jueves, 4 de junio de 2015

EPILOGO



En la madrugada del día cuatro de junio de dos mil quince Nieves puso fin a su sufrimiento. Realmente, sobre todo los últimos días, lo fueron con padecimiento tanto para ella como para sus inmediatos.

Nos resistimos a una de sus voluntades cual era prescindir de ramos y coronas como presente último y no fue un error. Su ventana, su escaparate definitivo, irradiaba color y olor por los cuatro costados, y ella no se merecía otra cosa que una despedida nadando en flores. Las apreció y mucho en vida y acabó rodeada de ellas en los últimos momentos.
Nieves se extinguió, pero su bondad y dulzura permanecerán siempre en los corazones y en la memoria de quienes hemos tenido la fortuna de conocerla y compartirla.
Ya descansa en paz.



El día de su cumpleaños del 2005, Nieves le dio a su nieto Fran una carta adjuntando unos versos, disponiendo que fueran leídos en la intimidad familiar en el último momento de presencia tras su fallecimiento.
Cumplida su voluntad, éste es el poema manuscrito que nos hizo llorar a todos.






Y a máquina...


16 - VIII - 2005
A mis 80 años
 
EPILOGO
 
"Hoy ya no tengo ayer,
ni tampoco mañana,
no siento, ni padezco,
ni veo, ni oigo nada.
 
 Quiero hacer una hoguera con mi vida,
que vuelen las cenizas por los aires,
sentirme libre, alegre, redimida,
no pensar, no sufrir, no acordarme de nadie ...
 
Quiero que el viento lleve mis cenizas
lejos, muy lejos, donde no haya nadie,
por encima de todas las delicias,
hacia las altas cumbres y anchos mares.
 
No importa que la cumbre esté nevada,
que el mar sea negro y la noche eterna,
no tengo miedo, no me importa nada
porque estar muerta es sosiego y calma.
 
Se ha extinguido ya el fuego de mi vida,
se han quemado los restos de mis años,
He muerto anciana, feliz y agradecida;
atrás quedaron risas, amor y desengaños.
 
No lloréis por mi eterna despedida,
olvidaros de mi cuerpo y de mi alma,
disfrutad mientras sigan vuestras vidas
que, aunque yo ya no esté ......
 
¡¡NO PASA NADA!!
 
Soy humo en el viento,
ceniza en el suelo,
sonrisa en recuerdo,
silencio, sosiego ...
 
Soy humo en el viento,
ceniza en la tierra,
el agua y el tiempo
borrarán mi huella..."





martes, 30 de septiembre de 2014

Art. de EL MUNDO: STANBROOK







30-09-14
JULIO MARTÍN ALARCÓN




El carguero partió de Alicante en la medianoche del 28 de marzo de 1939, dos días antes del final de la guerra

Stanbrook, los últimos pasajes de la República 






Los últimos pasajes de la República

Durante la tarde noche del 28, llenaron el muelle de Alicante varios miles de ciudadanos, los pasajeros del que sería la postrera posibilidad de dejar España. Cerca de 3.000 que se fueron con lo que pudieron. Al llegar la medianoche el carguero Stanbrook, el último barco con exiliados republicanos junto al Maritime, salió del puerto apenas dos días antes del último parte de guerra del general Franco del 1 de abril que daría por terminada la guerra. Helia González Beltrán estaba allí aquel día bajo la fina lluvia que caía en Alicante. Tenía seis años. Es la escena que relata para La Aventura de la Historia, mientras revive el viaje.

Agarrada a su madre y a su hermana Alicia, de tres, seguían los pasos de su padre Nazario entre el gentío del puerto. El Gobierno de la República se había desmoronado después del golpe del coronel Casado, y todos sus líderes habían huido del país por la frontera francesa o por avión. De Juan Negrín a Manuel Azaña, hasta personalidades del Partido Comunista como Santiago Carrillo. En tierra quedaban, en cambio, los últimos ciudadanos que buscaban una salida, muchos de ellos con carnet de partido -ver recuadro-, esperando durante horas en una interminable cola, al pie de la pasarela que les separaba del carguero Stanbrook.


Fundación Pablo Iglesias
Republicanos españoles desembarcando del Stanbrook
 en el Puerto de Orán el 30 de marzo de 1939

Miles de almas quedarían atrapadas bajo la lluvia, desesperadas, en ese mismo puerto los dos días siguientes, el 29 y el 30, cuando la apresurada voz de alarma de los últimos estertores de la República se convirtió ya en desesperado grito de huida, de sálvese quien pueda.

Los que permanecieron allí esperando algún otro barco, que nunca llegaría, formarían el primer campo de concentración de la represión franquista, justo en el momento en el que la División Littorio del general Gambara entraba en la ciudad en la tarde del día 30. Serían llevados al Campo de los Almendros, en las afueras de la ciudad, donde serían rodeados por alambre de espino.

Recuperar la memoria

El Capitán escocés del Stanbrook
Archibald Dickson
Ahora, la exposición Stanbrook, 1939. El exilio republicano en el norte de África organizada por la Universidad de Valencia en el Centre Cultural La Nau, Valencia, recupera su recuerdo con una serie de objetos, documentos, mapas, fotografías, imágenes, audiovisuales e ilustraciones de Paco Roca. Una muestra comisariada por Rocard Camil Torres que aspira a rememorar, de forma fidedigna y didáctica la odisea del trayecto del Stanbrook y examinar el sórdido y doloroso destino que tuvieron que sufrir sus pasajeros: vencidos, perseguidos, huidos, exiliados, maltratados, humillados y desterrados.

Los que huyeron en los últimos barcos eran los que más temían, por su afiliación, la nueva España que venía con los nacionales. Para entonces, en las inmediaciones de la costa estaba ya presta la Armada franquista con el minador Júpiter cerrando el cerco final tras la caída de Madrid ese mismo día. La amenaza era patente, el Winnipeg no podría entrar en el puerto intimidado por la presencia del buque. El Stanbrook, en puerto, saldría gracias a las órdenes de un decidido capitán escocés, Dickson, que desafió con su buque mercante de bandera francesa el bloqueo del puerto que desplegaba ya la Armada de Franco.

Aguantó hasta el último minuto. Primero el embarque fue tenso pero ordenado, más tarde, cuando se acercaba la medianoche, comenzaría el apelotonamiento, los nervios y la angustia: "Se levantaron y bajaron las pasarelas en varias ocasiones, por el goteo de gente que siguió llegando durante toda la tarde y la noche. Incluso a las 23.00 horas y cuando ya había iniciado las maniobras para salir del puerto, se dio marcha atrás a los motores y se lanzaron maromas al puerto", recuerda Helia.

Exiliados políticos:

  1. 572 socialistas
  2. 304 cenetistas
  3. 196 comunistas
  4. 590 republicanos
  5. 184 "internacionales"
  6. 470 sin filiación conocida, además de las mujeres y los niños

Huida desesperada

Gruesos cabos por los que treparían los últimos españoles en abandonar el país junto a las 32 autoridades republicanas que saldrían en el Maritime minutos después. La lista que elaboraría la policía aduanera francesa en Argelia con nombres, apellidos y edades ascendería a 2.638, aunque según las investigaciones posteriores, al menos tres mil cuerpos, quizá más, abarrotaron las bodegas, cubiertas y pasillos de cada rincón de un carguero con capacidad para 27 personas entre pasajeros y tripulación.

El periplo de la familia González Beltrán es ilustrativo de lo que estaba ocurriendo en los días finales de la guerra: solo unas horas antes de llegar a Alicante habían montado en un tren desde Elche que les llevaría a la ciudad y de ahí a toda prisa al puerto, y a la interminable espera. Su padre Nazario, como otros soldados del ejército republicano, había sido evacuado de Madrid en camionetas apenas un par de días antes, cuando la entrada de las tropas del general Franco era inminente.
Refugiados españoles del campo de Bou Arfa (Argelia) trabajando en la construcción del trans-sahariano, 1941.
Los pasaportes expedidos apresuradamente por el exiguo Gobierno republicano garantizaban el viaje a México. El barco de una compañía francesa había sido contratado por Rodolfo Llopis en nombre de la Federación Socialista de Alicante. Pero no llegaría tan lejos. La primera escala, Orán, Argelia, era su destino, a un coste de 203.356,16 francos, tal y como se encargaría de negociar el dirigente socialista en Orán. Para entonces, el día 29, el bando franquista emitido en Madrid especificaba que nadie que no tuviera las manos "manchadas de sangre" debía temer por su vida.
Tranquilizó a unos pocos pero aterrorizó a otros muchos, conscientes de una rendición incondicional. Fue entonces cuando una gran parte de los antiguos combatientes del ejército republicano y la práctica totalidad de los que estaban afiliados a cualquiera de las tendencias políticas que habían configurado la España "roja", denominada así por los nacionales, se apresuró a los puertos de Valencia, Alicante, Cartagena, los últimos territorios en caer en manos del ya victorioso bando nacional.

De la represión a los campos de concentración

Mucho se ha escrito sobre los exiliados o refugiados que salieron de España durante la Guerra Civil, de su huida de la represión franquista y los campos de concentración. El caso del Stanbrook es quizás el cuadro más completo del drama final de esos refugiados, de los perdedores de una sangrienta guerra civil. Los diferentes relatos de aquellas horas a bordo del Stanbrook repiten invariablemente las mismas precarias condiciones: el pasaje superaba con mucho la capacidad del carguero, no había sitio para moverse. "Allí donde te quedaras había que aguantar de pie", relata Helia. Un solo cuarto de baño para todos los confinados en la cubierta; muchos se hicieron sus necesidades encima.
Hacía buena mar, pero la travesía era peligrosa. Al poco de salir, varias bombas cayeron cerca de la embarcación. El capitán Dickson evadió el fuego con alguna maniobra evasiva que orientó el rumbo momentáneamente hacia Ibiza. Aunque las bombas de los nacionales fueran con toda probabilidad de aviso con el objetivo de amedrentar a la tripulación y hacer regresar el barco, lo cierto es que tal y como recuerdan los testigos, el pasaje vivió con pavor aquellos momentos.
Pensando que volvían a España, muchos tiraron la documentación por la borda, otros incluso saltaron desde las alturas del buque: "Un chico inglés se tiró desde arriba y golpeó a mi madre en el hombro, falleciendo después en la cubierta". Tras las aproximadamente veinticuatro horas que duró la travesía, el Stanbrook recaló en el puerto de Mers el Kebir y no en Orán, como se ha publicado en algunos libros, del que dista solo siete escasos kilómetros. Allí las autoridades de la Argelia francesa solo dejaron desembarcar a las mujeres, niños y ancianos y a algún enfermo.
Al resto les dejaron a bordo del Stanbrook durante más de un mes, solo socorridos por las pequeñas barcas de algunos argelinos que les llevaban comida. Cuando Llopis consiguió reunir el dinero del pasaje, bajaron, pero fueron confinados en campos de concentración. En Alicante, el Cuerpo de Ejército de Galicia desembarcó el 31. Algunos de los que habían quedado presos por los italianos recurrieron, como relató Max Aub, al suicidio. La guerra había terminado.

martes, 16 de septiembre de 2014

Información del Stanbrook en Wikipedia



Stanbrook
De Wikipedia, la enciclopedia libre

Stanbrook fue un buque carbonero británico, de 1.383 toneladas, de dimensiones 230,1 × 34 pies (70,1 × 10,4 m) y una velocidad máxima de 12 nudos, y con capacidad para 24 tripulantes, que efectuó la última evacuación de refugiados republicanos del puerto de Alicante el 28 de marzo de 1939, cuatro días antes del final de la Guerra Civil Española. Horas más tarde de que lo hiciera el Stanbrook zarpó el Marítima, un buque el triple de grande, pero sin que se sepa por qué sólo llevó a bordo a treinta personas, líderes socialistas y sus familias, lo que suscitó una gran polémica en la Federación Socialista de Orán, el destino de los dos barcos. En Alicante quedaron más de 15.000 refugiados atrapados en el puerto. Fueron conducidos por los soldados de la División Littorio, una unidad militar italiana que reforzaba a las tropas franquistas, al campo de concentración de Los Almendros, y más tarde al campo de concentración de Albatera.


Historia

Con el número 124.287 fue construido en 1909 por la Tyne Iron Shipbuilding Co Ltd, en los astilleros de Willington, para la compañía Fisher Renwick Manchester-London Stamers, que lo denonimó Lancer. En 1937 fue comprado por la Stanhope Steamship Co, y renombrado como Stanbrook. Ese mismo año se llevó a cabo otra operación comercial, donde acabó en manos de la naviera griega G.M. Mavroleon, que lo cambió el nombre por el de Polyfloisvios, aunque finalmente regresó a sus anteriores dueños, que le devolvieron el de Stanbrook. Quedó bajo el mando del capitán Archibald Dickson.

El Stanbrook tuvo un final trágico sólo seis meses después de haber llevado a los refugiados republicanos a Orán, al ser hundido en el mar del Norte, por el torpedo de un submarino alemán -capitaneado por Claus Korth, que ya había mandado otros submarinos que habían hundido barcos republicanos-. El capitán Dickson murió en el hundimiento. En los campos de concentración de Argelia, a donde habían sido conducidos la mayor parte de los refugiados del Stanbrook, se guardó un minuto de silencio en su memoria.


Participación en la Guerra Civil Española

En marzo de 1939 el puerto de Alicante se encontraba bloqueado por la armada del general Franco y aviones de la Alemania nazi, lo que convirtió en tarea casi imposible la llegada de los barcos contratados por el gobierno de la Segunda República para evacuar a los miles de refugiados hacinados en el puerto. La amenaza de hundimiento provocó que la gran mayoría de navieras incumpliera sus acuerdos, ya pagados, y desistiese de acercarse a aguas españolas.

El 28 de marzo de 1939 el Stanbrook se hallaba fondeado en el puerto de Alicante esperando cargar naranjas y azafrán. El capitán del barco, el galés Archibald Dickson al ver a los miles de refugiados que había en el puerto, desafió la orden que había recibido del propietario del carguero Jack Billmeir de no evacuar civiles y acogió a todos los que cupieran a bordo. Uno de los pasajeros, Antonio Vilanova, funcionario de aduanas que más tarde escribiría en México Los olvidados, una obra sobre los refugiados republicanos, relató en una carta a un amigo cómo se produjo el embarque:

En la mente de todos había sensación de fuga, derrota, hundimiento moral. Cuando llegamos al barco, éramos recibidos entre las protestas de los pasajeros que ya estaban allí. Conforme subíamos, unos se acomodaban en la cubierta, otros en la bodega o en las sentinas. Faltaba sitio, pero seguía entrando gente.

Helia González, entonces una niña de cuatro años cuya familia republicana había ido a Alicante desde Elche, cuenta su experiencia:

Llegamos al puerto en tren desde Elche; una vez allí, una cola larguísima nos separaba de un barco que me pareció enorme con un nombre extraño y mucha gente. Nosotros, como todos los demás, temíamos no poder alcanzar la pasarela que nos permitía llegar a él.
Al fin llegamos al barco. Unos brazos vigorosos me levantaron. Vi una cara sonriente, una gorra de marino y me dio un beso en la mejilla. No dijo una sola palabra, pero ese abrazo, esa mirada, prometían algo bueno... era él, Dickson y ya no había peligro.

El capitán Dickson contó en una carta al Sunday Dispatch publicada el 4 de abril las razones por las que había tomado la decisión de socorrer a los refugiados y a continuación describió lo que vio allí:

Entre los refugiados había todo tipo de clases de gente, algunos aparentaban ser extremadamente pobres y parecían consumidos por el hambre y mal vestidos, con una variedad de atuendos que iban desde monos hasta viejas y desgastadas piezas de uniformes e incluso mantas y otros peculiares trozos de tela. Había también algunas personas, mujeres y hombres, con una buena apariencia y que asumí eran mujeres y parientes de funcionarios. Algunos de los refugiados parecían llevar consigo todas sus posesiones terrenales cargadas en maletas; bolsas de todas las descripciones, algunas atadas en grandes pañuelos y unos pocos con maletas.

El Stanbrook zarpó al atardecer del 28 de marzo con 2.638 personas a bordo y sorteando los proyectiles lanzados por el crucero franquista Canarias que bloqueaba el puerto de Alicante. Para eludirlo el capitán Dickson puso rumbo a Orán, en la costa de Argelia. Como el número de pasajeros que llevaba excedía con creces su capacidad navegó escorado, por debajo de la línea de flotación.

Helia González recuerda el viaje:

Recuerdo una cubierta abarrotada, con el cielo oscuro sobre nuestras cabezas. Llovió esa noche, no demasiado, pero hacía frío. Papá me dijo que cuidara de mi hermanita. Mamá compartió con una familia malagueña, un matrimonio y un niño de mi edad una tortilla de un huevo y dos patatas con un poco de grasa

Después de 22 horas de travesía –durante la cual el capitán Dickson, según contó él mismo, suministró «a los refugiados más débiles un poco de café y un poco de comida»– el Stanbrook llegó al puerto de Mazalquivir cerca de Orán. Cuando supieron de la llegada del barco, residentes españoles en Orán les llevaron en barcas alimentos y medicinas. Dos días después –gracias a las gestiones del capitán Dickson– las autoridades coloniales francesas dejaron desembarcar a las mujeres y a los niños, siendo acogidos en la antigua prisión del Cardenal Cisneros –«nos trasladaron a un lugar para ducharnos y desinfectarnos; no fue un buen recuerdo, era un lugar oscuro, húmedo y frío, y unos hombres nos vigilaban incluso a las mujeres desnudas», recuerda Helia González–. Los hombres –unos 1500– tardaron un mes en hacerlo por decisión de la administración francesa, desconociéndose la razón de la cuarentena.

Antonio Vilanova recuerda: «salimos llenos de miseria. Allí conocí por primera vez los trimotores, piojos de un tamaño monstruoso». Fueron conducidos a un centro de alojamiento donde los ducharon, los vacunaron y les dieron alimentos. Conforme iban bajando del barco fueron registrados por miedo a que llevasen encima armas de fuego.

La mayor parte de los refugiados del Stanbrook fueron conducidos al campo de concentración de Boghari en el interior del Sáhara, bajo la custodia de fusileros senegaleses. Allí no fueron muy bien tratados.

Uno de los refugiados, que logró huir a Francia con su hermano y luego a México, escribió en su diario: «Un español que está en la letrina es maltratado por un guardia que sin motivo le golpea con el fusil. Otros acuden y le patean. El pobre pide auxilio. Acuden varios españoles recibidos con bayonetas y obligados a huir. Allí se quedó». Uno de los castigos a los que les sometían los guardias era el tombeau: el recluido cavaba su propia tumba y se recostaba en ella; sólo podía salir dos veces al día para hacer sus necesidades. «¡Fusiláis poco, pero matáis lentamente», escribió otro refugiado, piloto de caza republicano.

Según recuerda la entonces una niña Helia González, «los españoles no fueron liberados de los campos de trabajo, donde eran tratados como mano de obra gratuita para construir el Transahariano hasta casi al final de la contienda; a nadie le interesaba, ni a los franceses ni a los aliados, dejar libres a aquellos indeseables españoles».

La gesta heroica del Stanbrook ha quedado perpetuada en Alicante con la rotulación de una calle dedicada al buque inglés.


viernes, 15 de marzo de 2013

EL DESAHUCIO ACECHA A “LOS NIÑOS DE LA GUERRA” EN MOSCÚ



El Centro Español de Moscú, sede cultural y punto de encuentro de los más de 3.000 menores que partieron hacia Rusia entre 1937 y 1939, debe pagar 9.000 euros antes de abril para evitar el cierre tras perder las ayudas económicas del Estado español. “El Centro es como nuestra madre”, señala Mansilla, presidente de la institución.

Público.es / ALEJANDRO TORRÚS / 15-03-2013
  
‘Niños de la guerra’ practicando gimnasia en una de las ‘casa de niños españoles’en la URSS (Cedido por Centro de España en Moscú)





La mayoría llegaron en barco a Leningrado en el verano 1937. Eran alrededor de 3.000 niños entre 2 y 16 años. El viaje a la Unión Soviética no debía ser para ellos más que unas breves vacaciones para escapar de la Guerra Civil española, tal y como les contaron sus padres. Salieron, principalmente, de Euskadi, Asturias y Valencia. Las ‘vacaciones’, sin embargo, se prolongaron un mínimo de dos décadas más de lo esperado. Otros, nunca regresaron y crearon una nueva vida en la URSS. Ahora, los apenas 120 ‘niños de la guerra’ que permanecen en Rusia deben afrontar un pago de 9.000 euros para evitar el cierre del Centro Español de Moscú, punto de encuentro desde 1965 de estos ya octogenarios víctimas de la Guerra. El Estado español que retiró las ayudas en 2010, de momento, no responde.



 
“Si nos quitan el Centro desaparecemos de la faz de Rusia. Es como nuestra madre”, explica Francisco Mansilla, presidente del Centro, a Público.

La comunidad española de ‘niños de la guerra’ fue la única familia para la mayoría de ellos y el Centro Español de Moscú, antigua sede del PCE reconvertida en centro cultural en 1965, su último suelo patrio. El único rincón de toda la Unión Soviética donde el español era la lengua oficial, el flamenco la música por excelencia y el dominó el juego de la sobremesa. Desde su apertura, miles de personas han acudido allí para aprender castellano, conocer a la comunidad española o cursar clases de bailes folclóricos. El Centro español es una casa para ellos, pero también es una porción de España para todo visitante.

La crisis económica y el paso del tiempo, sin embargo, han acentuado el olvido de las instituciones del Estado español, que han denegado al Centro español de Moscú toda subvención. “Se olvidaron de nosotros durante 40 años. Después hicieron el amago de hacernos caso. Ahora, parece, que nos dejaran morir en el olvido”, se lamenta Vicente, que se pregunta si España pedirá perdón alguna vez por “romper” sus familias.

El naufragio económico llegó en 2010 cuando el Inserso denegó la subvención solicitada por el Centro Español. Desde entonces, el Centro está siendo financiando con las exiguas pensiones de ‘los niños de la guerra’, pero la pensión ya no da para más. En 2012, el lehendakari Patxi López se comprometió a una partida de emergencia de 10.000 € que, finalmente, quedó sin tramitar. Con el cambio de Gobierno en Euskadi, los ‘niños de la guerra’ solicitaron ayuda al PNV, que les ha recomendado volver a iniciar los trámites legales. El Partido Popular: no sabe, no responde.




El tiempo, sin embargo, juega en su contra. En abril, el Centro Español debe abonar el alquiler de un nuevo trimestre, alrededor de nueve mil euros contando los gastos generales de luz, teléfono y mantenimiento. De lo contrario, no tendrá otra solución que echar el cierre al local y con él una parte fundamental de la memoria de España.

 

Sin billete de vuelta


La larga travesía hacia el olvido de estos españoles en perpetuo exilio comenzó en 1937. Los más de 3.000 menores que llegaron a Rusia huyendo de la Guerra Civil fueron alojados en las llamadas “Casas de niños españoles”, residencias donde recibían educación y alimentos. La Unión Soviética procuró una carrera universitaria al que deseara estudiar, y un oficio industrial a los que preferían trabajar desde temprano. A pesar de las circunstancias, muchos de ellos reconocen haber sido unos privilegiados por el trato recibido de las autoridades soviéticas, sobre todo si se comparan con los derechos del pueblo soviético.

Patxi López comprometió una ayuda de 10.000 euros que no tramitó

Sin embargo, la tragedia iba por dentro: su vida era un exilio perpetuo. En España, sus padres dieron por muertos a muchos de ellos y en la URSS los niños crecían olvidando por segundos el rostro de la madre que los despidió llorando en un puerto bajo el estruendo de las bombas.En su memoria se entremezclan las imágenes de destrucción, hambre, bombas incendiarias y eternos viajes de huida en barco y tren.

Han vivido la Guerra Civil, cuando aun eran demasiado pequeños para entender qué estaba ocurriendo, pero también padecieron el horror de la II Guerra Mundial. Muchos de ellos, a pesar de su corta edad, tuvieron que trabajar en la construcción de aviones y armamento militar en la Unión Soviética. Se trataba de derrocar al fascismo, y la victoria de la URSS también les acercaría a su victoria personal: regresar a casa junto a papá y a mamá.

La guerra finalizó, pero su victoria no llegó y tuvieron que permanecer en ‘el país del proletariado’ hasta, como mínimo, la década de los 50 y 60.

 

 

Francisco Mansilla. 87 años. Moscú

 



Francisco Mansilla es el presidente del Centro español de Moscú. Su vida está ligada a Moscú desde los 11 años hasta el final de sus días, asegura. Ya no volverá a España. “Estoy mayor para aviones y la edad no se cura”, asegura. A pesar de ello, mantiene un perfecto castellano sin acento ruso. Se muestra orgulloso de ello. “No nos paso como a los exiliados franceses que hablan un español raro”, bromea Mansilla que asegura que la razón del mantenimiento de su acento es el Centro español de Moscú.  “El Centro es el principal artífice de que los españoles hayamos sobrevivido todos juntos. Aquí tenemos nuestras reuniones, bailes, fiestas, etc. El Centro es como nuestra madre. Sin él nos perdemos. Seríamos islas dentro de Rusia”, afirma.

La vida de Mansilla refleja la dureza de una época en la que comer a diario era cosa de clases sociales. Con 10 años fue internado en un centro de menores en Madrid. Era el mayor de cinco hermanos y su familia no podía alimentarlos a todos. Su madre tuvo que elegir y Francisco era el mayor. No obstante, en el centro de Madrid estuvo apenas unos meses. En octubre de 1936 el ejército de Franco se aproximaba a Madrid y los niños fueron trasladados a Gandía (Valencia), donde Francisco guarda uno de sus mejores recuerdos de la infancia: la guerra de naranjas con el resto de niños. Allí, “un señor ruso” preguntó quién quería ir a la Unión Soviética. Él levantó la mano. “Francisco, te vas al paraíso del proletariado”, le decía su padre. “Lo que él no sabía es que aquello era el infierno del proletariado”, asegura.

Mansilla solo ha regresado a España como turista. En la Unión Soviética terminó sus estudios como Ingeniero agrónomo, se casó con una mujer rusa  y tuvo un hijo, que también vive en Moscú. Cuando pudo regresar a España en 1956 sus suegros enfermaron de gravedad y decidió quedarse allí para cuidar de ellos. “En Rusia, siendo extranjero, mucha gente pensaba que eras agente de la CIA. Ellos me ayudaron enormemente y cuando enfermaron yo no podía olvidar lo que habían hecho por mi. Era un crimen marcharme”, asegura.



Araceli Ruiz. 88 años. Gijón.



La vida de Araceli podría protagonizar cualquier película de Hollywood. La recita de carrerilla. Con fechas, calles y compañeros de batalla. Cuando apenas tenía 15 años recorrió media Unión Soviética huyendo de la guerra, se licenció por partida doble como ingeniera técnica de Construcción de puentes y carreteras y licenciada en Economía y trabajó como soldadora de aviones soviéticos durante la guerra; como capataz de un batallón encargado de reconstruir la Plaza Roja y alrededores; como traductora de soldados soviéticos en Cuba durante cinco años (1961-1966) donde conoció a los Castro y a Che Guevara; en el ministerio de Economía soviético y en el Comité Estatal de Radio y Televisión donde transmitían para America Latina.

En 1980, regresó a España junto a sus dos hijas. Tenía 56 años. Poco le sirvieron entonces sus dos carreras y su dilatada experiencia profesional. El único trabajo que pudo ejercer fue de empleada de hogar. “Se juntaron dos factores: era mujer y mi experiencia académica y profesional era soviética. No me querían en ningún lado”, asegura. Su vida, dice, ha sido una continúa lucha. “No me han dejado otra salida. Ahora con 88 años me gustaría descansar pero tengo que seguir luchando por mis nietos y por el Centro español de Moscú”, confiesa. La batalla de Araceli arrancó en septiembre de 1937 cuando con 13 años embarcó en un barco de carga francés junto a sus cuatro hermanas y más de 1.000 niños asturianos con destino a Leningrado. La acogida -recuerda- fue fantástica. “Nos recibió casi todo el pueblo. Había banderas de la República y pancartas que decían: Bienvenidos niños del heroico pueblo español”, rememora.

 

En Rusia conoció a su marido, también asturiano, quien falleció en 1975, meses antes de la muerte de Franco. “Cuando estaba ingresado en el hospital ya muy malito él se preguntaba si viviría lo suficiente para ver la muerte de Franco. No le dio tiempo”, se lamenta Araceli. No fue hasta 1964 cuando se reencontró con sus padres fue en Cuba y gracias a la intermediación del entonces ministro de Industria, Ernesto Guevara, El Che. Hasta entonces, el único contacto que había mantenido era a través de cartas que viajaban de Moscú a Brasil, después a Argentina y a España. La hermana de Araceli, Cocha, trabajaba en aquel entonces en Cuba en el ministerio. Guevara, sorprendido por su origen español, le preguntó por su historia. “Galleguita, ¿qué haces acá?, le preguntó.

Conmocionado tras conocer la historia de la familia de Araceli, Guevara movió los papeles pertinentes para permitir que los padres de Araceli viajaran a la isla durante cuatro meses. “Guevara era una persona magnífica. La mejor de todas. Fidel (Castro) es un grandísimo orador y desprendía carisma. Sin embargo, Raúl (Castro) era mucho más serio y reacio a toda relación”, asegura. Su vida, asegura, ha estado guiada por un refrán ruso: ‘Debajo de una piedra asentada no pasa el agua. Hay que levantar la piedra, dice el refrán. Mi vida ha sido un continuo levantar piedras”, concluye.

 

 

 Manuel Arce. 84 años. Madrid




Manuel Arce es cirujano especialista en neurorradiología. Desde su señorial casa en Paseo de la Castellana recuerda cómo su madre, sola al cargo de tres niños mientras su marido batallaba en la guerra, había oído que se estaba preparando una expedición de niños a la Unión Soviética “para tres o cuatro meses”, hasta que terminara la guerra. “Nadie, ninguna madre pudo imaginar jamás que la separación iba a durar 20, 30 años o más, o que, en el peor de los casos no iba a ver a sus hijos jamás”, asegura. En su caso, la separación duró 20 años.

Manuel viajó en el mismo barco que Araceli, el Habana, embarcación que fue perseguida por el buque de la armada franquista “Almirante Cervera” hasta que consiguió llegar a aguas internacionales. Allí los recogió el “Sontay”, un buque mercante con tripulación rusa y china. El 22 de junio de 1937 llegaron Leningrado. Justo cuatro años después, comenzaría la II Guerra Mundial. Manuel recuerda su estancia en la Casa de niños nº 5 en Óbnisnkoye y los ensayos de alarmas aéreas para preparar a los niños ante posibles ataques aéreos.

“Estas alarmas aéreas fueron como un juego hasta que un día nos bombardearon de verdad. La primera bomba que cayó cerca del bloque donde vivíamos me pilló durmiendo en mi cama, ya que aquel día no hice caso de la alarma pensando que era un ensayo más”, recuerda. La guerra, como para el resto de niños, fue para Manuel un éxodo continuo. Desde Óbnisnkoye a Básel, Alexéyevka y Orlovskóye en la región de Sarátov en el Volga, y finalmente a Najábino, nuevamente cerca de Moscú. Pero no fue en la guerra donde sufrió su mayor accidente. En 1943 de camino al trabajo el tranvía en el que viajaba descarriló y perdió las dos piernas.

La vida de Manuel, como la de otros tantos, transcurrió de casa en casa de niños españoles hasta la edad de estudiar. Primero fue técnico de radio y después ingresó en la Universidad de Medicina. En 1956, cuando estaba en tercer curso, se permitió el regreso por cupos de los niños de la guerra. Manuel regresó en la tercera expedición. Sin embargo, no tardó en retornar. Apenas un año después y burlando los controles fronterizos volvió a Rusia para finalizar la carrera de medicina y especializarse en neurorradiología.

Finalmente, el 1 de marzo de 1966 regresó a España donde solamente había dos especialistas en neurorradiología. Trabajó para el Hospital La Paz, se licenció en Odontología y abrió una empresa para la comercialización de productos en Rusia. No obstante, la actividad más preciada fue la creación de la “Fundación Nostalgia”, de la que es presidente y mediante la cual consiguió una pensión para los ‘niños de la guerra’ que aun permanecer en Rusia y un viaje gratis al año a España con el Inserso (privilegio que también han perdido).



Vicente Ramos. 83 años. Basauri

 



A sus 82 años, Vicente Ramos (el segundo comenzando por la derecha) sigue recordando a diario la figura de su padre, minero del valle de Somorrostro, y de su madre. De hecho, su fotografía preside el salón de su casa en Basauri (Euskadi). La primera vez que les vio, “con pleno uso de razón”, fue en 1957 cuando Vicente ya había cumplido los 26 años. Fue en un hostal de Hendaya que regentaba Dolores, una mujer española. Apenas pasaron dos semanas juntos. Allí pudo conocer a dos hermanos que nacieron después de su partida. El hermano que partió con él hacia la Unión Soviética murió durante la II Guerra Mundial.

Vicente tenía seis años recién cumplidos cuando embarcó en El Habana con destino a Leningrado. Del largo viaje apenas recuerda algunas escenas como los interminables juegos con el resto de chavales de la expedición. Vicente, afirma, no era consciente de la tragedia que estaba viviendo su familia en ese momento. Vivía tranquilo porque su hermano le protegía. Poco tiempo después, cuando él tenía 10 años, su hermano murió y, entonces, se hizo mayor de repente. Estaba solo en la Unión Soviética.

En el país socialista Vicente finalizó sus estudios como ingeniero agrónomo, primero, e ingeniero de Obras públicas, después. Mientras habla en un perfecto español se escucha una voz femenina inteligible de fondo. Vicente responde en ruso. “Es mi mujer. En casa siempre hemos hablado en ruso ya sea aquí o en Rusia”, asegura. Con ella, Vicente ha tenido dos hijos. El mayor vive en Catalunya, la pequeña sigue en Rusia donde ha formado familia. “Esta es la tragedia de mi familia. Siempre hemos estado divididos”, reconoce.

Vicente retornó definitivamente a España en la década de los 90. Antes, en los 60, lo intentó junto a su mujer, embarazada de su hija, y con su hijo siendo un niño. “Fue imposible adaptarse”, reconoce. “Las diferencias culturales eran casi insalvables. Más allá de que no reconocían mis estudios, la vida era muy diferente. Simplemente un detalle sirve para explicarlo. A mis padres tenía que llamarlos de usted. En la Unión Soviética ya no se llevaba eso”, señala.


jueves, 20 de diciembre de 2012

Charla en un colegio

Con 87 años, haciendo gala de una juventud de espíritu encomiable y envidiable, Nieves Cuesta explica en una escuela de Tineo sus propias vivencias.
Su vida, llena de duras experiencias bélicas: Revolución del 34, Guerra Civil Española, Segunda Guerra Mundial...
Destierros y evacuaciones forzosas: de Ablaña (con 10 años) a Alicante tras su orfandad, de Alicante a Orán huyendo para salvar la vida con su padrastro Antonio Guardiola (Secretario Gral. del Part Comunista del País Valenciá y Jefe de la Liga Campesina), Marsella,  Puerto de El Havre, Leningrado (actual San Petersburgo), Jarcov en Ucrania, hacia el interior de Siberia huyendo del avance alemán por toda la URSS, prolongada estancia por años en Moscú y final regreso a  España (Avilés) en enero del 57.
Como ella misma explicó al finalizar la charla a puerta cerrada con chicos de 15 a 16 años, más que contar su vida habló de sus sensaciones, sus miedos, sus esperanzas y anhelos de sobrevivir en todo momento a las dificultades para volver a su "tierrina", a su querida Asturias, de volver a estar con sus hermanos, su madre. Les habló de los valores familiares y de los quebrantos producidos por las contiendas bélicas, más reprobables si cabe cuando se producen entre hermanos, dentro del propio país, como pasó en España.
¡Que nuestros sufrimientos pretéritos al menos sirvan para evitar los de otros en estos tiempos presentes!, decía. Esa era la fundamental premisa para la divulgación de su vida.