sábado, 10 de septiembre de 2005

Simplemente mi vida: "CAP. II. ALICANTE"


1935 – 1939


¡ALICANTE! Ese nombre se grabó en mi corazón, se imprimió en mi alma aquella noche que llegó el tren de niños a la estación. Nos apeamos, cogiditos de la mano para no perdernos, Pepín, Tina, Tino y yo; menos mal que no llevábamos equipaje, pues nos hubieran faltado manos, porque no nos soltábamos. Seríamos, creo yo, unos ciento y algo..., nos dejaron a todos de pie en medio de un gran salón lleno de gente, que nos observaba con ojos lastimosos e impacientes. Un murmullo incesante impregnaba el ambiente de tal forma, que no nos dejaba oír lo que una señora, subida en una tarima, con unos papeles en la mano, intentaba comunicarnos. No se oía, pero.... sí que oí... oí nombres, varios nombres... y, de repente, llamaron a mi hermano; se lo llevan... ¡se lo llevan!, y al otro hermano... y a mi hermana... ¡se los llevan!
¡NO! ¡Que no!, ¡que mi madre me ha dicho que no me separe de ellos! ... ¡que no quiero! ¿Dónde están mis hermanos?..., mis hermanos... De repente, un señor y una señora se acercaron, me acariciaron, me consolaron... me dijeron que me fuera con ellos, que me ayudarían a encontrar a mis hermanos, -“pero mañana, porque ahora es de noche”-. Dormiría en su casa y al día siguiente los buscaríamos...Tuve que conformarme porque en la estación ya no quedaba casi nadie.
Aquellas personas eran buenas, me llevaron a una casa que me parecía muy grande y muy rara; pero allí había una habitación muy bonita con una cama preparada, exclusivamente, para mí. Dormí como muerta por el cansancio del viaje y las emociones de la llegada. Por la mañana fueron las presentaciones; a Estefanía y Antonio, si quería, podía llamarlos “mamá” y “papá”; a José, “tío”, porque era hermano del anterior. Lo de “papá” y “mamá” me sonaba muy bien y muy fino, pues en Asturias decíamos “pa” y “ma”; pero aquí, se ve, eran muy señoritos, me tendría que acostumbrar, pero me gustaba.


Alicante

La casa digo que era rara porque a la entrada se encontraban en un número de al menos ocho unas enormes tinajas. Había tres de aceite a la derecha, pintadas de amarillo y con un grifo cada una; debajo del grifo, una medida metálica y un embudo. Las de la izquierda, para vinos, eran de madera con unos aros metálicos, también con sus grifos, sus etiquetas y sus embudos. Observé muchas garrafas de distintos tamaños, un mostrador con varios cajones...
En la calle, a la entrada, se leía un rótulo que decía: “BODEGA ALICANTINA”.
El establecimiento no era muy amplio y me llamaron la atención una ventana y la puerta de la calle que se cerraban con persianas de hierro. Hacia adentro se encontraba la vivienda, también bastante reducida: un salón comedor, el dormitorio del matrimonio, mi dormitorio, la cocina y dos patios de luces.
En uno de los patios había una pila para lavar la ropa, un lavabo, un espejo colgado de la pared y un pequeño retrete con su puerta y todo. En el otro patio se tendía la ropa a secar y tenía alguna maceta con flores. Allí se accedía desde mi habitación y era donde yo jugaba y saltaba a la comba.
Pues, como me habían prometido, nada más levantarme me llevaron al local de alguna organización donde vi por segunda vez a la señora que, el día anterior, nos había distribuido por lista. Era Doña Manolita. Ella informó a mis nuevos padres, con todo detalle, sobre el paradero de mis hermanos. Pepín y Tino habían salido para Alcoy en compañía de las personas a las que los habían adjudicado, pero Tina estaba en Alicante, en el barrio de San Blas, muy “cerquita” de nosotros y enseguida podría verla.
Antes había que ponerme guapa. Me llevaron de compras, vestidos, zapatos, ropa interior, pijamas para dormir..., sólo entonces me di cuenta de lo ”ricos” que éramos. Zapatos negros de charol, zapatos blancos; un vestido de seda azul, claro con unas florecitas aplicadas alrededor del bajo y del escote. Otro vestido y otro..., calcetines..., los primeros que me ponía en mi vida. Quise una pulsera de cuentas rojas y luego un collar, y un bañador, y un albornoz. Todo se me antojaba...




Me cortaron el pelo y me dejaron flequillo, me pusieron lazos en la cabeza (de organdí), aunque no me gustaban porque los veía desmesuradamente grandes. Yo me sentía una señorita, pero ellos se empeñaban en que era pequeña. Creo que ni antes, yo diría que nunca, me había sentido pequeña porque siempre fui “la mayor”. Y así de renovada, guapa y desconocida me presenté a ver a mi hermana Tina. Ella también había tenido mucha suerte, le habían comprado de todo, hasta juguetes..., y su mayor suerte fueron sus padres, Juan y Emilia, a los que yo empecé a llamar “tíos”.
La tía Emilia era una mujer gruesa, con cara de bonachona y con un defecto en un ojo que no la afeaba, sino al revés, me parece que hasta le favorecía y daba a su mirada un aspecto distinto y entrañable. Trabajaba en la fábrica de tabacos. El tío Juan era un antiguo militar, estaba mutilado de una pierna por lo que usaba muleta, pero le encontraba guapo, alto, sonriente y cariñoso...; su casa, desde aquél día, pasó a ser mi segunda casa. Allí me pasaba el tiempo jugando con mi hermana. Recuerdo que tenían en el patio un palomar con muchas palomas. A ambos les cogí un cariño que el paso de los años no ha podido borrar.
A los hermanos de Alcoy tardé más en verlos, pero sé que nos encontramos y que ellos también vinieron a visitarnos a Alicante.
Íbamos mucho a la playa; yo nunca había visto el mar y debía tenerle bastante miedo al agua. Un día mi padre me dio un chapuzón, creí que me ahogaba  y ese temor me ha durado toda la vida.
Donde mejor lo pasaba era en Jumilla. Estefanía y Antonio habían nacido allí, eran murcianos. Enseguida me llevaron a conocer a toda su numerosa familia, a sus dos maravillosas familias, tan distintas, tan opuestas, pero tan adorables...
Antonio Guardiola provenía de una familia humilde y campesina; su padre era un labrador campechano, de los de blusón gris, pantalón de pana y alpargatas de suela de cáñamo, de toda la vida; su madre, la abuela Ana, una mujercita menuda, arrugadita, trabajada, con un pañuelo en la cabeza, ojitos vivarachos y sonrisa cariñosa; con todas sus ropas negras o grises, de faldones muy fruncidos, delantal y alpargatas negras también. La casita del pueblo, de piedra y adobe, mueble sencillo, escaso y antiguo..., y un corral. Sitúo a la abuela siempre en la cocina preparando cosas ricas y dulces para agasajarnos. Juana, la hija, casada; Paco, soltero, bastante delicado de salud y aún muy joven. Y José, que vivía con nosotros en Alicante, trabajaba en la bodega y se dedicaba a servir los pedidos a domicilio en una carretilla, porque la Bodega Alicantina vendía mucho al por mayor. Jumilla, calle Martín Guardiola, nº 72, aún me acuerdo, abuelos paternos.
La familia de Estefanía era otra cosa distinta. No sé cómo pudieron congeniar y casarse, seguro que sin el consentimiento de sus padres; socialmente eran opuestos. A Don Juan Requena ya no llegué a conocerle, había sido durante muchos años el único maestro de la única escuela del pueblo, respetado, importante, aburguesado. Su esposa, Enriqueta, una señora educada y elegante, la conocí ya muy mayor, pero seguía siendo muy distinguida. Tuvieron muchos hijos, Juan, Tomás, Antonio, Cristina, Estefanía, Emilia, Enriqueta, Amparo. Esos, que yo recuerde.
Juan y Tomás vivían en Valencia, éste último tenía una imprenta. Antonio era maestro y se hizo cargo de la escuela cuando el abuelo falleció. Me quería mucho, me regalaba libros y escribía tan bonito que yo intentaba imitar, en lo posible, su caligrafía. Lo movilizaron nada más empezar la guerra y enseguida lo mataron, por lo que pasé mucha pena. Al quedar la escuela nuevamente sin maestro, tomó las riendas de la docencia su hermana, la tía Emilia, que aunque no disponía de título, ejercía como si lo tuviera, por los años que estuvo ayudando en las labores pedagógicas, primero a su padre y después a su hermano, ya que los niños estudiaban todos mezclados en un solo aula, con distintas edades y diferente nivel de conocimientos. Las demás hermanas cosían, cocinaban, limpiaban; pero Emilia no, ella era la intelectual.
La escuela-vivienda estaba en la calle Cura Navarro, nº 11, todavía me acuerdo, y era un caserón enorme de regios muros y varios pisos. A la entrada, el aula con sus pupitres, su encerado, sus mapas colgados en la pared; más adentro, la vivienda. Abajo había una cocina, un comedor, un patrio..., a la derecha, una escalera de piedra ancha con barandilla de madera tallada. En el primer piso, un salón muy grande, con muebles extraordinarios, impactantes, que sin embargo, en aquel momento no me causaron muy buena impresión por lo antiguos, serios y tan trabajados. Tampoco me agradaba entrar en una capilla familiar que había en aquel piso. Las imágenes eran de tamaño natural, con aquellas caras cadavéricas, lágrimas en las mejillas de la Virgen, sangre en el cuerpo de Cristo, puntillas polvorientas en las vestimentas de aquellos santos. Me producían terror, a pesar de que todas las mañanas había que entrar allí y santiguarse, dar la vuelta y salir corriendo. Las habitaciones estaban más arriba y había varias, con muchas camas, baúles tallados, relojes de pared y de pié, cómodas con muchos cajones y tocadores con espejos en los cuales yo no alcanzaba a verme. Todos los muebles en su momento habían sido de mucho valor, pero con el paso de los años ofrecían un aspecto decrépito y lamentable, casi como la apariencia de toda la familia, que intentaba mantenerse al día, pero se iba desmoronando paulatinamente. Cristina se había criado con unos tíos y vivía con ellos. Hermana ella de su madre Enriqueta, tenían un negocio de zapatería y era donde me compraban el calzado cuando los visitábamos.
Enriqueta y Amparo también estaban casadas con dos hermanos comerciantes de la localidad. En la calle Cánovas del Castillo unos tenían una mercería y otros una sombrerería; sí, sombrerería, aunque parezca mentira, por aquél entonces se vendían muchos sombreros de señora y caballero. Ellos también eran muy importantes en el pueblo y yo me enorgullecía de tener una familia tan distinguida.
Pasábamos en Jumilla todas las fiestas de Navidad y Pascua y para Todos los Santos tampoco podíamos faltar porque había que ir al cementerio a visitar a los antepasados. Recuerdo ciertas desavenencias entre Antonio y Estefanía en relación con estos viajes por la tirantez entre las dos familias, cosa que creo debe durar hasta el día de hoy entre sus descendientes.

Nieves y Estefanía

La Nochebuena la recuerdo en casa de la abuela materna, con más de veinte comensales a la mesa; venían hasta los de Valencia, se comía el pavo; el vino en Jumilla, me figuro que sería bueno. Los turrones, mazapanes, magdalenas, dulces, todo era casero, riquísimo.
Pero lo mejor era que se cantaban villancicos, muchos villancicos... Primero los tradicionales y después los familiares, inventados por cada uno para criticar y meterse con sus íntimos; algunos tenían un fondo que yo no acababa de comprender; hoy me lo figuro, eran picantes. A mí también me los componían, me cantaban coplas y villancicos, me llamaban “la asturianica” y les hacía mucha gracia mi forma de hablar cuando decía “comilo”, “dijístemelo”, “sopes”, “ficimos”..., todos me querían mucho y disfrutaban al ver a Estefanía contenta con una hija que siempre había ansiado tanto tener y por fin le había llegado ya un poco crecidita. Ella me necesitaba, creía que yo llenaría el vacío que existía en su matrimonio; pero el vacío no era sólo por la falta de un hijo.
Guardiola, en el pueblo y aun de soltero, se había comprometido con gente que destacaba por su ideología opuesta al régimen empeñada en defender al obrero y al campesino, dispuesta a luchar por la justicia y contra la explotación. Aquel pueblo se le quedó pequeño y fueron a vivir a Alicante, donde se metió de lleno en la organización de las primeras células del Partido Comunista. Trabajaba de panadero por la noche y estudiaba magisterio por el día. Para ayudar a la escasa economía familiar Estefanía cosía y bordaba a máquina, que era lo que había aprendido en la adolescencia, como casi todas las chicas de aquel entonces preparadas para ser buenas amas de casa.
En 1933, Antonio Guardiola, activo en la lucha por sus ideales, fue encarcelado. Ella sufrió mucho, trabajó duro para poder pagar la renta del pequeño piso que ocupaban y llevarle a él algo de comer a la cárcel. No sé cuanto tiempo permaneció en prisión, pero cuando me recogieron a mí a principios de 1935, solidarizándose con la causa de los mineros asturianos, otra vez estaba dedicado de lleno a la lucha de las organizaciones obreras. En la bodega llevaba la contabilidad, pero el trabajo duro se lo hacía su hermano José, y Estefanía era la que permanecía en el mostrador despachando a granel aceites y vinos de diferentes precios. Tanto es así que yo, los primeros días, me veía negra para distinguir quién de los dos era mi papá. El verdadero casi nunca estaba en casa y vestía más elegante; el que llevaba un guardapolvo gris era mi tío y yo hacía lo posible por no confundirlos.
Fui a la escuela pública, primero, con un maestro buenísimo simpatizante de la Revolución, Don Manuel. Como yo iba un poco retrasada en relación a mi edad, hizo lo posible por ponerme al día y, con el esfuerzo de los dos, ingresé en el Liceo Francés tan adelantada como los demás.
De vez en cuando hacíamos algún viaje a Alcoy y una vez me llevaron a visitar una fábrica de muñecas en Ibi. Allí vi como las hacían, las montaban, las vestían..., pero mi gran sorpresa fue el regalo que me tenían preparado: era una muñeca tan grande que podía llevarla de la mano. Estaba vestida de asturiana, con su pañuelo en la cabeza y un cubo en la mano, la falda roja con cintas negras, fruncida; llevaba un mandil, su blusa, su corpiño. Me hizo tantísima ilusión que fue la única pérdida que sentí, de verdad, cuando años más tarde abandonábamos Alicante con “lo puesto”.


Perfil del Monte Benacantil, donde se sitúa el Castillo de Santa Bárbara, conocido como la Cara del Moro

También venían a visitarnos a menudo Tino con sus padres Fermín y Encarnita, íbamos a la playa y lo pasábamos muy bien, sobre todo por los encuentros.
Yo era muy feliz, me sentía importante y hasta rica, cuando veía las cestitas de la calderilla llenas en el cajón del mostrador. Un día Estefanía me explicó que todo aquel dinero no era nuestro, era para pagar las facturas que nos llegaban de las bodegas y los almacenes de aceite. Fue una decepción para mí. También vendían sobrasada de Mallorca y tenían las barras colgadas del techo. Mi gran ilusión fue sacarme una  fotografía subida en una escalera y rodeada de aquél embuchado manjar para que mi madre viera que no pasaba hambre. El primo Albert que venía de Argel, donde ejercía de profesor en al Universidad y tenía máquina de fotos, me sacó aquella fotografía y mi madre la recibió.
Manteníamos el contacto. En una ocasión llegó desde Asturias mi tío Benito (el marido de Veneranda) que, como era ferroviario y podía viajar gratis, nos vino a ver y a conocer a nuestros padres adoptivos para luego informar a mi madre de nuestra situación. Otro día fue ella misma la que decidió comprobarlo y, con Jesús en brazos, ansiosa por vernos y con el dinero justo para el viaje, tomó el tren para Alicante, adonde llegó  a principios de 1936.En la estación la estábamos esperando mis padres y yo. Nerviosa y preocupada por si no la reconocía, sabía que cuando apareciera una señora de negro, con un niño en brazos, esa sería mi madre. El encuentro fue de lo más emocionante, sobre todo para ella. Después nos fuimos todos a casa de Tina donde se instaló unos cuantos días. Una vez convencida de lo bien que nos encontrábamos y la buena gente que se había hecho cargo de nosotros, prosiguió camino hasta Alcoy para encontrarse con mis otros dos hermanos. Pensaba pasar allí una temporadita antes de regresar a Asturias y, cuando las cosas mejoraran un poco, reunirnos de nuevo a todos en La Pereda. Nos llevaría con ella porque el acuerdo con el Socorro Rojo había sido de ayuda provisional, de acogernos sólo temporalmente.

Puerto de Alicante  (1935)

Pero las intenciones son una cosa y la realidad otra muy distinta. Nadie puede presumir hacia dónde le va a encaminar el destino, ese desconocido, ignorado, inimaginable, que nos trata como un papelito zarandeado por el viento, que nunca se sabe dónde te va a dejar caer. Tú te revelas, luchas contra los azotes, te sobrepones y, entre tanto eres joven y fuerte, algunas veces lo vences. Mientras bombee el corazón y el cuerpo aguante, no se sabe lo que una persona es capaz de resistir. Al final tú mismo te sorprendes de haber vivido tanto, siendo la vida tan corta.
Esa era la situación en mi entorno familiar e íntimo; pero si nos ponemos a analizar los acontecimientos políticos y sociales que nos rodeaban, vemos que el ambiente estaba muy recargado y los desencuentros entre derechas e izquierdas, republicanos y monárquicos, se sucedían precipitadamente.
En 1923 se produjo una sublevación militar que ocasionó la implantación de un régimen dictatorial encabezado por el Capitán General Primo de Rivera. Este acto fue aceptado por el Rey como hecho consumado y, durante los siete años que duró la dictadura, fue suspendida la vigencia de la Constitución de 1876 y anulados todos los esfuerzos del Estado por gozar de un reposo político basado en la estabilidad  que la existencia de la ley constitucional debía proporcionar.
Se sucedieron gobiernos  de corte militar y civil, pero en todo caso bajo la presidencia de Primo de Rivera. Se encontraban suspendidos los derechos políticos indispensables, había rigurosa censura de prensa y estaba anulada toda libertad de acción, por otro lado las propias condiciones políticas de cualquier régimen dictatorial.
El problema político planteado dio lugar a que se reorganizase la opinión republicana, engrosada por socialistas y algunos liberales y conservadores de la monarquía que no vieron otra salida más que la de la República. Estalló un movimiento revolucionario republicano, dirigido en su mayor parte por fuerzas militares y de clase obrera. La crisis gubernamental era muy difícil de resolver, socialistas y republicanos pedían unas verdaderas Cortes constituyentes. La opinión pública y los estudiantes protestaban contra la dictadura y los gobiernos que le habían sucedido sostuvieron frecuentes y continuas luchas con la policía.
En las elecciones del 12 de abril de 1931 los electores dieron la mayoría a los republicanos y socialistas, y el día 14 de abril se proclamó la República en España.
Se pidió al Rey que abandonara el país, cosa que hizo esa misma tarde. D. Alfonso XIII se decidió a partir con carácter urgente. Se dijo que su salida fue necesaria para evitar una lucha sangrienta.


Nieves Cuesta

A los republicanos les fueron transmitidos los poderes de manera absoluta y pacífica. El gobierno que tomó la dirección de modo provisional estuvo constituido por socialistas y representantes de diversos partidos de la derecha y de la izquierda. El gobierno se reorganizó bajo la presidencia de D. Manuel Azaña. Se elaboraron muchas leyes importantes y se promulgó la Constitución del 9 de diciembre de 1931, pero hubo varias crisis gubernamentales.
Las Cortes fueron disueltas, por segunda vez, en octubre de 1933. Luchaban por el poder socialistas y  republicanos de izquierdas, muy divididos entre sí, por lo que ganaron las derechas que gobernaron con distintas combinaciones parlamentarias hasta 1936. Este año, una fuerte mayoría de izquierdas bajo la dirección de Azaña apoyada por socialistas, comunistas y sindicalistas, propició la formación de la coalición “Frente Popular” que se comprometió a formalizar reformas políticas y sociales para todo el pueblo.
Desde febrero de 1936 la mayoría de los jefes y oficiales del ejército regular, en combinación con los monárquicos derrotados, también con los antiguos carlistas, con el alto clero y otros elementos sociales de opiniones derechistas, trabajaban ocultamente para organizar un movimiento que derribase no sólo al gobierno del Frente Popular sino también al régimen republicano. Los argumentos que alegaban eran diferentes, pero sobre todo lo explicaban por la violencia y agresiones injustificadas producidos contra conventos e iglesias provocados por elementos perturbadores enemigos de la República. También por el estallido en Asturias de la revolución popular, cuyos elementos instigadores fueron en su mayoría socialistas y agrupaciones obreras de izquierdas.
Temían a la importancia adquirida por los partidos populares extremistas y a la influencia de los comunistas de orientación rusa. En realidad, el propósito era derrocar la segunda república española y volver al régimen monárquico.
El levantamiento contra la República estalló el 17 de julio de 1936 en Marruecos y el día 18 en la península.
Los sublevados se apoderaron de una gran parte de España. Sin embargo Madrid, Cataluña, Valencia, Málaga, Almería, Albacete, sur de Andalucía y Castilla la Nueva, así como Asturias, Cantabria, la zona vasca hasta la frontera francesa, el levantamiento fue dominado por las masas populares y algunos militares fieles al gobierno.
La guerra civil, 1936-1939, había comenzado.

Cuando la dictadura del General Franco vino a sustituir a la Junta de Burgos, primer gobierno militar de los sublevados, sus seguidores tomaron el nombre de “franquistas”, luego de “nacionales” y los otros.... “los rojos”.


(Todos los datos relacionados con este corto período de la Historia de España han sido tomados del libro “Manual de la Historia de España” de Rafael Altamira).
Guardiola participaba activamente en todos los acontecimientos políticos que envolvían al país. El partido comunista iba germinando en la base del descontento y la decepción de las masas y, sobre todo, en la región valenciana adquiría enorme fuerza. Aún con profundos desacuerdos con los socialistas y anarquistas, formaron bloque común en el “Frente Popular” y, gracias a esta unión y a la posición estratégica de Valencia en el Mediterráneo, toda la región resistió el embate golpista. Durante los tres años que duró la guerra civil el puerto de Alicante sirvió de punto de descarga y abastecimiento para toda la zona republicana. Llegaban barcos con soldados, armas y alimentos de los países europeos, sobre todo de Rusia, que intentaban ayudar a la causa. Y así hasta última hora; por ello, el puerto de Alicante, pasó a la historia como último baluarte del repliegue y fin de los caminos de la derrota.
Ese 18 de julio nuestra vida familiar sufrió un vuelco total. Mi madre Mercedes, que se encontraba en Alcoy, ya no pudo volver a Asturias e incluso durante mucho tiempo perdió todo contacto con la familia del norte, incluso con mi hermana Meyos, que entonces estaba con mi abuelita Vicenta, quien hizo por ella todo lo bueno que pudo.

Estefanía

Mi madre se puso a trabajar, alquiló algún piso con cuatro trastos viejos y, con Jesús pequeñito, siguió chapoteando en las aguas turbulentas de la vida, algunas veces sumergida, ahogándose, y otras saliendo a flote y nadando en aquel triste e interminable padecer.
Mi papá, como yo llamaba a Guardiola, no fue al frente. Era el Secretario General del Partido Comunista de Alicante, dirigía la Federación Campesina, órgano que se dedicó durante toda la guerra a agrupar a los campesinos y abastecer el frente de lo indispensable. Se apoderaron de la tierra, y yo creo que imitando a los “koljoses” rusos, formaron unas colectividades que, sin duda, alcanzaron una nueva forma de productividad. De Alicante salían trenes enteros llenos de sacos de almendras, pasas, lentejas, frutas, todo para el frente. Íbamos a la estación a despedirlos, Guardiola se hizo con un coche requisado y tenía su propio chofer. Iba de pueblo en pueblo “echando mítines”, haciendo reuniones, organizando la Federación. Algunas veces nos llevaba con él a Estefanía y a mí, y recuerdo lo orgullosa que me sentía al oírle hablar tan maravillosamente, tan importante, tan preparado, tan convincente él..., casi siempre lo sacaban a hombros, como a los toreros después de una victoriosa corrida. Claro, a continuación nos llevaban a alguna masía y en la calle organizaban unas comilonas muy buenas, auténticas paellas populares; a lo largo de las mesas se colocaban unas cuantas y, entonces no se usaban platos, todos comíamos “a rancho”. Aquellas sí que eran verdaderas paellas alicantinas acompañadas de buen vino. Yo, como niña, no lo probaría, pero si sé que se enorgullecían de poder agasajar a Guardiola con los manjares de la tierra. Y a la vuelta traíamos para casa sacos de naranjas, almendras y pasas que, comidas juntas, recuerdo estaban muy ricas; supongo que entonces, porque había hambre, pero creo que incluso hoy, tampoco deben de saber nada mal.
Estefanía se vio obligada a vender la bodega. El tío José fue movilizado y tuvo que ir al frente, de donde no volvió nunca porque lo mataron al poco tiempo.
Alquilaron el primer piso del mismo edificio, subieron los muebles y con el poco dinero que sacaron de la venta sobrevivimos los años de guerra, ya que Guardiola, por su trabajo, no cobraba un real. Yo me dedicaba a estar en las colas del pan. Es horroroso pensar cómo de la noche a la mañana se puede pasar de la abundancia a la precariedad, de tenerlo todo a no tener nada, ni las cestitas de la calderilla siquiera.
También me hice activista, primero en “los pioneros” que, como hija de Guardiola, disfrutaba de cierta autoridad. Después en “Mujeres antifascistas”; allí íbamos a coser para el frente, a escribir cartas a los soldados y a tejer y confeccionar jerséis. Por la tarde me metía en el despacho de la Federación Campesina a aprender a escribir a máquina, yo sola, cumpliendo con los deberes que mi papá me marcaba.


Antonio Guardiola

Estefanía me llevaba a la playa porque a ella le gustaba mucho nadar, mientras tanto yo tomaba el sol y jugaba en la arena, pues al agua seguía sin atraerme.  Pero esto se acabó, no tuvo mas remedio que acabarse cuando, sobre todo el último año de guerra, los aviones se ensañaron bombardeando día y noche el puerto de Alicante, aquel puerto donde desembarcaron las “Brigadas Internacionales”, armas y material sanitario. Por bombardear el puerto, destruyeron también casi toda la ciudad.
Sonaba la sirena de alarma hasta dos y tres veces al día. Se construyeron refugios en casi todas las plazas, socavando el subsuelo y cubriéndolo con cemento y hormigón. Los dos castillos de la ciudad estaban minados; nosotros accedíamos por unas cuantas entradas y pasillos en zigzag alumbrados por tenues bombillas que acababan apagándose en cuanto caía una bomba cerca y fundía la luz. Al fin  llegábamos a la profundidad de aquel espantoso camino que nos conducía a las entrañas de la tierra donde nos creíamos a salvo. Allí tenemos pasado noches enteras, acurrucados unos contra otros; yo abrazaba a Estefanía escuchando llantos de niños, lamentos de protesta, maldiciones a los canallas fascistas. Tiritábamos de frío y de terror y temíamos que al volver a casa pudiésemos encontrar sólo un montón de escombros. Desde mi casa al castillo corríamos por toda la calle cuesta arriba cuando sonaban los pitidos de las sirenas, bajo los estruendos de las explosiones de las bombas y el ruido ensordecedor de los motores de los bombarderos. Primero el susto, después el terror y a continuación la fatiga de la carrera y el miedo; donde te pillase la alarma tenías que correr hasta alcanzar el refugio más próximo y, aún así, muchas veces no daba tiempo a llegar. Ese fue un período peligroso e imborrable de mi vida.
Teníamos una radio y escuchábamos los partes de guerra que intentaban animar a la población, influir moralmente en la retaguardia para que la gente trabajase y apoyase con su esfuerzo. Las mujeres ocuparon los puestos de los hombres y hasta lucharon en primera línea como valientes; pero las noticias de las otras regiones de España no eran muy satisfactorias, llegaban multitud de refugiados, sobre todo de Andalucía, donde el ejército republicano iba perdiendo terreno. Madrid no se rindió, hubo luchas encarnizadas, duras y prolongadas, destrucción y muerte, pero no la conquistaron. Fue cayendo el Norte, Asturias...
Alemania e Italia ayudaron a los nacionales; la URSS fue el único país que se comprometió con la República y en este bando también lucharon heroicamente las “Brigadas Internacionales”.
Yo conocía por el nombre y apellidos a todos los compañeros de mi padre. Alicante era entonces una población pequeña y las familias de los camaradas estaban muy relacionadas y unidas. Estaba muy orgullosa de dos cosas: la primera por ser la asturiana huérfana de la revolución y la segunda por ser hija de Guardiola. Por estas dos razones, a mí también me conocía todo el mundo.
Mi padre era un luchador convencido, ahora me doy cuenta, que pecó siempre de fanático, tenía fe ciega en la victoria y creía profundamente que la dictadura del proletariado llegaría a nuestro país, como había sucedido en la Unión Soviética. Aquél era su ideal. No había estado nunca allí y sin embargo nos hablaba de la Plaza Roja como si la hubiera paseado, y de Stalin, y de la enseñanza, y de los “koljoses”. Creía que un régimen comunista era la solución para España y por ello luchó toda su vida, se entregó de lleno, se sacrificó él y sacrificó a toda su familia, por su causa y sus ideales. Yo le quería más que a Estefanía, le admiraba. En cambio ella era muy gruñona, me reñía mucho y le insultaba a él con reproches y ataques de celos. Ahora, después de toda una vida, comprendo las razones que debía tener para sus quejas como esposa y ama de casa.
Yo notaba el cambio físico que en mí se estaba desarrollando de día en día. Precisamente en aquellos tres años trágicos de preocupación, escasez y miserias, me hice mujer. El cambio no sólo fue físico; mi mentalidad también iba evolucionando y tomaba conciencia de la situación y circunstancias que me rodeaban. Vivía apasionadamente todos los acontecimientos históricos y políticos que ocurrían, porque además, el ambiente en que me desenvolvía lo propiciaba. Mítines, reuniones de partido, actos benéficos, conversaciones diarias en casa, todo me mantenía al día de la situación.
No sé que temor empezaba a respirarse en el ambiente a mediados y finales del año 1938. Las desavenencias entre los partidos de izquierdas sobre las estrategias a seguir en el rumbo de la guerra eran cada vez más notables. El dilema en que se encontraba la zona republicana en aquellas fechas era, o negociar una paz para evitar más derramamiento de sangre y salvaguardar la vida de los vencidos, o con enorme voluntad de todo un pueblo en armas prolongar la lucha. Ante esta disyuntiva, en marzo de 1939, el inepto Coronel Casado, apoyado por algunos sectores anarquistas y algunas personalidades del PSOE, se subleva contra el gobierno de la república presidido entonces por el socialista Negrín.
Una parte del ejército Popular se opone a esta sublevación. Se lucha encarnizadamente en Madrid. La nueva Junta de Defensa ordena la caza de los comunistas, que son detenidos a millares y muchos son entregados a Franco. Guardiola y todos sus compañeros tuvieron que esconderse y yo, sin comprender nada de lo que sucedía, tenía que llevarles una cesta con comida a un sótano que les servía de refugio. Recuerdo que pasaba mucho miedo y me temblaban las piernas, además de que la cesta pesaba mucho. Estefanía me aseguraba que de mí nadie iba a sospechar nada.
Se produce la rendición de Casado a Franco. La derrota, convertida en catástrofe indescriptible, se precipita sobre el pueblo y el ejército. Los sublevados ambicionaban la gloria de haber logrado la paz y no previnieron que ésta iba a costar más sangre que si la derrota hubiera sido por batalla militar. La sedición de Madrid fue tan reprobable como la sublevación que promovió el comienzo a la guerra.
El masivo éxodo había comenzado y la huida era normalmente hacia la costa, en su mayoría hacia Alicante. En febrero de 1939 una interminable caravana de heridos, mutilados, madres con niños, ancianos, soldados que consiguieron llegar hasta Cataluña, cruzaron la frontera por el Pirineo, ateridos de frío, hambrientos, agotados, rodeados de dolor  y muerte. El cansancio se apoderaba de ellos y el agotamiento los iba dejando caer a la orilla del camino. Primero abandonaban los pocos enseres que llevaban a cuestas y luego se derrumbaban los más débiles y heridos, muchas madres perdían a sus hijos rezagados en el interminable caminar  y nadie podía detenerse a ayudarles. Además, los aviones constantemente sobrevolaban a ras de tierra y ametrallaban a la desfallecida muchedumbre. Se filmaron algunos reportajes en aquel entonces, que vistos, hoy despiertan indignación y vergüenza; no se puede concebir hasta dónde es capaz de llegar la degradación del género humano. Después de esta angustiosa huida, a los que consiguieron llegar a Francia, no les esperaba mejor recibimiento.
Esta sería una de las páginas más tristes de la historia de la emigración española. Pero ya he dicho antes que hubo otro éxodo, el último, al cual se aferraron todos los rezagados de la zona republicana en una desesperada huida a sabiendas de lo que les esperaba si no conseguían su fin: la represión, la cárcel, los fusilamientos y las torturas. Ese lugar fue Alicante y ese punto concreto, el muelle de Alicante.

La Puerta del Mar (Abril del 39)

La República se hundía; pudo haberse salvado entonces resistiendo, pero la sublevación de Casado, su actitud entreguista y su frustrada política  de “paz honrosa” precipitaron los acontecimientos  y privaron a los republicanos y comunistas de todas las posibilidades de repliegue ordenado, de evacuación y defensa.
Abandonaron España con destino al largo exilio dirigentes políticos y sindicales, científicos y escritores, artistas, militares... Desde el improvisado aeródromo de Monóvar (Alicante), donde se hallaba instalado el gobierno, emprendieron vuelo hacia Orán Rafael Alberti y María Teresa León, Dolores Ibarruri y casi todo el Comité Central y el propio Negrín con parte de su gabinete. Los frentes se desgajaban irremediablemente.
A partir del 28 de aquel agónico mes de febrero de 1939, día en que las tropas nacionales ocuparon Madrid, millares de civiles y soldados procedentes de todos los frentes de combate, temiendo a las represalias, alcanzaron, por los más diversos accesos, la capital alicantina, la cual se había convertido de hecho en la postrera posibilidad de salvación. Pocos eran los que iban a satisfacer sus comprensibles aspiraciones. Buscaron su esperanzadora huida en el puerto, que a la mayoría sirvió después de cepo atenazador.
Protagonistas de aquella dramática situación también fuimos nosotros.
En tan difíciles circunstancias, la operatividad del comité provincial se vio desbordada y bloqueada, pero tuvo la serenidad suficiente para designar a compañeros que no hubieran tenido actuaciones públicas destacadas, que debían permanecer en sus puestos con la misión de reorganizar el Partido Comunista en la clandestinidad. Los demás debían iniciar una expatriación forzosa.
Al parecer, a mí intentaron llevarme con mi madre a Alcoy, pero no quise. Acepté correr el riesgo de la aventura que significaba el viaje a Francia. Estefanía metía en las maletas ropa y todo lo que creyó necesario en aquella indefinida partida. Guardiola, mientras tanto, se ocupó de pasaportes y documentación reglamentaria, intentando legalizar su futura situación. La desazón crecía por minutos. El día 28 de marzo por la mañana partirían el matrimonio y otros camaradas en el coche de Guardiola hacia Cartagena, donde debíamos coger un barco. Más tarde pasaría a recogernos otro coche a mí, mi tío Paco, que al parecer también se exiliaba y las maletas. Y así fue. Llevábamos maletas también de otras personas.
Viajábamos con dificultades de tráfico, interminables paradas, registros de maletero, controles de documentación cada pocos kilómetros. El caos era notorio y ya no distinguíamos a qué bando pertenecían los soldados que deambulaban. Así nos pasó casi todo el día camino de Cartagena.
No recuerdo en que pueblo fue, tuvimos que contactar con alguien y el recado que nos había dejado Guardiola era tajante: regresar a Alicante y encontrarnos en el puerto. La marcha atrás fue rápida. Sabíamos que las tropas enemigas se dirigían a la capital, que era el último suspiro de la agonizante libertad y la sensación de desamparo sin mis papás nos atenazaba la garganta a mi tío y a mi.
Llegamos ya de noche, llovía. El coche se vio obligado a detenerse antes de entrar en el puerto. Paco me cogió de la mano y rompiendo muchedumbres, abriéndonos camino entre la gente que abarrotaba todos los alrededores y que ansiaba lo mismo que nosotros, conseguimos entrar en el recinto. Pero ¿y mis papás?, ¿quién sería capaz de encontrar a nadie en aquel desorden? Además se exigía documentación y yo no la tenía, Paco sí. Desconcertados, sin saber qué hacer, topamos con un golpe del destino, encontramos a un matrimonio del Partido muy conocido, Santacreu y Pepita que, al vernos en tal situación, me incluyeron allí mismo en su pasaporte, como hija.

Buque carguero salvador Stanbrook
 

La primera barrera fue vencida, pero más adentro, la muchedumbre se replegaba en dirección a un único barco atracado en el muelle, un carguero inglés, un carbonero de nombre “STANBROOK”. El vapor ya estaba abarrotado de gente en cubierta, la escalerilla taponada y miles, sí, miles de personas abriéndose paso hacia aquella inaccesible escalerilla de la salvación. Me perdí de Pepita y su marido, pero recuerdo que Paco no me abandonó, no me soltó de la mano en ningún momento. ¿Qué hacer? El tendría entonces 18-19 años, cuando la imaginación y la fuerza responden a cualquier llamada. Se dio cuenta de que la gente del barco tiraba cuerdas e izaba a bordo a los desesperados del suelo y percibió en ello la solución. Me mandó no moverme de allí y desapareció. Al rato, cuál no sería mi asombro y alegría, cuando asomado a la cubierta me llamó, me tiró una cuerda y me gritó: “¡agárrate fuerte!”. Me agarré como una lapa al destino que me brindaba una mínima posibilidad de sobrevivir. Y digo bien, sobrevivir, porque de no haber montado en aquél último barco hubiera corrido la misma suerte de miles de personas, mujeres, mujeres con niños, hombres... Quedaron todos con la esperanza de subir a bordo de la libertad y del exilio en otros hipotéticos barcos que nunca llegaron. Muchos optaron por quitarse la vida, como último acto de protesta contra el fascismo. Algunos prefirieron tirarse al agua o pegarse un tiro antes de caer en manos de los vencedores franquistas.
Los que quedaron atrapados en aquél callejón sin salida fueron conducidos a improvisados campos de concentración y sufrieron sobre sus carnes todas las penurias de la represión franquista, cárceles, torturas, violaciones, fusilamientos, ... inenarrable, atroz. Después de cachearles y quitarles hasta los objetos personales, después de aquel expolio, fueron conducidos entre una doble fila de soldados moros que les apuntaban con fusiles y ametralladoras, unos al lamentablemente conocido “Campo de los Almendros”, al Castillo de Santa Bárbara otros, y hasta la Plaza de Toros fue utilizada como prisión provisional sin las más mínimas condiciones de supervivencia para aquella multitud desvalida. El puerto se había convertido en una trampa para miles de republicanos que comenzaron ahí las vicisitudes de la represión franquista.

La tragedia de los refugiados del puerto de Alicante fue la agonía de la República,
30 de marzo de 1939.

Pero Paco y yo estábamos a salvo.
Embarcados en el Stanbrook salimos 2.638 personas, más o menos.
¿Dónde estarían Guardiola y Estefanía?
Aquella noche la pasamos acurrucados en un rincón de la cubierta, muertos de frío por las bajas temperaturas y de miedo porque durante las primeras horas nos vimos perseguidos y bombardeados por el “Cervera”, crucero franquista, que junto al “Canarias” ayudaron a la ocupación de los puertos españoles más importantes cuando las fuerzas terrestres de los nacionales conquistaban las ciudades. Tras varias millas de persecución, por suerte, sólo las salpicaduras de agua ocasionadas por los obuses nos alcanzaron. Ni siquiera sabíamos que íbamos en dirección a África, y no a Francia; tan hacinados nos encontrábamos que nos servíamos de abrigo mutuamente.
Noche interminable e inolvidable.
Hasta que amaneció.
Por la mañana tomamos conciencia de la situación; todo el mundo buscaba a alguien o algo que había perdido la noche anterior y mi tío también se puso en movimiento, aunque con pocas esperanzas.... y, de repente, el azar nos brindó otra de sus felices casualidades: encontramos a Francisco Ferrer deambulando por cubierta y respirando el aire fresco de la mañana.
Ferrer era un íntimo compañero de partido de mi padre.  Se sorprendió al vernos y él mismo no lo creía:
-¿Qué hacéis aquí? – Resulta que en la bodega, junto con su mujer Enriqueta y otros camaradas, estaban también Guardiola y Estefanía. Fue como si el cielo se nos hubiera abierto a los dos. Yo rompí a llorar.
Bajamos como pudimos con él a aquel maloliente y oscuro sótano, lleno de gente amontonada e indefensa, todos sentados y acostados sobre los restos de carbonilla húmeda, porque el barco, al fin y al cabo, era un carbonero.
El encuentro fue emocionante para todos y sólo hubo un momento de confusión y apuros cuando Estefanía nos preguntó por las maletas. Quedamos sólo con lo puesto y los pocos enseres que mi mamá había dispuesto desaparecieron para siempre.
 

Capitán Archibald Dickson del Stanbrook cuyas decisiones de sobrecarga de fugitivos y estratégicas de travesía a Orán consiguieron salvar tantas vidas de víctimas potenciales


No recuerdo los días que duró la travesía, pero nos enteramos que nos dirigíamos a Orán, al norte de África, en vez de a Francia.
Sé que nos daban rebanadas de pan untadas con leche condensada y que escaseaba el agua.
También tuvimos dificultades para desembarcar. Las autoridades no concedían el permiso necesario y hasta intentaron devolvernos a España. Con Franco ya definitivamente instalado y su régimen de represión en marcha, habrían acabado con nosotros rápidamente.
Pasamos un mes (me he enterado después) parados a unas millas del puerto mientras se aclaraba la situación y los organismos internacionales gestionaban nuestro desembarque.
La espera se hizo muy larga, no sé qué comíamos y las condiciones sanitarias se hacían insoportables. Alrededor del barco se organizó un mercado de moros, que desde barquitas nos vendían pan y comida indispensable y con cuerdas la izaban al barco, después de haberles descendido el dinero.
Por fin, nos concedieron el permiso para arrimarnos al puerto y desembarcar, nosotros y la mayoría de la gente ligeros de equipaje. Ya en tierra, separaron a los hombres de las mujeres y los niños, sin darnos tiempo ni para despedidas.
A los hombres los llevaron a un campo de concentración ubicado en una playa, rodeado de alambradas, a la intemperie y con sólo el mar y sus aguas asequibles para el aseo y las necesidades, muchos heridos y enfermos morían a diario por las pésimas condiciones, la humedad, el hambre...
A nosotras, mujeres, a Estefanía y a mí nos metieron en una cárcel vacía y abandonada a las afueras de Orán, donde tampoco hubiésemos podido sobrevivir durante mucho tiempo. Pero, por lo menos teníamos colchonetas y un techo que nos protegía. Las celdas eran enormes, de unas 20 ó 30 personas, con las paredes muy altas y unos ventanucos con rejas arriba, cerca del techo, por lo que la luz y el sol penetraban escasamente y los muros de piedra rezumaban humedad. No había luz eléctrica, de modo que nuestra jornada diaria dependía del sol. Unos pasillos enormes que infundían pavor y unas escaleras de pocos peldaños por las que descendíamos a unos patios muy grandes, de muros muy altos, desde dónde sólo se veía un trozo de cielo. En esos patios había calderos y palanganas y agua corriente, fría como el hielo, para que nos aseáramos. Una vez al día pasaban unos hombres con unas ollas enormes sobre ruedas, nos echaban un “cacilllo” por persona, de un potaje incomible y repugnante, que sé que me costaba lágrimas tragar. Por las tardes dejaban entrar al patio principal a las visitas, que generalmente, eran franceses y españoles residentes en Orán, simpatizantes de izquierdas.
Algunos traían noticias de los familiares, hombres del campo de concentración y otros, algunas galletas, pan, leche condensada, chocolate...; alrededor de estos últimos se formaba un tumulto de manos estiradas en corro suplicando su ración. Casi todas las manos eran de niños, claro, por respeto de los mayores. Yo ya era una mocita, además cobarde y tímida, así que aunque Estefanía me obligaba a arrimarme y suplicar, me moría de vergüenza y rara era la vez que conseguía algo. Encima me esperaba la “regañina” de mi mamá.
No recuerdo bien cuántos meses pasaron, tal vez dos o tres, pero aquel infierno se hacía insoportable. Algunas personas murieron, y recuerdo cuando traían unas cajas de cuatro tablas mal clavadas, introducían en ellas sus cuerpos y se las llevaban los moros. Todo tiene su comienzo y su final y tras muchos días de negros nubarrones, rayos y centellas, siempre amanecerá otro con rayadita de sol, su luz y su calor. Así fue.
Amaneció un día de esos en que cambia el rumbo de nuestro destino y del que depende el futuro de nuestras vidas.
Ese día vino alguien a llamarnos a nosotras y a algunas más como, por ejemplo, a Enriqueta, la mujer de aquel Francisco Ferrer que nos descubrió en la cubierta del barco. Nos llevaron a una pensión céntrica de la ciudad y allí estaban esperándonos nuestros maridos y padres, sólo unos cuantos, sólo los elegidos y afortunados. Eran todos destacados miembros del Partido, dirigentes, que por mediación de los organismos internacionales comunistas habían conseguido un salvoconducto a la URSS, el país del  proletariado, el paraíso del trabajador, el régimen socialista único en el mundo que, después de la Revolución de 1917, había implantado la igualdad, la justicia, el derecho al trabajo y a la instrucción, habían repartido la tierra entre los que la trabajaban y habían anulado para siempre la explotación, la esclavitud y la propiedad privada.
El gobierno de trabajadores y campesinos, bajo la dirección del Partido Comunista y su indiscutible y único jefe, Stalin, habían hecho desaparecer todo indicio de régimen capitalista e instalado las bases para que unidos todos en la gran familia de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, nadie en el mundo pudiera superarlos en productividad y bienestar. Eso era lo que Guardiola nos explicó para que llegáramos preparados a comenzar una nueva vida en la URSS.
Nos metieron en un barco especial rumbo a Marsella a un grupo bastante numeroso, sobre todo matrimonios y algunos niños. Unas 150 personas. Fue emocionante nuestra travesía hacia el norte, a todo lo largo de la costa levantina y no muy lejos de las Islas Baleares que divisábamos claramente en el horizonte pensando que sólo un poco más allá, fuera de nuestra vista, se encontraba Alicante, nuestro querido y perdido Alicante.
Aquel barco debía ser especial para refugiados republicanos porque sus bodegas estaban repletas de fardos de ropa de todas clases, de caballero, de señora y de niño, calzado, abrigos, vestidos, trajes, jerséis, ropa interior, absolutamente de todo. Debían de ser donativos de la gente porque era ropa usada, pero en muy buen estado y limpia.
Nos dijeron que cogiéramos lo que nos viniera bien y lo que nos hiciera falta. No puedo expresar con palabras la sensación que tuve al verme sumergida en aquella abundancia, encaramada en aquel montón de fardos, rebuscando a mi medida y gusto. Los demás estaban haciendo lo mismo con el mismo afán. Aparecieron maletas que nos ocupamos de llenar con todo lo necesario y yo me sentí feliz. Con mis casi catorce años escogí lo que me gustó, me vestí de mujer sin que Estefanía me impusiera colorido ni hechuras infantiles como hasta entonces había hecho. Y lo principal que recuerdo, me busqué mis primeros zapatos de tacón, no muy alto, de adolescente, pero tacón. ¡Qué ilusión! Me vestí después de algunos arreglos que Estefanía me tuvo que hacer, me miré en el espejo y quedé sorprendida, me habían cambiando, había pasado de niña a mujer en un abrir y cerrar de ojos. Así seguí, con el mismo aspecto que yo recuerde, hasta por lo menos el otoño-invierno de aquel mismo año, cuando los 20 grados bajo cero me obligaron a cambiar de apariencia, de indumentaria y de modelos. Eso ocurrió en Jarcov, en el invierno de 1939-1940.
Llegamos a Marsella sin novedad, ya un poco repuestos del hambre y aseados. Allí nos estaban esperando unos autobuses en los que cruzamos Francia hacia el norte. En París nos dieron unos paseos para enseñarnos un poco la capital, pero sólo me quedó grabada la Torre Eiffel porque había oído hablar de ella antes, todo lo demás se me borró.
En el puerto de El Havre estaba anclado esperándonos el buque ruso “Cooperatsia” que antes, en 1937, ya había llevado a la URSS expediciones de niños evacuados españoles de Bilbao y Gijón. Nos acomodaron en buenos camarotes, por familias, e iniciamos el viaje hacia Leningrado. Eso debía ser ya en el mes de mayo. Estefanía se mostraba preocupada por lo que había dejado atrás y temerosa por lo desconocido. En cambio yo era feliz por la aventura tan interesante que me estaba esperando, ilusionada por conocer mundo, aprender el idioma y ver en la realidad el paraíso que me había imaginado después de todas las peripecias vividas durante la guerra.
Guardiola se encontraba rodeado de todos los camaradas que compartían sus ideales  y lo apreciaban y de gente que él admiraba, destacados miembros del Comité Central unos, y militares de alta graduación del ejército republicano, otros. Todas sus conversaciones giraban en torno a los errores cometidos en la línea política llevada a cabo por los diferentes partidos. Sufrían por la cantidad de compañeros que habían caído en manos de los vencedores franquistas y estaban siendo torturados y fusilados.
Una cosa tenían clara y es que aquella situación no podía durar, quizá  meses o un año, pero no más. La dictadura franquista sería borrada de la faz de la tierra pronto, muy pronto, con las ayudas de los países vecinos, de la Unión Soviética y de ellos mismos que no cesarían hasta regresar a una España libre.
Lo malo siempre crees que no va a durar, pero luego se te hace larguísimo, interminable.
Aquél viaje también se nos hizo pesado, nos mareamos, sólo tomábamos té y ahí aprendimos las primeras palabras chay-té, sajar-azúcar y hasta la difícil losechca-cucharilla. De ese modo iniciamos el aprendizaje del idioma.
En el puerto de Leningrado nos esperaba una multitud de gente saludándonos con pañuelos blancos y pancartas aludiendo a los héroes de la contienda antifranquista. Nos recibieron como a verdaderos héroes, con música y aplausos. Al  bajar nos agasajaron con chocolatinas, galletas, bebidas, flores…., todo organizado por las autoridades locales.
 

(Algunas de las fotografías de este capítulo, encontradas en varios lugares de la red, fueron extraídas del blog de la Asociación Cultural Alicante Vivo, cuyo agradecimiento por ellas y su labor en general vaya por delante)

viernes, 9 de septiembre de 2005

Simplemente mi vida: "CAP. III. JARCOV (UCRANIA)"


1939 – 1941


De Leningrado salimos en un tren especial en dirección a Ucrania, a la ciudad de Jarcov, donde a las afueras había un sanatorio, una especie de balneario, con todo preparado para recibirnos y ofrecernos las condiciones óptimas para un buen período de reposo y rehabilitación. Las condiciones eran magníficas para el descanso y la distracción. Antes que nosotros habían llegado otras expediciones, así que nos juntamos unos cuantos cientos de españoles, algunos niños, matrimonios y varios jóvenes, entre ellos muchos pilotos y marineros. Un ambiente muy apropiado para mis primeros flirteos y pequeños ligues. Allí pasamos unos meses muy relajados. Nos hacían frecuentes conciertos y después de cenar proyectaban cine. Entre nosotros se formaron grupos folklóricos y un coro. Había gente de distintas regiones españolas y, con mucha emoción, volví a escuchar “asturianadas” que me recordaban las que cantaba mi padre; también había baile por las noches.
Era como una finca rodeada de bosque por dónde pasaba un río y, allí mismo, en un pequeño apeadero, paraba el tren. La naturaleza en aquellos meses de primavera y verano y el clima benigno de aquella región nos ofrecían reposo y tranquilidad. Al fin, después de mucho tiempo, comíamos bien y abundante; además, el cambio de alimentos con relación a los españoles era tan espectacular que nos obligaba a saborearlo todo con mayor interés y asombro. Para desayunar nos daban la papilla de sémola de trigo dulce (kasha mánnaya), huevos pasados por agua o fritos, mermelada, queso, mantequilla, té o café, pan o galletas, en fin de todo.
Para el almuerzo, recuerdo la novedad del “borsch ucraniano” que, en sí, ya es un plato muy famoso por su espectacularidad. Es de repollo y patatas con caldo de carne, pero también zanahoria, mucho tomate y, sobre todo, remolacha, que hace que el caldo sea tan rojo como la sangre misma. Al tiempo de servirlo, en el plato, te añaden una o dos cucharadas de nata ácida, blanca como la nieve. El contraste de colores, el aroma a eneldo y perejil que añaden por encima con la “smetana” (nata), le da un toque tan especial que, ni las rusas saben prepararlo como las auténticas ucranianas. El "borsch" ruso también es así, muy colorado, caldosito, aromático… y con la blancura en el centro del plato.
A primera vista, parecía que fuéramos felices disfrutando de aquel miniparaíso.
En nuestra mesa, para ocupar la cuarta silla, se sentó un chico que tendría entonces 19-20 años, había sido piloto en la zona republicana y, como tal, con un buen grupo de marineros y otros pilotos había llegado a la Unión Soviética, se llamaba Felipe Escribano. Era alto, guapo, simpático…, se hizo amigo de Guardiola y Estefanía porque estaba muy solo, sin saber nada de sus padres, en Madrid. Me llevaba al baile y me enseñó mis primeros pasos de tango, de vals…, nos hicimos tan amigos que me parece que fue la primera vez que sentí algo así como que me había enamorado. Él decía que también de mí, y Estefanía lo sabía.
Nuestra felicidad fue pasajera. A mediados del mes de julio alguien dio la orden de que Guardiola y otro par de camaradas se presentaran inmediatamente en Moscú. Estefanía intentó por todos los medios partir con él, pero no pudo ser; había indicación especial de que sólo ellos, sin compañeras…
 
- “Yo os mandaré llamar, a ti y a la niña, no te preocupes, te lo prometo…”

Solas quedamos, por el momento, yo para rato, y ella para siempre. Nunca más volvió a verlo, desde la despedida en aquél destartalado andén del apeadero.
Empezó a derramar lágrimas entonces y no dejó de llorar en toda su vida, maldijo aquél momento hasta su muerte y yo cargué siempre con una culpa que, por lo visto, tuve sin querer. Ella me decía que de no haber sido por mí se habría marchado con él a la fuerza. No hubiera podido. En Moscú los prepararon para, un poco más adelante, internarse en España y operar en la clandestinidad.
Allí quedamos nosotras, con aquel gran grupo de españoles emigrados, a los que las autoridades locales tenían que colocar y distribuir antes del día 1 de septiembre del todavía movido 1939.
La historia es un proceso en que intervienen tanto los individuos como las situaciones sociales.
Antes que nosotros, en el año 1937, ya habían llegado a la Unión Soviética cuatro expediciones de niños españoles procedentes del País Vasco, Asturias, Valencia y Barcelona. Corrían malos tiempos en España, y la consigna de salvar a la población infantil resonó con fuerza en todas las ciudades. Los padres, ante la alternativa de ver a sus hijos sufrir las penalidades de la guerra, hambre, bombardeos, pensaron en ponerlos a salvo al menos provisionalmente y con todo el dolor de su corazón optaron por la separación, la distancia, la nostalgia y, en muchos casos, su pérdida para siempre. Muchos de los niños ya eran huérfanos de padre y sus madres no tenían medios suficientes ni para alimentarlos. Las escenas de dolor en las despedidas, eran desgarradoras.
En total partieron hacia la Unión Soviética 2.895 niños y niñas de edades comprendidas entre los 3 y 15 años. Algunos solos, otros con hermanos; eran hijos de representantes políticos, obreros, mineros, gente que simpatizaba con los partidos de izquierda y que deseaban alejar a sus hijos, temporalmente, de los peligros de la guerra.
Tenían confianza en una pronta victoria de los republicanos y creían que la estancia en el extranjero sería corta. Pero la victoria fue del General Franco; estalló la Segunda Guerra Mundial, se rompieron  las relaciones entre España y la Unión Soviética y el regreso al final se retrasó.
Una vez que llegaron a la URSS fueron distribuidos en Casas de Niños especiales para españoles, en Leningrado, Moscú, Jarcov, Odessa, etc.
Junto con los niños, en todas las expediciones, viajaban maestros, auxiliares y responsables nombrados por las autoridades españolas que les acompañaron en el viaje y después, durante toda su difícil y dilatada estancia en la Unión Soviética. Fueron sus profesores y educadores, pero cumplieron también con el papel de padres, madres, hermanos, consejeros, única familia que sustituyó a la verdadera en los momentos más duros y difíciles que atravesamos.

Ángel y, justo encima, Armando Valdés

Una colonia de estos compatriotas sería mi nuevo destino.
Las Casas de Niños estaban acondicionadas para la escuela, el descanso, la alimentación, el deporte, actividades culturales y educativas. Pero, ante todo, hay que resaltar el espíritu patriótico que se nos inculcó desde el primer momento, con los libros de texto en castellano, las clases en español, las noticias relacionadas con España al día. Aunque nos integrábamos mucho en el ambiente que nos rodeaba, los lazos de hermandad que surgieron entre nosotros en aquella gran familia jamás nos abandonaron y España, siempre estuvo presente en nuestros estudios y en nuestro trabajo.
Todas nuestras aspiraciones iban dirigidas hacía la ilusión y la esperanza del regreso. Nuestro sueño era volver.
La tercera expedición a la Unión Soviética partió del puerto de El Musel el día 23 de septiembre de 1937. Entre otros muchos, salieron tres hermanos, huérfanos de minero, dos niños y una niña de corta edad, que se vio involucrada en aquellos acontecimientos por casualidades del destino.
Procedían de la cuenca minera del Caudal, de Moreda de Aller. El padre, Avelino Lago, minero picador, trabajador incansable. Eran cuatro hermanos cuando estalló la guerra, el pequeño, de 13 meses, Celso. Movilizaron al padre y tuvo que marchar, como tantos otros.
El mayor, con 12 años, era el que ayudaba a la madre en las labores y cuidados de sus hermanos, demás de ir diariamente a la escuela y a la cola del pan.
No tardó mucho en llegar la noticia fatal. El padre había caído en la lucha.

Avelino Lago

La desolación y el sufrimiento abrazaron fuerte y para siempre el delgado talle de aquella mujer, ya su viuda, María Rodríguez Migoya, la cubrieron de negro luto para el resto de su vida y no permitieron que sus ojos dejaran de derramar lágrimas, por su marido primero, y por sus hijos después, durante toda su existencia. María fue el símbolo del dolor y el llanto, el sufrimiento personificado. Frágil e impotente ante tanta adversidad y tragedia, no cesó de llorar nunca, incluso en momentos de alegría que, también los tuvo más tarde. Convertía siempre la felicidad en sollozos provocados por los recuerdos.
Un día de aquel entonces, recién enviudada, le propusieron albergar provisionalmente a sus dos hijos mayores en una colonia infantil que había en Salinas (Avilés). Pasarían allí el verano con otros niños, bien cuidados y alimentados, con todas las garantías de que podría visitarlos y recogerlos cuando ella quisiera. Accedió, y los llevó. Quedó muy satisfecha porque el sitio le pareció formidable, al lado de la playa, con un bosque de pinos alrededor de la casa, terreno para juegos y actividades, y personal que los atendía bien y donde se iban a relacionar y jugar con otros niños de su misma edad. Se volvió a su casa apenada de haberlos dejado, pero esperanzada de que lo iban a pasar bien. Fue varias veces a visitarlos, arreglándoselas para dejar a los otros dos pequeños en casa con alguien que se los cuidara. Los encontraba felices y contentos, se bañaban en la playa, tomaban el sol, cultivaban algunas verduras en la huerta de la colonia, comían bien; y así se repitieron las visitas varias veces.
Hasta que un día se le ocurrió llevar con ella a la niña, Nieves, de 8 años, para que viera a sus hermanos. Pasaron una feliz jornada juntos, pero en el momento de separarse la niña quiso quedarse con ellos y rompió a llorar, sus hermanos tampoco querían que se fuese y entre todos convencieron a la madre para que la dejara con ellos; de todos modos, a la semana siguiente, cuando volviera a verlos, la recogería. El personal de la colonia, claro, también insistió en que no pasaría nada, que la niña disfrutaría mucho y sería el juguete general durante unos días, sobre todo de sus hermanos.
Aquella semana pasó y cuando María, la madre, regresó a Salinas, recibió otro latigazo del destino: la colonia estaba vacía porque los niños iban a ser evacuados en un barco que salía desde Gijón. La pobre mujer corrió a buscarlos, pero cuando llegó al puerto hacía ya varias horas que habían partido, llevándose con ellos también a la niña pequeña.
Aquella mujer jamás habría dado el consentimiento para separarse de sus hijos de haber sabido que la separación iba a ser, lamentablemente, casi definitiva. Aún le quedaban muchas lágrimas por derramar, pero no se derrumbó, tuvo que buscar fuerzas para luchar por sacar adelante el pequeño, su hijo pequeño, que se había quedado con ella.


Angel

Yo entonces estaba en Alicante y no sabía que aquellos acontecimientos estaban tan estrechamente ligados a mi destino, que en aquella familia se fraguaba también mi futuro, que aquella mujer débil y enlutada llegaría a ser también mi madre y que los hijos que perdió pasarían a ser queridos e íntimos para mí.
En aquel sanatorio de las afueras de Jarkov, donde habíamos descansado, a últimos de agosto empezaron las despedidas. Entre nosotros se encontraba un grupo grande de maestros que en España habían ejercido como tales, pero que cuando comenzó la guerra se habían ido incorporando al ejército. Todos ellos fueron distribuidos por las diferentes casas de niños españoles y se sumaron de este modo a los pocos maestros que habían acompañado a los menores desde España. Y vino muy bien, a unos y a otros. Con ellos también mandaron a otro grupo, sobre todo mujeres, para que hicieran de educadoras.
A los jóvenes, sobre todo a los chicos, los metieron a trabajar en un fábrica de tractores muy grande que había en Jarcov y se convirtieron en torneros, soldadores, etc., aunque no lo hubieran sido antes.
Al grupo de niños y niñas que nos encontrábamos allí nos mandaron como alumnos a la colonia infantil más cercana, a las afueras de Jarcov, que se llamaba “Pomierki”.  Allí me tocó a mí. A todos nos separaron de nuestros padres, a los que enviaron respectivamente a diferentes trabajos distribuidos por distintas ciudades. Nunca llegué a comprender por qué a Estefanía la mandaron a la cuenca minera del Dombáss a trabajar en una fábrica y, lo más grave, la obligaron a ser tornera, una mujer que nunca había hecho más que coser y bordar. Fue con un grupo, casi todas mujeres, y realmente lo pasaron muy mal trabajando a tres turnos entre grasa y virutas. Ella me escribía cartas a la casa de niños y me contaba que era muy desgraciada y que de su marido sólo le decían que ya no estaba en la Unión Soviética.
Yo, en cambio, estaba encantada, me gustó mi nuevo destino. La fantasía y la ignorancia a los 14 años construyen muchos castillos en el aire, te imaginas y sueñas con una felicidad que ves al alcance de la mano. Y, menos mal, que de ilusiones también se vive e ilusiones no me faltaban.
Al llegar nos hicieron un pequeño examen y yo salí bien de él, porque lo que es en los estudios no estaba nada atrasada, sino más bien al contrario. Me apuntaron a la 4ª clase, pues aunque en lo demás estuviera más adelantada, tenía que empezar el idioma ruso desde cero y, dadas las circunstancias, esto era muy importante.
Yo me presenté en la colonia con mi maletita, que tuve que entregar en el ropero nada más llegar. Me vistieron con los uniformes del colegio y mis vestidos no los volví a ver más, salvo de vez en cuando en algunas chicas presumidas de las mayorcitas. Yo las miraba con algo de envidia, pero tampoco quería ser diferente, ni distinguirme de la mayoría de mis compañeras, así que no me importó.
La finca donde estaba ubicado el colegio era enorme. A lo largo de la carretera corría un muro alto de hormigón durante varios kilómetros que delimitaba nuestro territorio. Estoy segura de que todo aquello había sido requisado a una familia de terratenientes de antes de la Revolución. El aspecto de verdadero palacete del edificio central (la escuela), jardines, huertos de frutales, oficinas donde antes supongo se emplazarían viviendas auxiliares de criados, roperos y almacenes, y todo lo que nos rodeaba, exhalaba señorío y grandeza. Lo único que sobresalía por su sobria y nueva construcción eran los pabellones dormitorio, uno para los pequeños y otro para los mayores, de dos pisos, abajo los niños y arriba las niñas. Aquello sí se notaba nuevo, pero más pobre y feo.
El comedor de la casa principal, precioso, con columnas, pinturas en el techo, bellas cerámicas en las paredes, resultaba pequeño para su cometido y algo incómodo, por eso nos servía de salón, de sala de baile, estancia para las recepciones y encuentros con las autoridades rusas y gente importante que nos venía a visitar.
El comedor que yo conocí ya era de nueva construcción, amplio, con grandes ventanales, por tanto muy iluminado y soleado. A la entrada se encontraba el guardarropa dónde dejábamos los abrigos. A la derecha, la cocina con enormes fogones, muchas y grandes cacerolas y sartenes, fregaderos, armarios, mesas…. También había una puerta a un pequeño almacén que, por aquél entonces, estaba bien abastecido. Y teteras, muchas teteras, en las que nos servían el famoso té (chay). Esa bebida entró en nuestras vidas y durante muchos años nos acompañó en los momentos tristes y en los felices, en encuentros y despedidas, muchas veces mezclado con las lágrimas que se nos deslizaban por la mejilla; en los malos tiempos sin azúcar porque no la había y en los tiempos peores hasta sin las hojitas de la infusión, o sea, agua sola hervida muy caliente tomada en buena compañía. Nos temblaban las manos, el estómago y el alma. Lo tenemos tomado en las tazas normales de desayuno, en tarros de cristal, desechos de las conservas, en cuencos de barro y al final, durante los últimos años, en bonitas tacitas de porcelana.
La antigua casa señorial, el pabellón principal, era la escuela. A la entrada se encontraba el despacho de la directora, a la izquierda; enfrente, el gabinete de los profesores, a continuación, a un lado y al otro, las aulas. Después el salón, del que ya he hablado y, al final, otra estancia muy bonita rodeada de una enorme cristalera, galería de un estilo arquitectónico que entonces no apreciábamos, pero que hoy comprendo, debía ser de mucho valor.
En una esquina del salón había un piano, sólo en invierno. Allí se celebraba el baile, organizado los fines de semana, bajo los acordes interpretados por la profesora de música,. En verano ese piano era trasladado a un escenario que se levantaba junto al campo de fútbol. Era una especie de teatro estival a cielo abierto con sus filas de bancos de madera. Entonces, en vez de baile nos echaban películas y en esas sesiones pudimos ver todas las de aquellos tiempos. Trataban sobre la victoria de los bolcheviques en la Revolución, los héroes luchadores que fundaron bajo al dirección de Lenin las bases del único país de obreros y campesinos gobernados por los soviets, etc.
A veces había conciertos y festivales organizados por la dirección donde actuaban el coro de la casa, la orquesta, los grupos folklóricos y algunos alumnos dotados de buena voz y aptitudes musicales.
Había un campo de fútbol que servía también para las pruebas de atletismo, balón-bolea, gimnasia, etc…, rodeado de bancos para los espectadores.
Toda la finca estaba rodeada de bosques y praderas que en invierno servían como pistas de sky y patinaje sobre hielo, sobre todo para los chicos. En verano paseábamos por aquellos parajes disfrutando de la naturaleza de Ucrania, con un clima maravilloso: ni mucho calor en verano, ni mucho frío en invierno, aunque sí con copiosas nevadas que convertían el paisaje en preciosas estampas de Navidad. Por aquel bosque y bajo los primeros rayos del sol de primavera, recogíamos las florecitas azules que brotaban aún entre la nieve y que allí se llamaban “podniesniki” (rompenieves/bajo la nieve); más adelante, los claros entre los árboles se cubrían de flores de todos los colores, una verdadera delicia para la vista que en ningún sitio más he podido apreciar. Después íbamos en busca de bayas, fresitas salvajes, arándanos, moras …Y de lo que allí disfruté, como nunca en ningún otro lugar, fue del huerto de frutales: manzanas, peras, ciruelas, grosellas (rojas y negras) que allí se comían mucho sustituyendo a la uva.
En verano, en el tiempo de la recolección, nos dejaban entrar organizadamente con nuestros respectivos educadores a recoger fruta y abastecer la despensa de nuestro comedor, además de saborearla y saciarnos nosotros mismos. Yo era feliz en aquellos trances, pues siempre fui, soy y seré muy amante de la fruta.
Cuando a primeros de septiembre comenzaron las clases conocí a mis compañeros de la 4ª, chicos y chicas; y todavía hoy, cuando han pasado tantos años, puedo nombrar uno por uno con sus apellidos a todos ellos. Aquellos lazos que nos ataron entonces, tardarían mucho en soltarse. De algunos nos separó la muerte, de otros, la distancia, pero sigo unida a algunos por el lazo de la verdadera amistad, que es eterna, profunda y fraternal.
Como ejemplo, mi amiga Carmen Balboa. Nunca hemos dejado de vernos, ni de querernos, jamás. Siempre hemos estado en comunicación. Teníamos un profesor ruso muy viejecito, un buen catedrático del idioma, un clásico representante del alma rusa, conocedor de su literatura y su música. Serguiey Andreyevich adoraba el espíritu popular de su tierra, el arte, la educación… Ahora  me doy cuenta que su procedencia tenía que ser de la alta sociedad y llego a la conclusión de que tanto la victoria de la Revolución como los cambios de régimen, debió de acatarlos un poco por la fuerza. Pues bien, este profesor me sentó en el pupitre junto a Carmen, a la que, como era su mejor alumna, encomendó enseñarme lo que ella ya sabía y ayudarme en adelante en la asimilación de las lecciones de ruso.
No me fue nada difícil y enseguida me puse al corriente, por lo que Serguiey Andreyevich nos felicitaba a las dos. Una compañera de la casa de niños que escribió un librito, describe a nuestro profesor, muy acertadamente, así: “Catedrático y miembro de la Academia de la Lengua Rusa, con su noble barba patriarcal, era fiel prototipo del viejo intelectual eslavo. El supo inculcar en sus alumnos españoles una magnífica base gramatical e idiomática que ya no olvidarían nunca”. Es cierto.
Me quería mucho porque fui buena alumna y aún seguí desarrollando su base gramatical y literaria bastante después, en mis estudios superiores. De tal manera que, aunque suene un poco a pedantería, fui de los pocos repatriados de la URSS que conocían a fondo las reglas gramaticales rusas, sobre todo su declinación y es el día de hoy, después de tantos años, que aún reconociendo el deterioro de nuestra pronunciación y el olvido del léxico, incluso muchas veces corriente, garantizo que sé formar las frases correctamente. Sigo escribiendo las cartas a los familiares en ruso y, estoy segura de no cometer muchas faltas.
También tengo que hablar de nuestro tutor: José Herraiz, el camarada Herraiz. Esta es otra persona que ejerció una influencia básica en mi educación y nuestro mutuo respeto, cariño y amistad duraron  muchísimos años, hasta que él, ya anciano, murió en Madrid y su esposa Julia, también. A todos los profesores y educadores los llamábamos “camaradas”, evitando la conservadora y burguesa palabra de “señor”. Los rusos en el trabajo y en todas sus relaciones usaban el término “tovarich”, camarada; pues nosotros también.
Herraiz había sido maestro en España, luego militar en el ejército republicano y después, refugiado en la Unión Soviética, maestro en nuestra casa de niños. Maestro, educador, asesor, amigo y hasta padre de todos nosotros.
Puedo decir, con orgullo, que fui su preferida. El también era nuevo, nos conoció en aquellos primeros días de septiembre de 1939. En clase había que nombrar una “capitana”, o sea, como una responsable y organizadora del grupo. Pues como se ve que me vieron cara de ……, todos me votaron: “Nieves, Nieves…”
Cogí el mando que me otorgaba aquel poco de autoridad y ya no lo solté hasta muchos años después, cuando abandoné la colonia. Fui “capitana”, “jefa de organización de pioneros”, “jefa de los comsomoles”, y cuando la guerra, que nos pusieron régimen militar, yo también de jefa: todos los del Estado Mayor llevaban dos galones en la manga, pues Nieves, tres; pero esto fue más tarde…
Herraiz siempre me llamó: “mi capitanzucha”.
La directora de la casa de niños era una acérrima bolchevique, la clásica y ciega comunista, seria, severa. Le encomendaron una tarea muy especial, le encargaron la educación de unos niños nada corrientes. Éramos los hijos de los heroicos luchadores contra el fascismo, la mayoría huérfanos; no hablábamos su idioma, ni conocíamos aquellas comidas. Estábamos tristes y preocupados por la separación y, en muchos casos, pérdida de nuestras familias. La tarea no se le presentaba nada fácil y se volcó de lleno. Se rodeó de un equipo de maestros y educadores rusos, también de su confianza, y de la del Partido. Todos eran fenomenales y preparados y por ahí Poína Sajarovna, que así se llamaba la directora, no tuvo problemas. Pero… acompañando a los niños, desde España, había llegado también, en 1937, un pequeño grupo de maestros españoles, y en 1939, a la colonia, se incorporaron otros cuantos más que llegaron cuando yo. Con estos sí que tuvo encontronazos ideológicos, políticos y de autoridad.
Los camaradas españoles se sentían muy allegados y compenetrados con nosotros; pero la autoridad del Comité Central y las órdenes de las altas jerarquías mantenían la fuerza y hacían uso de amenazas políticas para que se ocuparan exclusivamente de sus obligaciones. A nosotros no llegaban muchos detalles de lo que se “cocía”; además, lo achacábamos a que todo lo hacían por nuestro bien.
La directora también me quería mucho. Me comunicaba muchas de sus decisiones y, por mediación mía, hacía llegar a los niños programas de trabajo, planes de estudio, convocaba reuniones, comunicaba castigos por mala conducta de algunos…
Yo estudiaba muy bien, pero es que me veía casi obligada a sacar sólo notas de “sobresalientes”, porque si no ¿qué ejemplo iba a ser el mío? No podía decepcionarlos.
En invierno teníamos las clases por la mañana y por la tarde preparábamos los deberes del día siguiente. Después solía haber conferencias, actividades culturales o deportivas. También teníamos “costura”, donde la camarada Esther nos enseñaba a las niñas a dar nuestras primeras puntadas.
En verano era distinto, mucho más entretenido y variado, en régimen de “campamento”. Empezábamos con la gimnasia al aire libre en el campo de fútbol. Después se hacía lo que llamábamos “la línea de pioneros”, todos formados por destacamentos, que no era, sino por clases, llevábamos a cabo el saludo matinal de los pioneros. Yo, otra vez yo, subida en la tribuna tenía que decir en ruso una fantochadita-retahila que traducida significaba: “Pioneros: en la lucha por la causa de Lenin y Stalin, ¡estad alerta!…” Y todos contestaban a coro: “¡Siempre alerta!”. A continuación se leía la tarea del día de cada destacamento y después, acompañados de nuestros respectivos educadores, a desayunar.
Venían a visitarnos y nos daban charlas héroes de la Unión Soviética, “stajanovistas”, que eran los obreros destacados y premiados por su intachable cumplimiento del trabajo, artistas…., y así nos iban inculcando las bases de la ideología socialista, los méritos del cumplimiento del deber ante la Patria. A esa edad, cuando la facilidad de percepción y la inteligencia abierta al desarrollo estaban en su punto, nos forjábamos las ideas claras de anticapitalismo, antifranquismo, antireligiosas y prosoviéticas tan profundamente, que nos quedaron grabadas para toda la vida, y así nos dejaron a todos marcados y fanáticos perdidos.
Después de cenar solían echarnos cine y los domingos teníamos baile.
Mi amigo Felipe, con un grupo de compañeros españoles de la fábrica de tractores de Jarcov, seguía viniendo a verme, pero cono noté que sus aspiraciones no coincidían con las mías, de seguir estudiando, le dije que conmigo no contara para sus planes. Al poco tiempo me comunicó que se iba a casar con una rusa, le felicité y deseé todo lo mejor.
Además, en aquel tiempo (1940), yo ya tenía otro “refresco” que me cortejaba y me cogía sitio a su lado en el cine. Cada chico, como señal de admiración, reservaba a su lado asiento a su preferida para ver la película juntos y después acompañarla a casa, o sea, al pabellón de las muchachas.
Mi chico se llamaba José González Prida.
Era alto, moreno, muy guapo, de los mayores de la casa; pero lo que más me gustaba de él era que  cantaba muy bien, recitaba poesías, tanto en ruso como en español, y tenía una sensibilidad especial para la música y la literatura. Decía que yo le gustaba, que su concepto sobre mí estaba por encima de todas las demás chicas. Eso me halagaba, poco a poco fuimos congeniando, conociéndonos, me fui enamorando y llegué a quererle. El destino nos separó para siempre, pero puedo decir que fue mi primer amor y único, aparte del definitivo, claro, el de Angel. Así vivía yo sobre nubes de algodón y con un velo en los ojos, ya que no sabía lo que el desastroso futuro nos tenía preparado.
A finales de mayo o primeros de junio de 1941 yo acabé con sobresaliente, como siempre, mi 5ª clase. Todo parecía ir bien a nuestro alrededor, quitando que España no tenía ninguna relación con la Unión Soviética y nadie podía comunicarse con sus familias. Pero éramos felices y soñábamos con volver pronto.
No éramos conscientes de que la nube negra de la Alemania Nazi había cubierto Europa. Hitler, en 1933, se había hecho con el poder en la Cancillería. Concentró en sí todos los poderes del Partido Nacional Socialista y se convirtió en dictador, gobernando el país desde 1933 hasta 1945. Tenía una fanática fe en el destino de la Gran Alemania, pero complementado con una bárbara ideología de antisemitismo y antibolchevismo, así que rearmó el país y emprendió la marcha fatal contra toda Europa. Sus ambiciones consistían en librar a Alemania y a Europa entera de los elementos que él consideraba indignos de vivir, en esclavizar a perpetuidad a las “razas inferiores” de las tierras eslavas y en exterminar a todos los judíos, hombres, mujeres y niños. Exterminó a unos catorce millones de personas (6 millones de judíos, 5 millones de rusos, 2 millones de polacos, gitanos, alemanes y austríacos no judíos, desgraciados con taras mentales y físicas, etc.) Asesinó a todos los que llamaba enemigos del Reich: comunistas, demócratas, escritores, periodistas y hasta oficiales de su propio ejército sospechosos de deslealtad hacia su persona.
Fue el símbolo de la locura más inhumana que jamás haya existido.
En 1939 empezó la II Guerra Mundial, avanzó en todas las direcciones y hasta Francia quedó ocupada en 1940. Polonia ya estaba arrasada y un frente invasor se extendía por toda la línea desde Finlandia al Mar Negro.
Stalin estaba tranquilo, con Alemania se había firmado un “pacto de no agresión” y no creía posible un ataque al poderoso estado soviético y su invencible ejército.
Había informes de agregados militares sobre el despliegue de 180 divisiones alemanas, a lo largo de toda la frontera, pero Stalin desdeñó esas informaciones. Hitler estaba planeando la invasión. Sin embargo Stalin, el dictador totalitario, todavía no podía aceptar la idea de que los acontecimientos pudieran estar fuera de su control. Informes de los guardias fronterizos hablaban de que al otro lado de la frontera se mantenían los tanques con los motores encendidos y las naves alemanas del Báltico se habían movilizado súbitamente. Así que, finalmente, al mediodía del día 22 de junio, la voz de Molotov, que no la de Stalin, se oyó en la radio: “Hoy, a las cuatro de la mañana, tropas alemanas han atacado nuestro país sin haber declarado la guerra y sin previo aviso ni condiciones. ¡Nuestra causa es justa! ¡El enemigo será rechazado! ¡VENCEREMOS!.
Su anuncio generó una potente reacción en toda la Unión Soviética. Nosotros también lo escuchamos, atónitos, estupefactos, indignados y conmocionados. No era para menos.
Todo el país se puso en pie de guerra.
La omnipotencia del sistema stalinista hacía imposible pensar en una derrota, ni momentánea ni final. La imagen del poderoso estado soviético era de un país invencible. Además, a corto plazo la guerra no duraría más de cuatro semanas. Millones de mujeres y hombres se presentaron voluntarios; no hizo falta movilizarlos. La fe era ciega y el sentimiento de patriotismo visceral brotó de lo más profundo del alma rusa, invadió ciudades y campos, tierra, cielo y mar. Se rechazaba la cruzada europea contra el bolchevismo, se jugaba el destino del único país socialista y el futuro del comunismo, como siguiente fase.
La ignorancia política de la gran mayoría de la población contribuyó a la exaltación de aquella fe absoluta en la reputación de Stalin. Se dirigió al pueblo: “Hermanos y hermanas, la Patria corre un grave peligro, la Patria os llama”. Había que destruir al fascismo y el Partido Comunista debía dirigir la lucha. Era notable la preparación ideológica del “stalinismo”, aunque hubiera sido deliberadamente manipulada.
Todo el país, de Oeste a Este, de Norte a Sur, se movilizó y se lanzó a la lucha. Al principio, sobre todo, el desperdicio de vidas fue terrible. Soldados sin entrenamiento, a menudo sin armas, muchos todavía vestidos de civil, fueron enviados contra las formaciones blindadas, tanques, camiones, aviones, transporte motorizado con vehículos procedentes en gran parte del ejército francés y otros países europeos.
A mediados de julio el ejército rojo ya había tenido grandes pérdidas de hombres y material  y habían quedado detrás de la línea de fuego los países bálticos. En Riga, donde habían sido deportados, ocurrió la mayor masacre de judíos: 8.000 murieron allí mismo, y 20.000 en los campos de exterminio de Polonia. Un gran desastre fue la batalla por Smoliensk, en agosto. Desastroso verano. El avance en Ucrania a través de la pradera abierta, con girasoles, soja y trigo por cosechar, parecía imparable. Sin embargo, la concentración más grande de fuerzas soviéticas estaba alrededor de la capital ucraniana. A pesar de ello, el 21 de septiembre la batalla del sitio de Kiev había terminado. Los invasores avanzaban tomando una posición tras otra, a pesar de la advertencia especial de Stalin de no retroceder ni abandonar material y maquinaria industrial.
¿Y nosotros?, ¿Qué nos esperaba a nosotros?
Vivíamos diariamente pendientes de los acontecimientos en el frente y de las consignas machaconas y directivas con que el gobierno intentaba dar aliento a su pueblo, en un continuo derroche de sentimiento y convencimiento de fuerza y seguridad.
Las palabras de la radio a cada hora del día: “¡Atención, atención!, Habla Moscú, retransmitimos las últimas noticias…!”. Todavía se me ponen los pelos de punta cuando las recuerdo. Desde aquellos días de junio del 41 y hasta el último parte de guerra, dónde se anunciaba, en mayo de 1945, que habían ocupado Berlín y que Hitler había muerto, que la guerra había terminado y el enemigo invasor había sido aniquilado…, pasando día tras día por avances provisionales de las fuerzas alemanas, bombardeos, ciudades ocupadas y vueltas a recuperar, evacuaciones, información sobre las referencias de muertos en ambos bandos… ¡Cuantas alegrías, desilusiones, esperanzas, entusiasmos, frustraciones nos ocasionaban aquellos partes! Pues así vivimos aquellos años largos y penosos, pendientes de las noticias, en las que creíamos con fe ciega y de las que dependía todo nuestro porvenir, nuestra vida.
En cuanto estalló la guerra la colonia de los niños inmediatamente optó por pasarse a régimen de campamento militar, reforzó la disciplina, formamos destacamentos de defensa y, hasta por la noche, hacíamos guardia por el territorio en busca de posibles espías o terroristas. Nos empezaron a dar cursillos de preparación para la defensa, el trabajo, los primeros auxilios, el uso de las caretas anti-gas y hasta de tiro. Teníamos que estar preparados para defendernos, pero dispuestos a dar hasta la vida por la Patria, si fuese necesario.

Nieves en el Comité Escolar

El caso es que, sobre la base del rápido avance de las tropas alemanas por tierras ucranianas, empezaron a correr entre nosotros rumores de evacuación. No se nos decía nada oficialmente, pero se notaban preparativos en la dirección y nos enteramos de que la gran fábrica de tractores de Jarcov, donde trabajaba un buen número de españoles, estaba siendo desmantelada para ponerla en funcionamiento a muchos kilómetros en la retaguardia y sustituir la producción de tractores por tanques.
A nosotros nos hacía ilusión la aventura de conocer lugares nuevos y vivir nuevas circunstancias. Así pues no comenzaríamos el nuevo curso escolar el 1º de septiembre en nuestra escuela, como en años anteriores.
Por fin, la directora nos comunicó las órdenes recibidas de los altos cargos, teníamos que abandonar la ciudad. Todos cooperamos en los preparativos de la marcha ya próxima. A últimos de agosto llegaron unas camionetas en las que cargamos ropas y alimentos y, por turnos, fuimos siendo trasladados a la estación del ferrocarril de Járcov. Tras varios transbordos, en un tren cargado de refugiados, en el que nuestro colectivo ocupaba unos cuantos vagones, llegaríamos al puerto fluvial de Sarátov, donde embarcamos en dirección a Stalingrado.
Ese viaje en tren, Jarcov-Sarátov, merece la pena de recordar porque hay ocasiones en la vida en las que el destino sí parece estar escrito.
En aquellas circunstancias, se comprende, las vías estaban saturadas de convoyes, el tránsito se hacía imposible y las paradas en vías muertas de estaciones eran interminables. No recuerdo los días o más bien semanas que tardamos en llegar, pero el viaje se hizo realmente larguísimo. Comíamos bocadillos y tomábamos té caliente. Nos aseábamos muy poco, pero cuando nos estacionaban en algún sitio desconocido y de antemano se sabía que la parada iba a ser prolongada, nos dejaban bajar, lavarnos y pasear sin alejarnos mucho del tren y por un tiempo muy limitado.
En uno de esos paseos, es curioso, ¿a que no sabéis a quién me encontré? ¡Bromas del destino! ¡Pues a mi mamá Estefanía! Resulta que ella, también como evacuada, viajaba con el colectivo de su fábrica en otro tren. En un momento, aprovechando una parada, bajó a “estirar las piernas” y se enteró de que en aquella misma estación se encontraba también un tren de niños españoles. De modo que se puso a buscarnos, pero sin saber que allí, precisamente allí, se hallaba mi casa de niños y mucho menos, claro, que entre esos niños me iba a encontrar a mí. Era la segunda vez, la primera había sido en el barco de Alicante, que teníamos la oportunidad de abrazarnos por pura casualidad. ¡Qué alegría! Acudimos a la directora a pedirle permiso para su incorporación a nuestro grupo, cosa que aceptó de inmediato, ya que además de tratarse de mi madre, ambas se conocían.
Nuestros trenes transitaban lentos, y es lógico porque tenían preferencia los que se dirigían en dirección contraria, al frente: soldados, armamento, abastecimientos, trenes sanitarios…, vacíos para allá y llenos con heridos los de vuelta; pero, por fin, llegamos a Sarátov.
Un  barco nos estaba esperando en la estación fluvial y no estaba precisamente vacío. Desde Moscú venía cargado de niños españoles de una de las colonias de las afueras de la capital. Nos causó mucha alegría encontrarnos con gente desconocida, pero tan allegados y queridos para nosotros por tratarse de compatriotas. Nos dieron una manta y a dormir al suelo, en cubierta.
La situación era penosa, pero nosotros estábamos contentos, admirábamos el paisaje y nos reíamos, nos reíamos mucho. Recuerdo la gracia que nos hacía cuando por la noche alguno se levantaba a orinar y en la oscuridad, a la vuelta, no encontraba su manta ni su sitio. Sin querer, en esos paseos, nos pisábamos unos a otros y se armaba cada guirigay, a las tantas, que tenía que acudir corriendo el educador a poner un poco de orden.

Con mis amigas del alma Carmen y Teodora

Allí Carmen y yo nos echamos una nueva amiga, guapa, morena…, amiga que fue para siempre, TEODORA Fuertes. Parecía gitana, pero era vasca.
Y también allí conocí a una persona que había de quedar ligada a mí para toda la vida, era de las pequeñas, pero llamó mi atención el hecho de que se llamara Nieves…, Nieves Lago.
No sé al cabo de cuántos días llegamos a Stalingrado y desembarcamos todos bien organizados. Yo gozaba de una protección un poco especial; por un lado tenía a mi mamá conmigo y por otro,  no me perdía de vista, constantemente, mi medio-novio Pepe Prida. Estaba pendiente de todo lo que yo pudiera necesitar. ¡Pobrecito!, en mala hora pisó aquella, para él, trágica tierra. Justo un año después la tragedia le esperaba no sólo a él, sino a toda la ciudad de Stalingrado.