventar incidentes, apariencias, adiciones a su carácter, procedencia, entorno, futuro, capaces de apuntar, indicar y subrayar cosas importantes de él que de hecho estoy seguro de que son ciertas, y significativas, y que el George Gudger sin cambios ni condecoraciones no indicaría, ni siquiera sugeriría. El resultado, si tuviera suerte, podría ser una obra de arte. Pero en cierto modo, un hecho mucho más importante, digno y cierto sobre él que yo no podría inventar aunque fuera un artista ilimitadamente mejor de lo que soy, es el hecho de que sea con exactitud, hasta el último centímetro e instante, quién, qué, dónde, cuándo y por qué es».

Tengo sobre la mesa tres libros de memorias que confirman la apreciación de James Agee. Los protagonistas de estas historias tienen en común, además, el hecho de que el 18 de julio de 1936 les partió la vida en dos. Cogiendo el subtítulo del libro «Hijas de la ira», que Juana Salabert publicó hace unos años con testimonios de mujeres, podemos decir que las de Nieves Cuesta Suárez, Juan Jesús González Ruiz y Julián Campo Zurita fueron vidas rotas por la Guerra Civil.

«Simplemente mi vida» (Azuzel, 2009), titula Nieves Cuesta Suárez sus memorias, que tienen ese tono familiar, cercano, como si lo que aquí se dice estuviera contado en la cocina, en animada charla de sobremesa. Por cómo acercan el testimonio de la Revolución del 34 y de la Guerra Civil recuerdan estas memorias a otras editadas también recientemente, las de Ángeles Flórez Peón Maricuela (Fundación José Barreiro, 2009), con la diferencia de que durante la guerra Maricuela -llamada así por el papel que representó en una obra de teatro- era ya una moza en el Carbayín (Siero) y Nieves Cuesta era una niña, una de esas niñas de la guerra que partieron hacia la Unión Soviética.
 


 
NIEVES CUESTA


Nacida en La Pereda (Mieres) en 1925, Nieves se queda huérfana de padre a los nueve años, precisamente en octubre del 34: «Tal vez hacia el noveno día de revolución, en esta encarnizada lucha, cayó mi padre, José Cuesta Blanco, como otros tantos, muchos jóvenes rebeldes, que soñaron con poder derribar la tiranía que los explotaba. Sus ideales eran sanos, su causa era justa, pero las dificultades resultaron insuperables». Este hecho la llevará a separarse de su madre y partir hacia Alicante, donde será acogida por una familia. Disfruta aquí de los encantos de la vida acomodada, pero será por poco tiempo, pues al final de la guerra la filiación comunista de su padrastro hará forzosa la huida. Embarca en Alicante, en el «Stanbrook»; Orán, Marsella, Le Havre, Leningrado, y al final del viaje Jarcov (Ucrania). Por distintos lugares de la Unión Soviética peregrinará su hambre durante los años de la II Guerra Mundial para terminar en Moscú. En la Unión Soviética, dentro del entorno de españoles residentes allí, conoce a Ángel Lago, se casa y tiene dos hijos. Volverá a España en 1957 para reencontrarse con la familia. Su marido se pone a trabajar en Ensidesa y poco después nacerá el tercer hijo del matrimonio. Ésta es, a grandes rasgos, la historia de Nieves, que ella escribe con intención de que sus nietos entiendan el mundo del que vienen.

 
González Ruiz dejó Francia y pasó a España para luchar contra Franco


«Huyendo del fascismo» (Foca, 2009) es una especie de manuscrito encontrado por Julián Olivares -profesor de la Universidad de Houston encargado de la edición- en el que Juan Jesús González Ruiz relata 21 negros días que ocupan el desmoronamiento del frente de Cataluña, las dificultades para cruzar la frontera francesa y la decepción de encontrarse al otro lado rodeado de alambradas en el campo de concentración de Argelès-sur-Mer. Lo curioso de este manuscrito es que, además de permanecer inédito hasta ahora, Olivares tuvo la oportunidad de entrevistar personalmente a González Ruiz en su casa de Caracas en los años 2004, 2006 y 2007, y estas entrevistas forman parte del libro, junto al facsímil del cuaderno de González Ruiz, su transcripción y un apartado de útiles glosas y notas. Como señala Olivares, hay algo que distingue este caso del resto de testigos del final de la contienda y la riada del exilio, y es que Juan Jesús González Ruiz no vivía en España cuando estalló la Guerra Civil, sino en Francia, desde donde pasó como guía de algunos refugiados vascos llegados a Burdeos después de la caída de San Sebastián e Irún.

Nacido en 1918 en Castejón del Ebro (Navarra), es el menor de cuatro hermanos y al igual que Nieves Cuesta quedará muy niño huérfano de padre. La familia emigra en 1928 a Burdeos, quedando Juan con una tía suya en Aguilar del Río Alhama (La Rioja). Seis meses después fallece la madre. En 1931 sus hermanos consiguen trasladar al resto de la familia a Burdeos. Allí Juan se interesará por el dibujo y allí se encuentra cuando estalla la Guerra Civil. Con el idealismo y el entusiasmo propios de la juventud, decide pasar la frontera para luchar contra Franco. Lo que escribió en Burdeos entre febrero y abril de 1939 fue el itinerario que siguió desde que la noche del 23 de enero planifica la salida de Barcelona hasta que el 14 de febrero a las 10 de la mañana abandona el campo de concentración de Argelès-sur-Mer: Mataró, Gerona, Figueras, La Junquera, Le Perthus. En la frontera, custodiada por senegaleses, ve a madres que pierden la razón y son separadas de sus hijos, otras que lloran con el cadáver de un bebé entre los brazos, hambre, miseria, desesperación, suicidios. Una vez pasada la frontera las cosas no mejoraron demasiado. No les dejan descansar hasta alcanzar el campo de concentración y cuando llegan hay que dormir enterrados en la arena: «Cada día que pasaba, se multiplicaban los muertos». Las entrevistas de Olivares a González Ruiz, más allá de algún despiste puntual como olvidar la infancia sevillana de Antonio Machado y decir que es de Soria, tienen tanto o más interés que el propio documento escrito por éste. La historia de vida que consigue Olivares con estas entrevistas convierte a González Ruiz en testigo privilegiado del devenir mundial entre los años treinta y la actualidad. Después de la guerra de España vino la Segunda Guerra Mundial y el protagonista de estas memorias trabajó en el consulado de Venezuela en Burdeos; más tarde, ocultando su pasado republicano, consiguió empleo como contable para los alemanes, que en ese momento construían una base submarina en Burdeos. Sin embargo, al final de la guerra trabajará para los americanos, primero en Marsella y luego en la reconstrucción de Alemania. Durante estas labores conoce a Margarita, que se convertirá en su mujer. La pareja, harta de guerras, acaba emigrando a Venezuela, donde González Ruiz ve oportunidad de hacer negocios.

«Los avatares de una vida» es el título que Julián Campo Zurita le puso a sus memorias, editadas por el Muséu del Pueblu d'Asturies. Son memorias con todas las de la ley, porque rara vez se consigue contextualizar la vida del individuo en la marcha colectiva de la historia como lo hace aquí quien fue maestro de Primera Enseñanza desde los trece años. Editado con profesionalidad por Leonardo Borque y Jesús Suárez López, con un prólogo pertinente y unos útiles apéndices que incluyen documentación del consejo de guerra al que se enfrentó el maestro, el expediente de depuración que se inicia contra él en 1937 y del que no se ve libre hasta 1961, cuando tenía 71 años y ya no podía ejercer su profesión, y algunos artículos periodísticos suyos en los que el lector puede entretenerse como extra, «Los avatares de una vida» no deja indiferente. Pasma, en primer lugar, la precisa memoria de quien conocía muy bien el mundo que le rodeaba y es capaz de insertar con milimétrica precisión su vida en el runrún general de su tiempo -únicamente un par de veces tiene algún desliz mínimo que los editores aclaran en nota.


JULIAN CAMPO


Nacido en Madrid en 1891, Julián Campo Zurita era hijo de un tipógrafo que se casa con la hija de su patrona asturiana. Poco después el retoño recalará en la aldea de Priero (Salas) con su abuela y a ellos se unirán los padres con la ristra de los hijos que van llegando. El tipógrafo se reconvierte en maestro y el hijo mayor seguirá sus pasos. Será primero maestro interino por diversos pueblos de Salas hasta que en 1909 obtiene plaza en Igueste (Tenerife), donde permanece cerca de un año. Vuelto a Asturias tendrá que hacerse cargo de una parte de su larga familia y sigue rotando por algunas escuelas de Belmonte de Miranda y Pravia, hasta que en 1921 se casa y poco después se traslada con su mujer, Natividad, y los dos mellizos que le han nacido a Trevías. Allí permanecerá durante la dictadura de Miguel Primo de Rivera, y allí recibirá con entusiasmo la II República, allí está cuando tiene lugar el Octubre del 34. Su siguiente destino será en 1935 como maestro de la escuela de la carretera de Ceares en Gijón. Allí lo coge la guerra y allí lo cogerán también las represalias que se tomarán contra él una vez que en octubre de 1937 las tropas de Franco toman la ciudad. Ingresado en el penal de Celanova (Orense), le piden la pena de muerte, que le conmutan por 30 años primero y doce después. El delito, haber pertenecido al sindicato ATEA, en el que se agrupaba personal de la enseñanza. Como él mismo nos dice: «Nunca tuve ocasión de leer nada de Marx, pero al parecer cuanto yo enseñaba a mis discípulos era marxismo químicamente puro».

En la prisión gallega coincidirá, entre otros, con un joven José Benito Álvarez-Buylla. Vuelto por fin a casa a mediados de los años cuarenta, no podrá reintegrarse a su puesto y sobrevivirá dando clases particulares en la academia Inmaculada y en su domicilio. Junto a su mujer se esforzará por sacar adelante a sus tres hijos (Julián, Félix y Luis) y cuando todo parece mejorar, después de conseguir en 1967 la pensión que se merece, se queda viudo. «¿Qué son algunos años más de vida, cuando uno es rico en tantas pérdidas?», debió preguntarse Julián, un poco a la manera de Pierre Michon en «Vidas minúsculas». Y para que no todo se perdiera, antes de morir en 1978, se sentó a escribir estas páginas exactas, capaces no ya de dar idea de una vida, una sociedad, un mundo, sino de reflejar todo eso con una precisión anglosajona, algo, a decir verdad, bien poco usado entre nosotros.

 

martes, 15 de diciembre de 2009

Artículo en LNE: Nieves Cuesta


 CUANDO NIEVES CUESTA ENCONTRÓ LA LIBERTAD
  
Lunes, 14 de diciembre de 2009
 


Por  MIKI LÓPEZ
Nieves Cuesta, niña de la guerra que recaló en Avilés un año después de la puesta en funcionamiento de Ensidesa tras casi 20 años de exilio en la Unión Soviética, es la primera protagonista de la serie «Avilesinos con historia». Con esta sección que hoy se estrena, LA NUEVA ESPAÑA de Avilés repasará semanalmente la vida de aquellos avilesinos, tanto de cuna como de adopción, que han colaborado a construir, con su esfuerzo y su talento, la ciudad.

Cuando Nieves Cuesta, junto a su marido Ángel Lago, llegó a Avilés en 1957 encontró la libertad, a pesar de llegar a una tierra que se encontraba bajo el yugo de un régimen dictatorial. Sin embargo, Avilés era otra cosa. Justo un año antes, Ensidesa había comenzado a operar y la ciudad, hasta 1956 una villa marinera, se había convertido en el máximo exponente del desarrollo industrial español. Nieves Cuesta había nacido en Mieres en 1926. Su marido, Ángel Lago, había visto la luz a escasos kilómetros, en Moreda. Sin embargo, ambos se conocieron en Moscú. Sus familias, de marcada tradición comunista, huyeron hacia la Unión Soviética tras el triunfo de los franquistas en la Guerra Civil. Tras veinte años en el exilio, tocaba volver a casa.

Lago, perito de profesión, probó suerte en Alicante, la ciudad adoptiva de su esposa, pero no encontró nada convincente. Desde Asturias les llegaron noticias del florecimiento de Ensidesa. Una carta de recomendación del gobernador provincial de la época le sirvió a Ángel Lago y su familia para incorporarse a la empresa siderúrgica. Lago comenzó como ajustador, pero ascendió rápidamente a maestro industrial. «Un currante», como lo califica su viuda.

Nieves Cuesta había llegado a Avilés con el miedo metido en el cuerpo. En la Unión Soviética, la maquinaria propagandística se encargaba de diseminar entre la población que en la España franquista se vivía en la más estricta pobreza. «Nos decían que la gente iba descalza por la calle», recuerda Nieves Cuesta. El temor del matrimonio se acrecentó con los férreos controles a los que hubieron de someterse para entrar en España. Maratonianos interrogatorios en los que se comprobaba que los repatriados no constituían un riesgo ideológico para el régimen. «A mi no me dieron mucho la lata, pero a mi marido, que había trabajado en una fábrica de motores de aviación, pues imagínese lo que fue aquello», rememora la vecina de Llaranes.

El temor era grande, pero las ansias de regresar a España, aún mayores. Los riesgos merecían la pena. Sin embargo, la incertidumbre desapareció una vez pisaron suelo avilesino. Ellos, nacidos en Asturias, eran en realidad emigrantes como el resto de sus 20.000 nuevos vecinos, llegados de todos los puntos geográficos de España, al igual que Nieves Cuesta y Ángel Lago buscando un nueva vida, un inicio desde cero. El poblado de Llaranes, en 1957, era un hormiguero de gentes, un ir y venir constante en busca de una realidad desconocida, una esperanza intuida. «No teníamos más que lo puesto y, al llegar, nos metieron en una casa que compartíamos con otras familias que tampoco tenían nada. Con el tiempo ya nos ubicaron en una casa propia, en la calle Monte Aramo», recuerda Nieves Cuesta.

El matrimonio comenzó entonces a paladear las mieles de aquella Arcadia que constituía Llaranes dentro del gris panorama español. Ensidesa y su maquinaria colosal salvaguardaba la moral de sus trabajadores a costa de envolver en celofán la realidad cotidiana. «Ensidesa se ocupaba de todo: teníamos un economato, nos daban plaza gratis en el colegio, sólo nos cobraban 50 pesetas de renta, nos proporcionaban carbón sin cobrar un duro. Por hacer, hasta nos cambiaban las bombillas si se nos fundían. Venía un técnico a casa y ¡hala! Era un progreso», destaca Cuesta.

Un término, progreso, que Nieves Cuesta y su familia habían tardado en conocer 32 años, edad con la que volvieron a España. La empresa siderúrgica había instalado un tranvía que comunicaba Llaranes con el centro de Avilés. Los habitantes del barrio adquirieron, de este modo, un sentimiento de identidad propia. «Todos habíamos llegado de fuera y luchábamos por labrarnos un futuro. Convertimos el poblado en nuestro hogar a base de colaborar entre nosotros, de ayudarnos mutuamente. Era un ejemplo de amistad. Venir a Llaranes fue la mejor elección de nuestras vidas. Nunca nos arrepentimos», comenta Nieves Cuesta.

Con un empleo en Ensidesa y las esporádicas clases particulares de idiomas que impartía Nieves, la familia Lago Cuesta comenzó a disipar de su memoria los oscuros episodios en los que sus vidas se habían dividido hasta ese momento. Una historia que tiene su génesis en 1934, con la Revolución de octubre. Nieves vive con su familia en el pueblo mierense de Ablaña. El padre, José Cuesta, es minero y comunista. Apoya la rebelión y acompaña a sus compañeros al frente. Cuatro días más tarde, un tren llega a la estación de Mieres. Nieves y sus cinco hermanos, que se habían trasladado a la Pereda, reciben la noticia de que en el convoy viaja su padre. La información es certera.

José Cuesta descendió del vagón, le dio un beso a cada uno de sus hijos, entregó 75 pesetas a Nieves, la mayor, y se fue. Los suyos no volvieron a verlo.

Huérfanos de padre, Nieves Cuesta y sus hermanos fueron recogidos por el Socorrro Rojo Internacional y dados en adopción a varias familias alicantinas. A Nieves le tocó en suerte los Guardiola. El padre de familia, Antonio, agricultor, es secretario general del Partido Comunista de Alicante cuando estalla la Guerra Civil. Antonio Guardiola ejerce labores de despacho. No guerrea en el frente. Alicante es el último reducto republicano, por lo que las acometidas franquistas se recrudecen. Nieves crece con la angustia de los bombardeos. Alicante cae y la vida de los Guardiola se desmorona. Antonio se ve entre la espada o la pared. «Era el exilio o el paredón», señala Nieves. Optan por el exilio a la Unión Soviética.

Lo que parecía el inicio de un viaje hacia la libertad fue, en realidad, lo más parecido al infierno. El mítico barco «Stanbrook», en el que miles de republicanos huyeron de España, recaló en Alicante. Miles de personas esperaban en el puerto. Era una trampa. En el interior no había sitio para todos. Sólo aquéllos con cargos políticos, como era el caso de Antonio Guardiola, pudieron embarcar. El resto se quedó en tierra. Muchos, ante el abismo que se abría ante sus pies, optaron por suicidarse allí mismo. Nieves escapó de aquella escena dantesca por los pelos: tuvieron que izarla con una cuerda e introducirla en el barco por una escotilla para arrancarla de la muchedumbre que intentaba abordar la nave.

El «Stanbrook» llega a Stalingrado (hoy San Petersburgo) en junio de 1939. El recibimiento del pueblo soviético es entusiasta. A Nieves y su familia adoptiva los trasladan a Harkov, en la actualidad territorio ucraniano. Tras unos meses, se asientan definitivamente en Moscú. Nieves aprende idiomas y vive protegida por las autoridades soviéticas. «A los republicanos españoles, los rusos nos trataban muy bien. Teníamos muchos privilegios», recuerda Cuesta.

Los españoles exiliados hace piña, se asocian, intercambian experiencias. En un baile, Nieves conoce a Ángel. Con el tiempo deciden casarse. El nacimiento en Moscú de su primogénito, Francisco, aviva las ansias de volver a España. La lejanía distorsiona la realidad. «Creíamos que Franco iba a caer, sobre todo después de que los fascistas pedieran la Guerra Mundial. Estábamos convencidos y por eso queríamos volver», confiesa Cuesta. Si a la pareja le quedaba alguna duda, la muerte de Stalin las disipa. «Era nuestro maestro», señala la avilesina de adopción.

Parten de la Unión Soviética en pleno invierno. Atrás quedan mil papeleos y la colaboración de la Cruz Roja. Llegan a España en los albores de la primavera de 1957.

Nieves Cuesta y Ángel Lago son un ejemplo de integración. Ninguno de los dos nació en Avilés, pero ambos se comportaron como avilesinos de pro. Inculcaron a sus hijos el amor por la villa. De hecho, el primogénito, Francisco, llegó a ser concejal de Hacienda con el PSOE entre 1991 y 1995. «A Avilés no lo cambiamos por nada. En ella nos sentimos libres», señala Nieves Cuesta que, a sus 84 años, ve el futuro con cierto optimismo, aunque el Niemeyer no le termina de convencer. «No sé con qué lo van a ocupar. Está claro que dará prestigio a la ciudad, pero del prestigio no se come», afirma.

lunes, 14 de diciembre de 2009

Artículo en LA VERDAD: Vida de Nieves Cuesta








 13-12-2009
Joaquín Santos Mata


Nieves Cuesta. Pasajera del 'Stanbrook'


«Nunca olvidaré a aquellas personas acurrucadas en un ambiente de tristeza y miedo al que acompañaba un día gris y lluvioso»
MEMORIAS DE UNA NIÑA DE TRES GUERRAS

Nieves Cuesta acaba de escribir su libro de memorias 'Simplemente mi vida', que ve la luz publicado en Gijón por Ediciones Azucel dentro de la colección titulada 'Recuperación de la Memoria Histórica', integrada de momento por seis títulos más.

Desde su residencia en la localidad asturiana de Avilés nos abre en exclusiva ese corazón curtido para darnos el ejemplo de cuan ruines son los enfrentamientos bélicos que dejan un reguero de víctimas, mayoritariamente anónimas pero en cualquier caso siempre inocentes.

- ¿Cómo fue el recalar usted en Alicante?

- Yo era la mayor de seis hermanos y tenía sólo nueve años cuando estalló en Asturias la revolución de octubre de 1934 donde mi padre, que era minero, fue una de las muchas víctimas mortales de la represión. Como mi madre no podía hacerse cargo de todos sus hijos, a través del Socorro Rojo nos repartió a cuatro hermanos; las dos chicas llegamos a Alicante y los chicos a Alcoy. Al menos tuvimos la suerte de estar todos cerca.

- ¿Quién la acogió?

- El matrimonio formado por Antonio Guardiola y Estefanía Requena, ésta oriunda de Jumilla. No tenían hijos y él era un alto cargo comunista, regentaba la Bodega Alicantina, vivíamos al comienzo de la calle Pablo Iglesias, en el número dos, al lado de la avenida de Alfonso el Sabio. Y mi hermana marchó con otra familia al barrio de las Carolinas. Ellos fueron unos auténticos padres para mí.

- ¿Qué recuerdos guarda del Alicante de entonces?

- Yo no conocía el mar, venía de Ablaña en la montaña mierense y Alicante, con su luz y su sol, me pareció preciosa. Me llamaban cariñosamente la asturianita y al principio los recuerdos fueron agradables. Fui a una escuela que estaba en el barrio de San Blas, viví de cerca las Hogueras de San Juan donde recuerdo que me hacían bailar y acudía en verano con mis padres de acogida a los balnearios de la playa del Postiguet donde alquilaban una especie de cabina que tenía una escalera por donde bajábamos directamente al mar. Luego me matriculé en el Liceo Francés pero enseguida vino la guerra y entonces mis recuerdos son de las sirenas que anunciaban los bombardeos, de las huidas calle arriba para escondernos en el refugio del castillo de San Fernando, donde llegamos a pasar noches enteras. Vi muchas casas destruidas pero menos mal que ningún cadáver. Lo único bueno fue que mi madre había venido a Alicante a vernos y al estallar la guerra ya se tuvo que quedar allí.

Le vienen a la memoria algunos comercios de los alrededores de su casa que frecuentaba como la mercería El Porvenir, que aún existe, y aquella farmacia de Alfonso el Sabio que tenía unos azulejos publicitarios con unos niños que tanto le llamaban la atención y que creía perdidos. Al decirle que con la vuelta de la oficina de farmacia que fuera de Asunción Nicolau a su primitivo lugar, ha sido repuesto aquel mosaico de azulejería, se ha llevado una gran alegría porque es una imagen de su niñez.

- ¿Qué sucedió cuando la guerra terminaba?

- Pues imagínese, mi padre adoptivo ocupaba altos cargos en el comité provincial del Partido Comunista y vio que la única posibilidad de sobrevivir era huyendo. Me llevó con él, aquí quedaban mi madre y mis hermanos pero no quiso dejarme. Fuimos al puerto, allí se amontonaban miles de personas queriendo escapar, entre aquella multitud me perdí y menos mal que me encontré con un hermano suyo y conseguí que me subieran cogida de unas cuerdas a la cubierta del 'Stanbrook' que estaba abarrotada lo mismo que la bodega. No puedo olvidar a aquellas personas acurrucadas en un ambiente de tristeza y miedo al que acompañaba un día gris y lluvioso. Pensando en aquella gente he querido tomar del libro de Francisco Escudero Galante 'Pasajero 2048' el listado completo de todos los que nos acompañaron en aquella odisea y lo he incluido en mi obra.

- El vapor inglés 'Stanbrook' marchó rumbo a Orán y fue el último barco que salió con refugiados del puerto de Alicante.

- Sí, llegamos a Orán pero no nos dejaron desembarcar y nos tuvieron en cuarentena. Aquella espera hacinados resultó horrible. Al final, pudimos pisar tierra. A los hombres los llevaron a un campo de concentración y a las mujeres a una antigua cárcel abandonada. Padecimos muchísimas penurias. Y menos mal que como allí vivía una gran cantidad de españoles, muchos de ellos oriundos de Alicante, nos traían chocolatinas y lecha condensada. Por fin pudimos alojarnos mis padres y yo en una pensión hasta que un barco nos trasladó a Marsella y de allí a la Unión Soviética. Por cierto que a Antonio Guardiola, mi padre de acogida, el partido lo mandó enseguida a misiones políticas en Latinoamérica y acabó casándose con una uruguaya y formando una nueva familia, Su primera mujer acabaría en su Jumilla natal donde murió.





- ¿Cómo fue su experiencia en tierras rusas?

- La verdad es que nos trataban de una manera especial. Empezaron ubicándome en una colonia para niños españoles exiliados en 1937 que había en Jarkov, Ucrania. Después estuve en Stalingrado pero en plena guerra mundial y con Hitler queriendo tomar esta ciudad y librándose una batalla terrible, me enviaron a Ufa. Cuando se expulsó a los nazis en 1944 pude establecerme en Moscú. Yo tenía entonces apenas diecinueve años y hágase idea de qué juventud la mía, huyendo de guerra en guerra.

- Pero a partir de entonces comenzaría una nueva vida.

- Pues sí porque tuve la oportunidad de estudiar Medicina o Técnico de Ferrocarriles pero no me veía como médico y opté por lo otro. Acabé y trabajé un año porque me matriculé en la facultad de Pedagogía y me licencié en Idiomas, concretamente en inglés y español, sabiendo además, lógicamente, el ruso. Pero muy joven aún, en 1948 me casé con un paisano, Ángel Lago, que era perito mecánico y trabajaba en una fábrica de motores de aviación. Tuve en Moscú dos hijos, Francisco y Ángel y no me podía quejar aunque sentía nostalgia de mi tierra. Escribía cartas a la familia que llegaban muy tarde, vía Francia, porque no había correo directo.

- ¿Y cómo fue poder retornar a España?

- Por mediación de la Cruz Roja que se encargó de los trámites. Era el año 1958, tenía a mis niños con cinco y ocho años, quería qiuedarme en Alicante que siempre ha sido mi ilusión. Pero no pudo ser. Estuvimos buscando algún empleo también por Alcoy donde mi madre trabajaba en la famosa fábrica de papel de fumar 'Bambú' pero mi marido sólo encontraba algo en pequeños talleres mecánicos y era una persona muy cualificada. Entonces nos enteramos de que en Avilés se había creado una gran siderurgia, ENSIDESA y para allá marchamos. No le convalidaban sus estudios técnicos pero por su capacitación y al estar acostumbrado a la disciplina soviética, lo cogieron y nos dieron una casa en la colonia de los empleados de la empresa donde empezó trabajando de tornero para llegar más adelante a jefe de taller.

- ¿Usted qué hacía por entonces?

- Yo, de ama de casa. Tuve aquí otro hijo, Avelino, y entonces no eran muchas las mujeres que trabajaban fuera.

- ¿ Le tentó meterse en política?

- Calle, calle. Nosotros éramos unos sospechosos por venir de Rusia, así que nos dedicamos a lo nuestro y punto. Vivimos algo asustados y al margen de la política.

- ¿Viene mucho por Alicante?

- Mire, mi marido murió hace año y medio y un hermano, empresario textil de Alcoy, hace unos meses. Eso te hace cambiar la visión de las cosas. He ido a menudo a ver a toda mi familia que quedó ahí en el 39. Ahora me cuesta pero la echo de menos. Y a lo mejor cojo el tren en Gijón un día y voy para allá. Me encanta pasear por Alicante.

Y lo dice quien tuvo tan amargas experiencias en esta ciudad que han quedado reflejadas en este su libro 'Simplemente una vida' que daría para una película de ausencias y reencuentros, de tristezas y alegrías, de desolación y esperanza, de pérdidas y hallazgos. Lo que fue la supervivencia de los niños de la guerra, hijos del dolor y el sufrimiento.

martes, 16 de septiembre de 2008

Letra de la canción EL ABUELO


No siendo Nieves especialmente una gran amante ni experta en la música en general, si se puede constatar sin embargo que disfrutaba con ella, tenía buen oído, dominaba letras y estribillos, y cantaba canciones de todas sus épocas: desde las más antiguas de Estrellita Castro, las típicas de reunión y chigre, moderna, de autor, clásica, folclore y hasta flamenco. Pero si hubiese que nombrar a dos poetas de la canción que la emocionasen y con los que se estremeciera, y que incluso en algún momento le pudieran provocar alguna amarga lágrima ocasional, esos eran sin duda Alberto Cortez y María Dolores Pradera. Me reservo nombrar a otros de su gusto, porque la distancia de cualquiera respecto a los citados se medía por leguas.
Se preocupaba de anotar las letras de las composiciones, a las que les daba la relevancia suficiente, como para no simplificar una canción a la mera música e interpretación.
Apreciaba cada cosa por separado y lo juzgaba con criterio, pero lo que significaba la letra, significaba su identificación con la rama poética y nostálgica de sí misma, de su cultura, de su sensibilidad... Y le sacaba partido.
La edición de la letra que sigue no deviene del azar sino que ha sido seleccionada como primera, sin duda alguna, por muchas razones. Si a ello añadimos la música y ... Alberto Cortez, pues quienes conocieran a Nieves lo entenderán. 







Alberto Cortez - El abuelo

El abuelo un día
cuando era muy joven
allá en su Galicia,
miró el horizonte
y pensó que otra senda
tal vez existía.
Y al viento del norte
que era un viejo amigo,
le habló de su prisa,
le mostró sus manos
que mansas y fuertes,
estaban vacías,
y el viento le dijo:
Construye tu vida
detrás de los mares,
allende Galicia

Y el abuelo un día
en un viejo barco
se marchó de España.
El abuelo un día,
como tantos otros,
con tanta esperanza.
La imagen querida
de su vieja aldea
y de sus montañas
se llevó grabada
muy dentro del alma,
cuando el viejo barco
lo alejó de España.


El abuelo un día
subió a la carreta
de subir la vida.
Empuñó el arado,
abonó la tierra
y el tiempo corría.
Y luchó sereno
por plantar el árbol
que tanto quería.
Y el abuelo un día
lloró bajo el árbol
que al fin florecía,
lloró de alegría
cuando vio sus manos,
que un poco más viejas
no estaban vacías.

Y el abuelo entonces,
cuando yo era niño,
me hablaba de España,
del viento del norte,
de la vieja aldea
y de sus montañas.
Le gustaba tanto
recordar las cosas
que llevo grabadas
muy dentro del alma,
que a veces callado,
sin decir palabra,
me hablaba de España.


El abuelo un día,
cuando era muy viejo,
allende Galicia
Me tomó la mano
y yo me di cuenta
que ya se moría.
Y entonces me dijo,
con muy pocas fuerzas
y con menos prisa,
prométeme, hijo,
que a la vieja aldea
irás algún día,
y al viento del norte
dirás que su amigo,
a una nueva tierra
le entregó la vida.


Y el abuelo un día
se quedó dormido
sin volver a España.
El abuelo un día,
como tantos otros,
con tanta esperanza.
Y al tiempo al abuelo
lo vi en las aldeas,
lo vi en las montañas,
en cada mañana
y en cada leyenda,
por todas las sendas
que anduve de España.












miércoles, 10 de enero de 2007

Art. de El Mundo: Juan Antonio Rodríguez Ania "El Ruso"



Juan Antonio Rodríguez, 'Ania el Ruso', el niño de la guerra que no quiso serlo


Artículo publicado por El Mundo el 10 de enero de 2007
de ISABEL MUNERA
 
MADRID.- Prefería su apodo 'Ania el Ruso' a su auténtico nombre, Juan Antonio Rodríguez. Pese al transcurso del tiempo, este asturiano nunca pudo olvidar la larga temporada que pasó en Rusia —para él seguía siendo la Unión Soviética— después de que su infancia se quebrara tras el estallido de la Guerra Civil.
Como otros muchos niños de su edad, Ania perdió a su padre en el frente. Su madre también había muerto y un tío se hizo cargo de la familia. La situación comenzaba a empeorar y decidió apartar a los cuatro niños menores de los peligros de la guerra. La madrugada del 23 de septiembre de 1937, los pequeños subieron a bordo del Deriguerina, un carguero francés atracado en el puerto gijonés de El Musel, junto a otros 1.100 niños en una expedición que tenía como destino la Unión Soviética.
Ania tenía tan sólo 10 años cuando llegó a Leningrado, la actual San Petersburgo. En el puerto de esta ciudad rusa les esperaba una gran recibimiento. Mucha gente portaba banderas republicanas y pancartas en las que podía leerse ¡Viva la República!, ¡Viva el heroico pueblo español! Los sinsabores de la travesía y de la despedida en El Musel quedaron mitigados así al sentir el calor del pueblo ruso.
Tras una breve estancia en un hotel de Leningrado, Ania y sus hermanos fueron trasladados a una de las casas que el Gobierno ruso había habilitado para los niños españoles. Se trataba de antiguos palacios de la nobleza reconvertidos para cobijar a estos pequeños exiliados.
En un régimen de internado y cuidados por personal ruso y español, los niños vivieron en estas casas hasta que la Alemania nazi atacó la URSS en el verano de 1941. De nuevo, la guerra se cruzaba en sus caminos y se convertía en su fatal destino.
El Gobierno intentó alejar a los pequeños del frente y conducirlos a lugares más seguros del interior de Rusia, pero hasta que terminó la guerra, sufrieron las mismas penurias que el resto del pueblo ruso. Como otros niños de la guerra, Ania se sintió siempre muy agradecido a las autoridades soviéticas por la educación y el buen trato que recibió durante su estancia en este país.

Se enamoró de otra niña de la guerra

Además, en Rusia conoció a la que se convertiría en su mujer, otra niña de la guerra. Pero tuvieron que esperar a la muerte de Stalin en 1956 para cumplir su sueño: regresar de nuevo a España. Ania, que había salido de Asturias como un niño, con apenas 10 años, regresaba con 19 a una tierra que apenas se parecía a la que un día se vio obligado a abandonar.
Militante comunista, Ania no renunció a su actividad política, a pesar de la persecución a la que el régimen franquista sometía a los miembros del PCE, lo que le condujo a la cárcel durante un año. Como él decía a veces, "en su vida había habido muchas piedras en el camino".
Pese a los numerosos obstáculos a los que se tuvo que enfrentar, su carácter inquieto no le permitía estar mucho tiempo sin hacer nada. Gracias a su insistencia, consiguió el dinero suficiente para levantar en El Musel un monumento conmemorativo de la salida de los niños españoles de este puerto gijonés rumbo a la Unión Soviética.
Pese a su avanzada edad, tampoco dejó de reclamar al Gobierno que cumpliera con su promesa de compensar económicamente a los niños de la guerra. Con una fina ironía, Ania llegó incluso a decir que a ese ritmo serían muchos los que recibirían las pensiones en el cielo.
Su despedida fue tal y como él siempre había deseado. Comenzó con el himno soviético y terminó con sus amigos cantando la Internacional con el puño en alto.
Su adiós no fue el de un niño de la guerra sino sólo el de Ania el ruso, como a él le gustaba que le llamaran, porque "aquella guerra no produjo niños, sólo dejó muertos y dolor a su paso", se lamentaba.
 
Juan Antonio Rodríguez, 'Ania el Ruso', histórico militante comunista, nació en 1928 en Oviedo, ciudad donde falleció el 5 de enero de 2007.